Episodio 1

Este libro electrónico es una muestra gratuita de la obra original. Prohibida su venta o alquiler.

El contenido de esta obra es ficción. Para todos los efectos, los nombres, lugares, instituciones, personajes, y situaciones son ficticios.

Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes e instituciones privadas o gubernamentales, locales o internacionales, es pura coincidencia y fruto de la imaginación del autor.

Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos.

Escrito por: Kuro Chan.

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Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte, y no la hallarán;  desearán morir, pero la muerte huirá de ellos.

Apocalipsis 9.6
Panamá, República de Panamá

Martes, 31 de octubre del año en curso a las 1:49 pm

En respuesta a la ola de violencia que azota a la Ciudad de Panamá desde el día de ayer, el Director General del Sistema Nacional  de Protección Civil, Sr. EUGENIO LÓPEZ VERGARA, siendo las 9.30 de la mañana de hoy 31 de Octubre del año en curso, y en coordinación con la EXCELENTÍSIMA SEÑORA PRESIDENTA DE LA REPÚBLICA ha dado instrucciones a todos los Directores  Provinciales Encargados, para que se organicen “puntos seguros” para  la evacuación PREVENTIVA de las Provincias que tienen bajo su cargo.  Con respecto a la Ciudad de Panamá, se ha organizado un refugio preventivo en el Estadio Nacional, en Adelante PUNTO SEGURO NÚMERO 1 CIUDAD CAPITAL, y un segundo refugio en el Estadio Rómmel Fernández, en adelante PUNTO SEGURO NÚMERO 2  CIUDAD CAPITAL.

De la misma forma se le solicita a la comunidad en general, mantener la calma, y seguir las instrucciones emanadas del SISTEMA NACIONAL DE PROTECCIÓN CIVIL.

Las siguientes instrucciones deben ser seguidas en todo momento:

  1. EVITE A TODA COSTA EL CONTACTO FÍSICO O VERBAL CON LOS ENFERMOS.
  2. DE SOSPECHAR CONTAGIO EN ALGUIEN DE SU FAMILIA O VECINDAD CONTACTE A LA POLICÍA NACIONAL INMEDIATAMENTE Y SOLO SI LOS SÍNTOMAS DE VIOLENCIA Y DEMENCIA NO SE HAN PRESENTADO AÚN AÍSLE E INMOVILICE A LA PERSONA POR COMPLETO.
  3. ANTE CUALQUIER SIGNO DE VIOLENCIA O COMPORTAMIENTO ERRÁTICO REFIÉRASE AL PUNTO 1 DEL PRESENTE DOCUMENTO.
  4. DIRÍJASE CON CALMA AL PUNTO SEGURO MÁS CERCANO DEFINIDO PARA SU PROVINCIA, EL INTERIOR DEL PAÍS SERA INFORMADO EN LAS PRÓXIMAS HORAS DE LAS LOCALIDADES EN CADA PROVINCIA.
  5. FAVOR COOPERAR CON LAS AUTORIDADES LOCALES EN ESTRICTO SEGUIMIENTO INSTRUCCIONES QUE SE EMITAN
  6. MANTÉNGASE ATENTO LAS NUEVAS INSTRUCCIONES QUE SE EMITIRÁN POR LOS MEDIOS ABAJO DESCRITOS

 

Recordamos a la población en general, que el Sistema Nacional de Protección Civil, no emite información, ni por redes sociales, ni por chat telefónicos, solamente a través de los medios de comunicación Televisivos, Escritos y Radiales, repetimos, emanados del SYNAPROC solamente.

Adicional, queremos reiterar a la población que el SYNAPROC está trabajando en conjunto con la PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA, la POLICÍA NACIONAL y EL SERNAFRON para proteger estos puntos seguros de evacuación, por lo tanto pedimos a las personas que se dirigen a estos lugares, NO PORTAR ARMAS bajo ninguna circunstancia, y llevar sólo lo necesario. En caso de que en su grupo familiar se encuentren personas con discapacidad o de tercera edad por favor infórmelo en los puntos de control para que se les de atención preferencial.

PARA LLAMADAS DE EMERGENCIA – LÍNEA *666 LAS 24 HORAS

 

 

Gobierno de Chile

Fuerzas de Estabilización y Apoyo Epidemiológico Internacional.

Grupo de Infantería N° 22

Registro de recuperación:

Sitio de Hallazgo: Escombros de Zona Segura N°1 Ciudad Capital (Antiguo Estadio Rod Karew)

Archivo de texto recuperado, Laptop Marca Digitsu Modelo lg454.

Disco Duro Dispositivo móvil R47051137TGH–695–395 250 Gb.

Nombre del archivo: MiTestimonioDelFin.txt

 

Inicio del archivo.

Solo me que quedan veinte minutos de carga en la batería, así que seré lo más preciso posible, son muchas las cosas que quiero documentar.

Tenía una libreta donde anoté todo las últimas semanas pero… se perdió, voy a tratar de ordenar mis recuerdos, quiero dejar registro de lo que me ha tocado presenciar en estas últimas semanas en este documento electrónico.

Soy periodista, bueno soy camarógrafo, mi nombre…  creo que eso da lo mismo, ya nadie tiene nombres aquí, nadie quiere recordar a nadie.

Hay quienes dicen que la ciudad está destruida, pero eso no es del todo preciso, no es una destrucción física como en las películas de catástrofes, yo diría que está paralizada. Es cierto que hay incendios, bastantes, algunos enormes, pero las copiosas lluvias los han controlado en gran parte, la infraestructura general está en pie.

El SYNAPROC cree que al menos tres cuartos de la población de la ciudad capital logró refugiarse en sus hogares durante los primeros días, pero la calma se perdió pronto. Tan pronto se acabaron los alimentos en las casas, la gente comenzó a salir desesperada a buscar lo que fuera para que sus familias no murieran de hambre.

Ahora se estima que menos de un cuarto de la población de la capital sigue con vida, la mayoría precariamente refugiados, y creo que esas estimaciones están siendo muy optimistas.

Irónicamente, gracias al enorme nivel de criminalidad que teníamos al momento que todo ocurrió, la infraestructura que construimos basada en el miedo a nosotros mismos probó ser eficaz en algunos lugares, conteniendo al menos esta marea inicial de esos seres… no sé bien que término utilizar para referirme a ellos.

Hay múltiples reportes de lugares que lograron aislarse efectivamente, existían edificios y barrios totalmente amurallados o cercados, todo a prueba de humanos.

Con entradas únicas, garitas de seguridad  y puertas de metal. Las urbanizaciones nuevas en la autopista hacia Arraiján y la Chorrera estaban suficientemente lejos de la capital y de los otros centros urbanos cuando todo ocurrió, tuvieron más de tiempo para prepararse y se han logrado organizar en escuadrones internos de vigilancia y búsqueda de provisiones, pero no dejan entrar a nadie, es la norma en todos lados, todos están protegiendo lo que tienen, o lo que consiguen.

Con respecto a los… seres. No quiero utilizar algún término que imponga mi criterio sobre lo que creo que son, los llaman de muchas formas. Lo que sí creo que la mayoría estamos de acuerdo es que nadie quiere utilizar la palabra “Z”. Es de películas y hay demasiado dolor detrás de ver a un hijo, hermano, madre o padre convertido en una de esas “cosas”, como para utilizar una palabra tan ridícula.

La mayoría les llama infectados, locos o rabiosos a aquellos que fueron mordidos y perdieron la cordura después de extremos y dolorosos ataques de fiebre, así como otros síntomas que se presentan al poco tiempo de haber sido atacados.

Son sumamente peligrosos, más rápidos y fuertes de lo que sus cuerpos aparentaban en vida, no parecen sentir dolor, a unas semanas de que todo esto iniciara, la mayoría hemos aprendido en carne ajena que, si te encuentras a más de uno al mismo tiempo, la probabilidad de escapar es prácticamente nula, sin importar si estas armado o no, es demasiada la furia.

Sus ojos… Dios… sus ojos inyectados en sangre y esas pupilas contraídas atravesándote implacablemente con su ira, es algo que no te puedes borrar de la mente.

Fueron los infectados quienes esparcieron tan rápido la enfermedad en el comienzo, pero al menos, no eran más que personas enfermas, y se les podía detener o matar de la misma forma que a cualquier ser humano…

En las películas se ve tan fácil, solo necesitas apuntar y disparar, pero en la realidad tienes que haber conseguido un arma, suficientes municiones, tener práctica para la puntería y… calma, todas escazas (sobre todo la calma), los que son tan afortunados para tener todas ellas han sido víctimas de otros “humanos”, algunos desesperados otros simplemente “jugando vivo”, tratando de obtener como sea lo que tú has conseguido para protegerte.

Aún así, por impresionante que sea la imagen de un infectado de ojos rojos, con la boca abierta y corriendo hacia ti mientras grita y te muestra los dientes, no es nada comparado con la primera vez que uno ve un cadáver ponerse de pie, después que los has llenado de plomo, o aplastado y arrancado las entrañas, después que sus ojos rojos pierden vida y se vuelven de color gris lechoso, después de los vómitos y las convulsiones.

Muchos los llaman “caminantes” o  reanimados, son muy distintos a los infectados, hace unas semanas me hubiera reído en la cara de quien escribiera algo como esto… pero ahora lo atestiguo yo, y el resto de mis compatriotas:

Son cadáveres que se reaniman aproximadamente una hora después de la muerte del infectado, controlados por lo que sea que esté produciendo esta plaga, lo han ratificado múltiples médicos a estas alturas, están muertos. Simplemente se ponen de pie y solo buscan arrancar a mordiscos la vida de quienes encuentren a su paso, hay cientos de miles en este momento en la ciudad, es horrible ver las multitudes de cadáveres simplemente ahí, de pie, mirando al vacio, esperando que algún ser vivo se asome, no son rápidos como los infectados, de hecho son lentos, pero sus números y su capacidad de resistir prácticamente cualquier castigo los hacen sumamente peligrosos.

La única forma de detenerlos cuando se han reanimado es dañar SEVERAMENTE el cerebro, sea lo que sea que los esté controlando, está ahí, dentro del cráneo. Fue hasta el momento que vimos los primeros cadáveres reanimados, que perdimos toda esperanza de que esto fuera a ser controlado o remediado de alguna forma.

He visto seres sin piernas arrastrándose por Avenida Balboa, otros con absolutamente nada más que un hoyo en el abdomen y los negros intestinos colgando, sin órgano alguno que de sustento a algo que pueda parecerse a la vida como la conocemos. No sé como lo hace, pero este virus o lo que sea, utiliza sus cuerpos como títeres, no necesita que se sustenten.

En una ocasión vi un caminante devorar un niño, mientras la carne que engullía salía por el enorme hoyo que había en su abdomen, no comen para nutrirse, los domina un instinto salvaje por consumir, hay quienes dicen que extraen la vida de la carne que mastican, suena absurdo, pero ya nadie se atreve a llamar absurda a ninguna teoría, hablar de muertos vivientes también era absurdo hace unas semanas.

Hay muchos médicos especulando con el hecho de que el proceso de descomposición parece ir más lento de lo que debiera, con las semanas que tienen encima estos cadáveres, si es así… no quiero ni pensar lo que implicaría.

Recuerdo cada caminante e infectado que he… detenido, trato de no traerlos a mi mente porque sus caras llegan a mí cada noche al cerrar los ojos, no puedo dejar de preguntarme quienes fueron esas personas antes de caer en desgracia,  sobre todo los niños, sus ojos, sus gritos, prefiero no escribir sobre ello, no tengo la fuerza aún, no sé si la tendré alguna vez.

No sabemos qué está ocurriendo con el resto del mundo, los gringos intentaron como siempre, venir a hacer su papel de hermanos mayores, como en aquella ocasión que se llevaron a Noriega.

Primero llegaron por aire, pero casi no logran salir del aeropuerto, el contingente que aterrizó en Albrook se perdió casi por completo, pobres, Albrook fue donde todo inició, nadie se los pudo advertir… ese sector está completamente perdido.

Después intentaron entrar por mar, cientos de naves provenientes de un portaaviones que se podía ver a lo lejos en la costa, pero tampoco lograron penetrar más que un par de calles en la ciudad, antes de ser sobrepasados por las hordas de infectados y reanimados.

Al final fueron entrando lentamente con misiones en helicóptero… trajeron su * CDC, sus soldados, sus armas, su tecnología, soltaron provisiones en los edificios, y nos enamoraron mientras escuchábamos que su misión era ser la “cabeza de playa” para que la ONU entrara con sus cascos azules más adelante a apoyarnos, aún los estamos esperando…

La intención del gobierno nacional al permitirles entrar, era ayudar a liberar sectores atrincherados y prácticamente perdidos como el Coastway de Amador, también muchos edificios en Vía España punta Paitilla  y el sector de Clayton.

Funcionó bastante bien al inicio, pero creo que a la larga fue peor, al menos para ellos.

En las primeras misiones de rescate, intentaron seleccionar sus objetivos para no matar civiles accidentalmente, fue una decisión loable, pero totalmente alejada de la realidad,  no hay

*CDC. Centers for Disease Control and Prevention

forma de diferenciar a la gente histérica gritando y corriendo, de los infectados gritando también detrás de ellos, sobre todo en medio de multitudes, esos primeros soldados mordidos por no atreverse a disparar a un posible inocente, fueron llevados al portaviones y posteriormente a USA,  deben haber terminado de regar esto en el Norte, espero que no, ojalá hayan encontrado forma de contenerlo allá, porque… ese portaviones está ahí parado en el horizonte costero, sin señales de vida.

Los “gringos” siguieron a nuestro lado durante algunas semanas, trabajaban en conjunto con los escuadrones de rescate del ISP y el SERNAFRON, pero llegaron muy rápido al punto en que ya SUS bajas se volvieron demasiado altas, catastróficas, rescataban treinta personas perdiendo ocho de sus soldados.

Poco después volvieron a su portaaviones a reagruparse, dijeron que volverían, se fueron en sus aviones, con sus heridos… y no supimos más de ellos, hace tres semanas ya de eso y el portaaviones sigue ahí.

No es posible comunicarse con nadie fuera, al menos no desde donde estamos, aquí en el Estadio Nacional o Zona Segura N°1 como fue rebautizado cuando todo comenzó.

La presidenta y gran parte de su gabinete, están con nosotros, la verdad la tipa ha demostrado ser una “dura”, todos sabemos que podría haber salido del país en el momento que hubiera querido, cuando la rescataron de la Presidencia.  Pero no lo hizo, mandó su familia fuera y se quedó a dirigir el barco, ahora está atrapada aquí con nosotros, debo reconocerlo, se ha portado como la líder que necesitamos, el gabinete completo sin importar si son de oposición o no, están alineados en base al dolor que todos compartimos, ya no hay partidos políticos, pero esta utopía ocurre ahora, tarde, existe toda la voluntad, estamos todos alineados con un mismo objetivo, pero ya no quedan recursos, al menos no aquí en el estadio.

Quedan pocas municiones en los puestos atrincherados tras las cercas y paredes que protegen el estadio, no sé si logremos resistir esta noche, el mundo parece habernos abandonado… o aislado, hay quienes dicen que están interfiriendo nuestras comunicaciones para que no pidamos ayuda, otros dicen que quizás no queda nadie allá afuera que nos escuche, no lo sé, ni siquiera por la onda corta se capta algo fuera del país, al menos nada útil, hay transmisiones breves de gente en pánico pero nadie nos responde, nadie nos dice que pasa allá afuera, solo caos o silencio.

Del otro punto seguro de la capital no sabemos nada, pero con lo que hemos aprendido en estas semanas a cerca del poder que tienen esas cosas cuando están reunidas en hordas, podemos hacernos una idea de qué pudo haber ocurrido.

Pobre gente. Nunca tuvieron una oportunidad.

Nosotros debido a la distancia que nos separa de la ciudad hemos aguantado más, pero de todas formas, las cosas no están ni remotamente bien.

Las líneas del metro que otrora transportaban gente trabajadora por toda la capital, son ahora túneles interminables de reanimados caminando sin rumbo en la oscuridad total, dicen que fue así como la enfermedad se esparció tan rápidamente, apenas se fue la luz.

Primero los infectados que atacaban carros enteros del metro llenando las estaciones de mas infectados y después, cuando ya no hubo electricidad que los achicharrara en las vías, bajaron a los túneles, estos caminos subterráneos se volvieron las venas que regaron las células enfermas al resto de la ciudad, condenándola.

Del interior del país no sabemos mucho, pero estamos seguros de que se esparció hacia allá, hubo informes hasta Paso Canoas en la frontera con Costa Rica. Filas de kilómetros y kilómetros de vehículos intentando huir del país, supongo que Costa Rica intentó por todos los medios detener a los posibles contagiados, nuestra frontera en ese punto está totalmente abierta, cualquiera pasa caminando, no sé como habrán hecho para contenerlos.

Sabemos que los alrededores del hospital Regional y Obaldía en Chiriquí se volvieron una gran masa de seres reanimados que se desbordaron hacia el resto de la ciudad. Esa horda es de tal magnitud que ha cortado cualquier opción de paso seguro por la interamericana hacia Costa Rica en ese punto.

Sabemos que “La isla” en Bocas del toro logró sellarse por completo y están resistiendo en un régimen interno completamente hermético, nadie entra, nadie sale, la gente que tiene familiares allá, dice que la isla puede aguantar quizá dos meses en total aislamiento.

Espero que estén bien. Ya no recibimos más comunicaciones desde el interior.

Al igual que en Chiriquí, las áreas más infectadas de cada ciudad están en las cuadras circundantes a los hospitales, cada herido que pudo ser llevado a atención tras una mordida, era más leña para el fuego de aquella enorme explosión de infectados, ahora rodean cada centro de atención médica, es espantoso verlos en sus batas de hospital algunos, desnudos otros, con sus pieles tensas y grisáceas exhibiendo enormes heridas negras y purulentas, doctores, enfermeras y funcionarios, todos infectados en las primeras horas.

Cuando se comprendió que no se les podía ayudar con ningún tipo de atención medica, era demasiado tarde, habíamos perdido casi la totalidad de nuestra fuerza médica en la ciudad capital, estoy seguro que en todos lados ocurrió lo mismo.

El puente de las Américas y el Puente Centenario fueron bombardeados, no sabemos por quién, La Presidenta y su gabinete niegan tener conocimiento, les creo… la cara de esa pobre mujer, le han caído como veinte años encima después de haber visto las primeras imágenes de la destrucción de los puentes, la mayoría solo escuchamos los aviones pasar y el silbido de las bombas hace unas semanas, después que los gringos se fueron… creo que la respuesta es obvia, esos puentes eran el único camino terrestre al norte, demolidos eran una solución barata y efectiva.

Hay cerca de ocho mil personas aquí en el estadio, aunque ella nunca me gustó políticamente hablando, debo admitir que La Presidenta y el SINAPROC junto a la Policía, lograron armar algo rápido, este refugio realmente funcionó bien, al menos los primeros días.

Sin embargo, y a pesar de que el estadio tiene capacidad para treinta mil personas, son ocho mil almas pidiendo comida, consumiendo agua, defecando y generando basura todas estas semanas. Nadie puede levantar un refugio que aguante esto sin ayuda externa, sin una línea de abastecimiento continua.

Pero no los culpo, ¿qué opción tenían?  ¿Cerrar las puertas? Hay quienes se opusieron cuando se superaron los dos mil refugiados, tenían razón los nuevos náufragos terminarían por hundir el bote, pero las ordenes fueron claras.

Nadie se quedaría atrás si lograba llegar al refugio.

Dejaron entrar a cuantos llegamos, incluso cuando sabían que ya no había forma de mantenerlos en un estado decente aquí dentro.

Me quedan cinco minutos de carga. Voy a escribir más rápido, hasta ahí llegó mi ordenamiento de ideas.

Quiero describir lo que estamos viviendo aquí en el punto seguro número uno, por si no logramos pasar la noche.

Cada rincón del lugar hiede horriblemente, hay cientos de personas enfermas de cólera, sobre todos niños, y las pocas lluvias que han llegado, si bien apagaron algunos incendios en la ciudad, nos están trayendo de vuelta a nuestros enemigos los mosquitos junto con el DENGUE hemorrágico.

Hay peleas a cada momento por decir algo leve, obviamente la gente está con los nervios destrozados y el que necesita pan o agua para sus hijos lo arrebata si es necesario a puños, palos y mordiscos, la policía ya dejó intervenir en las peleas hace días, muchos de los oficiales perdieron sus propias familias por venir a proteger este lugar, y ninguno puede o quiere juzgar sobre la necesidad del otro, todos estamos igual, la ley del más fuerte se ha impuesto lenta pero inexorablemente, y creo que en la ciudad está ocurriendo lo mismo.

No tengo hijos, pero como están las cosas, con solo ver la cara de desesperación de los pocos padres que he conocido aquí… agradezco el no estar en sus zapatos.

Lo que hay en la autopista, frente al estadio, no hay forma de describirlo apropiadamente en palabras. Es un mar de esos seres hasta donde da la vista, de pie mirándonos, probablemente atraídos por nuestro hedor, o quizá simplemente sienten que sus presas están aquí adentro.

La electricidad está reservada exclusivamente para el centro de atención de urgencias médicas, la sala de gobierno y para las luces de los tiradores en el perímetro del estadio, solo están disparando a los infectados que intentan subir las barricadas, los reanimados no pueden hacer mucho con los obstáculos, sus cerebros no parecen poder resolver el problema de cómo treparlos, pero se están acumulando a cada hora.

Es paradójico ver cientos de celulares modernos y no tan modernos tirados en el suelo, mezclados en el lodo como piedras de río multicolorores,  los niños los usan como bloques de construcción e incluso he visto a algunos jugando a que son “carritos” que atropellan a los “ombis”… pobres no se qué será del futuro de esas pequeñas mentes con lo que les ha tocado vivir… si llegan a adultos.

Todo dispositivo de comunicaciones agotó sus baterías hace mucho y ya no hay con quien hablar ni red para ello, tampoco internet o perfiles sociales que revisar, son molestias que solo nos recuerdan algo que ya no podemos hacer, o de alguien con quien ya no podemos comunicarnos, esta misma laptop en la que escribo la encontré tirada en medio de unas maletas en un basurero, no pensé que fuera a encender.

No quiero siquiera imaginarme como están las cosas en la ciudad, toda esa gente atrapada en sus departamentos, sin comida. Muchos de los que llegaron aquí nos cuentan que distintas bandas armadas han tomado el control de varios supermercados y otros lugares con provisiones,

Lo único que no ha dejado de funcionar todavía  es el sistema de distribución de agua, pero la presión está bajando considerablemente.

Aquí en el Estadio… estamos jodidos, de eso no hay duda, el alambre de ciclón no parece aguantar más la enorme cantidad de cadáveres aplastados, la presión es tal que desde hace unos días hay varios chorreándose a través de los hoyos en forma de diamante de la cerca, los tubos están ya muy doblados con el peso, hemos usado todo tipo de objetos para dar apoyo a las columnas, hay puntos donde ya no dan para más, no creo que pasemos la noche. 

El indicador batería de esta cosa esta parpadeando, voy a guardar el documento.

Fin del Archivo


 

 

 

 

 

 

 

Episodio 1

 

 

El cuarto Jinete, cabalga en Bus

 

Jorge tenía los ojos cerrados, se sentía muy débil para abrirlos, pero el calor y la sensación del sol picándole en la cara lo hicieron fruncir el seño. En la obscuridad de sus pensamientos sentía que era cargado entre varias personas, comenzaba a escuchar algunos sonidos, pero muy atenuados, como si le hablaran desde el otro lado de una pared, no podía entender nada de lo que la gente decía a su alrededor.

Sintió que su espalda tocó suavemente el suelo, intentó nuevamente abrir los ojos pero seguía muy débil para controlar su cuerpo. Un doloroso y repentino sonido de destape en sus tímpanos lo trajo de vuelta al ruidoso mundo que le rodeaba, había un tono tenso en la voz de la gente a su alrededor, varios gritaban, la preocupación se podía sentir en el aire.

–¿Qué fue esa “shit”?, ¿Un trueno? –Gritó alguien cerca.

–Creo que fue un transformador que explotó –Respondió alguien más.

–Pero el piso se movió… los rayos no hacen eso… y los transformadores tampoco –Replicó otra voz.

–Busquemos un taxi para llevarlo al hospital, mira toda esa sangre –Sugirió una señora, parecía ser la voz de alguien de la tercera edad.

<<¿Sangre?>> –Jorge estaba seguro que hablaban de él, pero no sentía dolor, aunque tampoco sentía… nada.

–Doñita… ¿cómo se le ocurre? –Replicó alguien más. –El “man” se nos va a morir en el camino con este tranque, podría apostarle a que no hay un vehículo que se pueda mover en todo el centro de la ciudad.

–Aquí a la vuelta hay una clínica pequeña, al menos ahí podrán estabilizarlo ¿no? Si se va a morir… mejor que sea en una camilla con un médico, y no aquí en la calle, o peor aún desangrándose en un taxi con nosotros…

–Yo puedo cargarlo, pero que alguien me ayude. –Era una voz gruesa y a la vez suave la que ofreció la ayuda.

–Creo que para esa misma clínica llevaron al tipo de la moto, vi al grupo que lo sacó, tenía las piernas hechas mierda… –Agregó alguien más.

Jorge sentía una enorme mezcolanza de sensaciones corporales y pensamientos confusos, era como si todo su cerebro estuviera reiniciándose mientras su cuerpo se despertaba lentamente, seguía intentando abrir sus ojos, pero no lo lograba. Comenzaba a dudar si todo esto no era más que una pesadilla de esas en las que quieres despertar y no puedes.

–Si lo van a llevar aquí cerca… los puedo ayudar… si no… preferiría irme. Miren como se levanta el humo,  definitivamente no fue un trueno… Mejor voy a sacar a mis niños del colegio ahora mismo  –Esa voz, hablaba cerca de él, casi junto a su cabeza.

¿Humo? –Pensó Jorge aún en la oscuridad de su mente. Otro estruendo amortiguado sacudió levemente su espalda, al percibir la vibración del suelo Jorge abrió los ojos inconscientemente.

Se vio obligado a cerrar los ojos con fuerza de inmediato y levantar su mano para protegerse, el cruel brillo del sol le golpeaba la vista. Los abrió nuevamente con cuidado, entre sus dedos pudo ver el cielo azul tras algunos postes llenos de cables e hilos, el alambrado eléctrico se mecía levemente, definitivamente no eran mareos, el piso se había movido bajo su espalda.

–Por favor no se mueva, ¿Cómo se llama?

Un hombre regordete de amplia frente, casi calvo, se había arrodillado junto a él, usaba lentes, vestía saco y corbata, Jorge se imaginó que debía ser abogado o algo por el estilo, el tipo sudaba a raudales.

El pequeño hombre parecía haber ayudado a cargar al muchacho desde la calle, aún respiraba agitadamente producto del esfuerzo.

–Jorge… Me llamo Jorge… Martínez –Masculló frunciendo nuevamente el seño en una mueca de dolor.

Le dolía la quijada del lado derecho y el pómulo lo sentía hinchado como una pelota de béisbol.

–Esa herida de su mejilla… se ve fea, pero lo que me preocupa es el golpe que se dio en la cabeza, ha perdido mucha sangre, será mejor que alguien lo revise, venga, levántese, lo vamos a llevar a una clínica aquí cerca de inmediato.

–Eh…ok… gracias… ¿qué está pasando?

Jorge intentó hablar usando el lado izquierdo de su boca para evitar el dolor.

–Lo atropellaron –Dijo el “abogado”. Me llamo Carlos.

Lo que Jorge quería saber en realidad, era la razón del miedo en las voces de las personas a su alrededor y el origen de aquel enorme estruendo, quería saber de dónde venía todo ese humo del que hablaban.

Pero su curiosidad desapareció al enterarse de que lo habían atropellado, intentó hacer memoria pero no recordaba nada del accidente, lo último que recordaba era haber subido al bus rumbo al trabajo.

Alguien lo sentó y lo levantó de inmediato pasando su brazo izquierdo por encima de sus hombros.

Jorge se sintió como un muñeco de trapo, sus piernas estaban terriblemente débiles, casi colgaba de los hombros de quien lo había levantado, era un hombre joven y alto de piel morena, debía ser una de las personas que le habían hablado hace unos segundos,  probablemente la voz gruesa que escuchó mientras estaba todavía semi inconsciente.

El “abogado” dudó un momento, pero cayó en cuenta que las únicas personas disponibles para ayudar eran dos ancianitas y un muchacho delgadísimo de unos trece años, el resto de los testigos se aparto rápidamente cuando vieron que iba a ser requerida ayuda.

Carlos no tuvo otra opción más que ayudar.

Se puso de pie acomodándose en el costado izquierdo del joven herido y junto con el gigante que lo había levantado ya, lentamente comenzaron la caminata con el joven herido calle arriba.

 

 

 

 

 

 

Esa mañana Jorge iba camino al trabajo sentado en los últimos asientos del Bus, como era su costumbre, a lo largo de su trayecto podía ver el comercio despertar lentamente, una que otra puerta corrediza de metal abriéndose con gran estruendo, no hacía calor, el sol a esa hora se encontraba en un ángulo mañanero que permitía que gran parte de sus rayos todavía estuvieran opacados por los edificios.

<<Mañana cortan la luz… no puedo creer que sea fin de mes de nuevo… maldita ciudad de locos… debí quedarme en mi monte, allá podría sembrar una plátana en el patio y vivir de patacones todo el mes>>.

Jorge siempre estaba al filo de sus finanzas, matando una factura acá, pagando tarde aquí y haciendo arreglos de pago por allá.

<<Esto no hay quien lo aguante, si sumo y resto, lo que gano me lo estoy gastando en transporte y comida… que porquería… al menos ya terminé de ahorrar para su pasaje.>>

Con veintiséis años, había viajado desde el interior del país a la capital, tras obtener su titulo de Ingeniería Industrial en una pequeña Universidad Privada de su ciudad Natal.

Se había lanzado al mundo solo, llevaba dos años en la capital, viviendo en un “cuarto” en el barrio “Las Mañanitas”, donde lo único que lo salvaba de ser un número más en las estadísticas de asesinatos, era el hecho de que su arrendadora, Doña Margarita, conocía desde niños a casi todos los malandros y líderes de las bandas locales. La señora era dueña de una tienda de abarrotes en el barrio hace casi cuarenta años, mujer respetada y temida por su carácter, que para su suerte lo quería y trataba como a un sobrino.

El dinero le alcanzaba para lo justo nada más, pero se las arreglaba para darse algunos lujos. Entre estos, estaban la conexión a internet para su laptop, equipo que había obtenido a través de una beca del Gobierno. Pero la mayor parte del día la dedicaba a su celular.

Aquel dispositivo lo mantenía conectado con el mundo mientras no estaba frente a su pc, con acceso a Internet, pantalla táctil, todo lo necesario para poder chatear con su novia Chilena “online”.

No la conocía en persona, pero tras dos años, la relación estaba (según el muchacho), en el punto apropiado para regalarle un viaje a Panamá esa próxima navidad. Se lo diría al día siguiente, cuando cumplieran dos años de conocerse.

Jorge no tenía familia para presentarle a su novia, de niño su madre lo dejó una vecina que ya contaba con bastantes años encima, la curvilínea mujer quería seguir su vida de fiestas y borracheras, así que nunca más volvió por él.

Su “tía” siempre lo consideró un lastre, él nunca la culpó por como lo trataba, ya que él mismo se sentía un intruso en aquella casa, por ello se fue a los quince años.

Nadie intentó traerlo de vuelta o siquiera buscarlo.

Pero eso no le importó, Jorge jamás recibió nada de nadie, estaba acostumbrado a ganarse todo a pulso, trabajó de pavo en varios buses y ayudaba en camiones para pagar un cuarto, se fajó ahorrando y viviendo mal, pero con becas y mucho esfuerzo  logró pagarse la universidad. Ahora trabajaba de asistente en una empresa en el sector de Clayton.

En su celular, las noticias por internet hablaban de un enorme operativo Policial basado en retenes, cada esquina importante de la ciudad estaría intervenida por unidades solicitando documentos de identificación.

La Policía Nacional buscaba a alguien en cooperación con el FBI y la INTERPOL. Los medios se daban gusto haciendo conjeturas sobre quién podría ser esta persona a quien buscaban, y por qué sería tan importante como para detener la ciudad de esa forma.

La mayoría coincidía con que se trataba de un miembro de alguna célula terrorista islámica, (una apuesta tan buena como cualquiera) pero nadie lo sabía con certeza, lo único que estaba claro era que gracias a estos operativos, la ciudad estaba prácticamente detenida por los tranques vehiculares, lo poco que no estaba atorado, estaba imposiblemente lento. Las redes sociales se llenaban de comentarios irónicos sobre el “tranque del siglo” y felicitaban a la Presidenta por su gran logro a unos meses de haber sido elegida.

A Jorge aún le faltaba más de una hora para llegar a donde trabajaba, tenía que pasar por la Terminal de buses de Albrook para tomar un transbordo, el día transcurría como siempre, pero más lento.

El joven guardó su celular, y se acomodó lo mejor que pudo…

 

 

Andrea se encontraba atascada en Vía España dentro de su vehículo sedán, muerta de calor y con ambas manos en la parte superior del volante. Era lo mismo todas las mañanas camino la escuela de su hijo mayor, en el asiento trasero de su pequeño vehículo rojo se aburrían sus pequeños. Ricardo de siete años y su pequeña bebé de tres meses, Marienny.

<<Quizá sería mejor contratar un transporte privado…>>

La joven madre siempre pensaba lo mismo cuando ya se encontraba a punto de perder la cordura en el tranque mañanero.

Pero desechaba la idea después de ver esos buses colegiales “volar” por las calles de la ciudad, en maniobras que ni el más irresponsable de los taxistas intentaría.

Sin embargo, ese día ningún vehículo “volaba” en toda la ciudad, los taxistas no se atrevían a decir “no voy” porque las carreras eran escasas, y la mayoría de la ciudad intentaba moverse bajo tierra, por el metro, lo cual estaba causando un enorme colapso también en ese servicio.

 

…porque nuestra reportera Alicia Solimar Candanedo ya está en terreno para informarnos.

Adelante Alicia, cuéntanos, ¿Cómo está el flujo vehicular con los operativos anunciados?

Andrea buscaba música en la radio, pero su dedo índice se detuvo en esta emisora.

esto está inaguantable Enrique, a pesar de que la Policía Nacional está haciendo su mejor esfuerzo por no detener mucho tiempo los vehículos para revisar, la lentitud ha hecho colapsar casi todas las vías de la ciudad, varios oficiales nos han comentado en el anonimato que el sistema del “pele pólice” esta lento y casi colapsado por la enorme cantidad de consultas que se está haciendo a su base de datos y esto demora más aún cada una de las revisiones, por otro lado….

Fue interrumpida abruptamente por su colega de estudios centrales.

Ok Alicia en ese caso damos paso a unos importantes anuncios de nuestros patrocinadores…

Andrea recordó que habían anunciado la noche anterior sobre los retenes y solicitaban a la ciudadanía cooperar, se dio cuenta que habría salido mejor que el niño faltara ese día a clases y así no salir a la calle.

Dejó que su dedo presionara el control de la radio hasta que encontró una canción de su agrado

 

 

Jorge sudaba como cerdo en el Bus, el aire acondicionado no funcionaba bien y las ventanas de atrás estaban cerradas, para colmo, el humo del motor, se filtraba por el piso hasta su nariz.

Inició la aplicación de mensajería instantánea de su celular y revisó su lista de contactos… Carola no aparecía online. A pesar de la diferencia de horario Jorge sabía que su novia vivía del animé y los juegos Online hasta muy entrada la madrugada, así que era normal que aún estuviera durmiendo…

<<Maldito transporte público>> –Se quejó en silencio.

El Bus no se movía más que un par de metros esporádicamente, el tranque era realmente descomunal, todos los carriles de Vía España estaban paralizados llegando al sector del Perejil y ya algunos automovilistas empezaban a perder la paciencia, daban bocinazos, gritándose floridos adjetivos mas todo lo que supieran decir. Jorge recordó las coloridas palabras de su arrendataria,

Cuando mis paisanos manejan, el de adelante es un “agueva’o” y el de atrás es un “hijoeput…”

Pronto el sol encontraba su cruel apogeo sobre la ciudad, haciendo que el techo del bus irradiara ondas de calor que Jorge podía sentir bajo sus párpados.

Del bolsillo donde había guardado su celular salió el sonido de un ringtone, lo cual le produjo un apretón en el estomago, él sabía que nadie lo llamaba en horas de trabajo, al menos para nada bueno… sacó el móvil y el apretón de estomago se convirtió en retorcijón intestinal, el identificador mostraba el número de su oficina… además de la hora.

Eran las 9:45. AM.

–Mierd… –Exclamó entre dientes, y presionó el indicador verde en su pantalla para contestar.

La cariñosa voz de la Señora María, la secretaria de su Jefe, lo recibió del otro lado de la línea.

–Jorge, ¿dónde estás? ¿Te quedaste dormido? Don Ricardo está echando humo porque  no le enviaste el informe el viernes y… –Susurró. –Para que te digo, parece que hoy no le fue bien en la casa porque llegó buscando razones para pelear… anda preguntando por ti…

Jorge sintió una mezcla de pánico e indignación, pero definitivamente…  más pánico.

Estaba tan absorto en el calor que, aún no entendía qué era lo que había hecho mal.

Unos segundos después reaccionó.

–P…Pero… –Titubeó –Yo lo envié el viernes, antes de salir, al email del Señor Ricardo Señora María, es más… salí media hora más tarde para enviárselo en el formato que pidió

<<En el puto formato ese…>> –Reclamó en su mente…

Jorge trataba de recordar a toda velocidad, los últimos minutos de su aburrido viernes anterior en la oficina y sabía a ciencia cierta que ese email se había “ido”… pero también sabía que el idiota que le había tocado por jefe, era dueño de una “bandeja de entrada” con cientos de emails, que nunca revisaba porque se la pasaba viajando, y por supuesto, cuando llegaba, le daba una pereza colosal revisar sus cientos de correos acumulados.

–Señora María… ¿podría pasarme a Don Ricardo? yo se lo envié el viernes antes de salir, estoy seguro

–Jorgito… –Le respondió Doña María con dulzura, no creo que esa sea buena idea, mira yo…

–¿Encontraste al webas ese? Una voz exaltada la interrumpía al fondo de los demás sonidos de oficina que Jorge podía escuchar. Era su jefe.

La línea emitió un pequeño pitido y el empleador de Jorge tomó la conversación.

–María anda, hazme un café que tengo que salir, yo voy a conversar con Jorge… mientras. –Ordenó desdeñosamente.

La línea nuevamente emitió otro pitido y la Señora María salió de la conversación sin despedirse.

–Eh… Don Ricardo… usted disculpe… yo envié el email, antes de irme el viernes.

El muchacho sentía que su estomago rugía con ganas de evacuar su contenido, pero a Jorge no le quedaba claro si la evacuación sería por el norte o por el sur de su cuerpo…

Lo peor era que Jorge estaba seguro que el email estaba ahí, en la bandeja de entrada de su jefe. Pero el señor nunca revisaba su correo, dejando que se acumule por días.

Don Ricardo prefería escupir un cínico: “no me llegó” y obligar a le reenvíen el correo, solo por pereza de buscarlo en su propio desorden virtual.

–A ver estimado Jorgito, yo supongo que tú sabes leer un reloj y tienes alguna idea de qué hora es ¿verdad? –Su empleador utilizaba ese tono tan propio de él, que supuraba en cada palabra “eres un idiota y me perteneces”

–Jefe disculpe yo… Yo salí temprano pero hay un tremendo tranque en Vía España.

–¿Vía España? –Don Ricardo alzó el tono para que todos en la oficina lo escucharan, le causaba placer el que le sus empleados le temieran de la forma en que lo hacían.

–TODAVIA ESTÁS ¿ALLÁ?. –Soltó una breve carcajada.  –Pelao yo te recomiendo que llegues aquí en los próximos quince minutos o mejor le entregas a María tu carta de renuncia de inmediato. ¡HABRÁSE VISTO! –Agregó sarcásticamente. –Cualquiera diría que me estás haciendo un favor en venir a trabajar.

–Ok Don Ricardo… le aseguro que hice lo posible por llegar más a tiempo hoy…

–¿ES CON MI DINERO QUE COMES TODOS LOS DIAS, LO ENTIENDES? ES TÚ RESPONSABILIDAD LLEGAR A LA HORA COMO EL RESTO DE TUS COMPAÑEROS.

Jorge ahora sí contaba con razones para sudar como porcino, nunca le había tocado una “tanda” de parte de Don Ricardo, siempre se había mantenido al margen, con la cabeza baja, evitando problemas.

–Señor disculpe, llegaré lo antes posible, no sé qué ocurre con el tránsito. –El corazón de Jorge latía con fuerza en su pecho, estaba molesto, pero esa sensación de indignación y molestia era aplastada casi completamente por el tono y fuerza de las palabras de su empleador, él había cumplido con enviar el email, y el tranque a pesar de ser su problema, no era su culpa.

En medio del pánico tuvo la gran idea de sugerir:

–Disculpe Don Ricardo, ¿Está seguro que el email no está en su bandeja de entrada?

Jorge no lo sabía pero Ricardo del otro lado de la línea sonreía socarronamente disfrutando descargarse con el muchacho.

–¿O sea que además de pagarte por no venir a trabajar a tiempo, soy aweba’o pues? ¿Soy un cholo que no sabe usar el computador?.

–No señor no quise decir eso. –Jorge respondió lo más rápido que pudo entre titubeos, pero su iracundo jefe no mostró señas de escucharle.

–¡Resulta que ahora los pájaros le tiran a las escopetas coño!… Mira pelaito… Voy a salir a hacer unos mandados al centro. Si a la vuelta no está ese informe en mi escritorio impreso:

Te largas.

–Don Ricardo sonaba plenamente satisfecho con estas últimas palabras, no le importaba abusar de sus empleados ni “tirarle los perros” a las empleadas de su empresa, él había arriesgado su dinero en crearla y se había fajado varios años para hacerla líder en su mercado, ahora la compañía generaba buen dinero. Y él era el dueño y señor de ese fundo.

Y tal como había dicho, al que no le gustaba que se largara, esa era su forma de manejar su “finca” urbana, su “política corporativa”.

Jorge apretó los dientes, pero tomó un respiro antes de responder, necesitaba el dinero y esa empresa era una excelente recomendación para otro trabajo de mayor nivel en el futuro.

–Sí… Sí Señor, yo le tendré eso impreso antes de su llegada… gracias por la oportunidad – Jorge apretó el pasamanos del bus con fuerza  –…Y disculpe la molestia.

El joven no había terminado la última palabra cuando Ricardo le cerró el teléfono.

En ese momento, su celular emitió un sonido que en otros casos hubiera sido suave y melodioso, pero en su oreja, sumado a la situación, sonó molesto, fuerte e inoportuno.

Desde miles de kilómetros de distancia. Su novia Carola, le escribía.

Karolita–> Hola amor, ¿cómo amanecist? :3

Jorge –> :S como la mierd@… estoy n un tranke y qndo llegue al trbjo el chief m va a ultrajar

Karolita–> L  y esu?

Jorge –> Ahora te qento. Tngo q llegar a la oficina rápido. TKM.

Karolita–>L okis tkm tb

 

Jorge sólo había visto a su novia por cámara a través de internet, hablaban por chat y por audio-conferencia todos los días, pasaban horas conectados simplemente escuchando lo que el otro hacia, sus perfiles sociales en la red estaban conectados en una “relación complicada” y en gran parte, los esfuerzos de Jorge este ultimo año eran para ahorrar y traerla a conocer su país.

Por eso, un corte de luz no era opcional para él, significaba no poder hablar con su novia de forma alguna. Estaban por cumplir dos años de “relación”.

De todas formas Jorge no tenía mente para el romance en ese momento, se ponía mentalmente una y otra vez en la situación de tortura psicológica que le esperaba. Tocaba regaño… gritado y frente a todos, como era costumbre del animal que tenía por empleador.

Para colmo de males, no había forma de llegar rápido con este tranque… al menos no en bus, el metro no era opción porque había tanta gente apiñada en el que esperar un vagón vacio sería lo mismo que nada.

Mientras, notó que varias personas comenzaron a bajarse del vehículo, algunos discutiendo con el chofer porque acaban de subirse  y querían que se les devolviera el importe descontado de sus tarjetas de debito prepagadas.

Jorge hizo un rápido cálculo mental, alguna vez había tomado un taxi desde esa área hasta el trabajo, pero lo había pagado la empresa.

Quizás si se alejaba del tranque hacia alguna de las calles más pequeñas, algún taxista sabría cómo salir de ahí rápido

Ya los podía escuchar en su mente diciéndole “no voy”, “no voy” “yo no voy para allá”, algunos ni siquiera se dignarían en responderle y se irían, pero debía intentarlo.

<<Ahí va el pago de la luz de este mes>> –Se lamentó mientras pedía parada para bajarse del bus por la puerta de atrás.

El Chofer discutía airadamente con una pasajera, pero le abrió la puerta trasera de inmediato.

La puerta del bus se abrió y Jorge saltó de inmediato al mar de autos en que se había convertido la calle, debía encontrar un taxi de inmediato.

Unos segundos después, Jorge volaba por el aire. Nunca alcanzó a tocar el suelo con su pie derecho, un repartidor de pizzas motorizado lo embistió en el muslo, haciéndolo girar sobre sí mismo como una muñeca de trapo. Al caer, su cara golpeó un vehículo que estaba junto al bus. El joven inconsciente azotó el asfalto con violencia, su cabeza sangraba profusamente y su pierna derecha temblaba de forma intermitente.

La moto perdió el control un segundo después de embestirlo  y su timón dio tumbos alternativamente entre el bus y los autos que hacían un angosto pasillo, saltaron chispas y arrancó un par de retrovisores, hasta que los extremos del  timón se atascaron en seco entre un camión repartidor de pan y el bus, el cuerpo del conductor de la moto saltó bruscamente hacia adelante atascándose una de sus piernas entre un auto y la moto.

Jorge no veía la cara del motociclista, pero leía la palabra Pizza en la caja azul de atrás de la moto…

<<Parece una pata de gallina>>

Fue la única comparación que vino a su mente al ver la rodilla reventada hacia atrás del motociclista, el pantalón del repartidor se empapaba de sangre lentamente, el fluido escarlata goteaba por los tubos de la moto hacia el suelo.

Jorge seguía tirado en el suelo, absorto en sus pensamientos, había escuchado alguna vez que todo se veía en cámara lenta en situaciones de vida o muerte… y acababa de comprobar que era cierto.

Alguien lo tomó del hombro izquierdo y lo giró lentamente sobre el piso, su bolsillo empezó a vibrar nuevamente al son de un ringtone que él no escuchaba, pero sabía perfectamente cual era.

–Al menos ahora tengo excusa –Pensó

Cuando lo dieron vuelta boca arriba, veía borrosamente las figuras cercanas, no podía enfocar rasgos faciales, parecía haber unas cuatro personas junto a él, pero podía ver a varias figuras más acercándose alrededor.

A pesar de que no escuchaba casi nada, pudo sentir un gigantesco estruendo a lo lejos, probablemente una tormenta se acercaba, le pareció raro, el día estaba sumamente soleado…

<<Que suerte mas perra… ahora falta que llueva…>> –Jorge estaba muy mareado.

El mundo se le obscurecía… el triste pensamiento de que su “novia” no sabría jamás que acababa de morir en la calle le apretó el corazón, todo daba vueltas y no supo mas.

 

Mitchell miraba intermitentemente su reloj y el bus frente a él, se limpiaba mientras tanto el sudor de la cara con un pequeño pañuelo, el enorme hombre de rasgos nórdicos estaba de pie al final de una fila de pasajeros.

La línea de personas serpenteaba unos metros hasta la puerta de un bus Panamá–David, el bullicio le parecía aplastante, pero no tanto como el calor, se preguntaba como hacia esta gente para respirar día a día, tenían que tener algún tipo de capacidad pulmonar extra, para él, el aire de Panamá era prácticamente vapor de agua.

Acababa de entregar su equipaje y cuatro pequeños tiquetes amarillos eran ahora la única forma de recuperar su delicada carga, por más que insistió no le permitieron llevar sus maletas con él arriba en el área de pasajeros.

Se vio obligado a depositarlas en el compartimiento bajo el bus, igual que el resto de las personas, trató de explicar al operador del enorme vehículo de dos pisos, intentó convencerlo de lo delicado que era el contenido de sus maletas, lo intentó con su español chapuceado,  pero el muchacho de piel cobriza y bigotes lo miraba como en Panamá se mira a la mayoría de los ciudadanos de cabello rubio y acento nórdico, pensaba que otro gringo más, pidiendo trato especial.

Mitchell en realidad era  de nacionalidad Sueca.

Tras viajar a David, provincia de Chiriquí compraría un boleto para viajar a Costa Rica, para proseguir su camino posteriormente hacia el norte del continente.

Pasaría un día en la ciudad de David, ahí estaría a una hora de la frontera con Costa Rica, en esa ciudad le aseguraron que habrían ciber cafés privados y de buena calidad, desde los cuales podría realizar el próximo contacto vía email con los captores de su hija, tenía que reportarse cada doce horas o la matarían.

De la misma forma en que asesinaron a su esposa.

Corpulento y de gran estatura, el hombre de largos cabellos rubios y canosos, llevaba casi tres semanas sin descansar decentemente, solo dormía por agotamiento y no más de un par de horas por vez. La rabia, el miedo y la culpa de que su pequeña princesa estuviera en manos de un grupo terrorista lo carcomían a cada minuto.

El desesperado padre de familia sabia que la matarían si no realizaba la “entrega”. Le cortaron la garganta a su mujer y le enviaron el asesinato en un video a su email para dejar clara la seriedad de sus intenciones. El horrible sonido de los gritos ahogados de su esposa, mientras un cuchillo los transformaba en gorgoteos y silbidos, estaba fresco en su mente.

Se juró que a su hija no le iba a pasar lo mismo, sin importar a costa de qué.

En unas semanas lograría llegar México y entraría por tierra a la frontera con Estados Unidos, esa parte del viaje ya estaba arreglada, una vez dentro, se dirigiría al Monumento Memorial del 11 de septiembre y realizaría su “entrega”.

Renatta estaría a su lado y el vería como reconstruir su vida nuevamente  junto a su pequeña, en algún rincón del planeta, donde no volviera a ser buscado por sus conocimientos en manejo de materiales biológicos de alto riesgo.

Mitchell  no sabía a ciencia cierta cuál era el contenido de las maletas, pero estaba seguro de que se trataba de un arma biológica, las maletas que le habían entregado tenían dispositivos de detonación especialmente diseñados para esparcir su contenido a través de una potente explosión. Le dieron instrucciones específicas sobre el manejo de su equipaje para evitar que el paquete fuera “entregado” en el lugar y momento equivocado.

Fuera lo que fuera que ocurriría al presionar el botón en su chaqueta iba a ser enorme y horrible.

Pero la vida de su niña, su princesa, estaba en juego… debía hacerlo, lograr que la liberaran era prioritario sobre absolutamente todo en el mundo.

Su pasada por Panamá no solo tenía como objetivo hacer más difícil su captura al ir por tierra, el país representaba un atractivo extra para los terroristas en esta misión.

Le dieron cantidad suficiente y sobrante de dinero para pagar a cuatro contactos locales que se encargarían de ingresar sendas maletas en conteiners de alimento congelado,

Esos conteiners irían a distintos destinos en el mundo desde el Canal de Panamá, viajarían rápido tratando de mantener la cadena de frio y la temperatura ayudaría a conservar la carga “extra” que contenían sus maletas, no le dijeron como se detonarían esas maletas en los conteiners cuando llegaran a destino, y tampoco le importaba.

Los cuatro contactos en Panamá habían sido sobornados generosamente antes de su llegada y fue fácil entregar los paquetes sin ser detectado,

Todo había salido bien… al menos eso creía él. Pero uno de los operadores que fue sobornado sufrió un ataque de conciencia (después de aceptar y esconder el dinero por supuesto).  Lo denunció dos días antes de su viaje en bus, uno de los cuatro conteiners ya no llegaría a su país de destino, la policía encontró lo que había en él, aunque no tenían forma de saber lo que haría, se presumió un arma biológica y el contenido fue extraído para su inmediato análisis al Instituto Gorgas.

En el Instituto las pruebas demorarían, pero confirmaron de inmediato que se trataba de un arma biológica lista para detonar en su país de destino.

Se inició una búsqueda frenética, contra reloj para saber cuántos conteiners mas estarían cargados.  Pero los otros tres conteiners, ya se encontraban en altamar.

Con urgencia máxima se montó un inmenso operativo buscando al bio-terrorista. El Gobierno y sus instituciones trataron de mantener un equilibrio entre la importancia de encontrar al personaje y mantener en secreto el peligro real en que se podría encontrar la población. El caos seria inmenso e incontrolable de filtrarse la verdad.

Mitchell no tenía forma de darse cuenta del enorme contingente que le pisaba los pasos en ese momento, no sabía suficiente español para entender a qué se debían los tranques vehiculares en las noticias.

Hasta donde él sabía, esos tranques podían ser algo normal en esa ciudad de locos, pero el FBI y la INTERPOL habían dado instrucciones y prioridad máxima a la policía nacional en la búsqueda de este sujeto, contaban incluso con su descripción.

Había usado muchos nombres falsos, pero ese día estaba cansado, así que se descuidó. Nunca pensó que dando su nombre real en la ventanilla de la boletería de un país tercermundista como ese, haría saltar alarmas de todas las agencias internacionales que lo estaban buscando hace días. No era un espía, era un padre de familia, un científico un hombre normal, los terroristas apostaron a que su intachable prontuario le permitiría pasar desapercibido.

Pero erraron.

El bus había encendido ya sus motores, el  asiento que ocuparía se encontraba en el segundo piso, pidió un boleto para butaca en el pasillo pero la señorita que lo atendió en la taquilla no pareció importarle su petición en ese español mal aprendido que hablaba… un gringo más  pidiendo trato especial.

Durante la espera para subir, en la fila junto al bus notó cuantioso movimiento en los agentes de seguridad en la terminal, varios se llevaban las radios a la boca y los sonidos de chasquido de frecuencia se acumulaban e incrementaban en cantidad rápidamente.

Un mal presentimiento se apoderó de él,  el recuerdo de una de las últimas instrucciones que le dieron se agolpó en su mente, acaso fuera inminente su captura, debía activar los dispositivos con un tercer detonador oculto en su otro bolsillo, todo sería vaporizado en cuarenta metros a la redonda, asegurando un radio de “entrega” de al menos medio kilometro, fueron francos con él, era obvio que no sobreviviría, pero si alguien daba con alguna pista de ellos o con el contenido, la niña sufriría una muerte horrible tras ser torturada de la peor forma que encontraran disponible.

Su opción dado el peor de los casos era detonar las maletas restantes y hacer tanto daño como fuera posible, dejando satisfechos a los captores, con la esperanza de que de esta forma liberarían a la niña sana y salva en su país con sus abuelos.

Era terrible no poder distinguir el español rápido y mal vocalizado de los Panameños, alcanzaba a escuchar las radios pero no lograba aguzar el oído lo suficiente para darle sentido a las frases.

Cuando ya estaba frente a la puerta, una joven vestida con el uniforme de la línea de buses y una libreta en mano le solicitó su boleto, debía confirmar su asiento, los nervios lo estaban traicionando, no lograba encontrarlo, pasó varios minutos junto a la puerta revisando desesperadamente sus bolsillos, esto atrajo más atención hacia él, sobre todo porque empezó a sudar copiosamente y las manos le empezaron a temblar.

Escuchó múltiples sirenas acercarse por la autopista,  la certeza creciente de que este era el final del camino lo ahogaba, pero ya no podía hacer más que continuar, esperar ciegamente que todo fuera bien. Vehículos policiales empezaron a estacionarse del otro lado de la cerca del patio de buses.

Venían por él, tenía que ser, podía ver a lo lejos algunos oficiales de policía bajarse del vehículo que los transportaba.

De improviso,  sus dedos encontraron el ansiado pasaje en su bolsillo, era el mismo bolsillo que había revisado tantas veces, pero ahora, estaba ahí, por arte de magia, acariciándole la punta de los dedos como seda, sonriendo como pudo lo sacó, y se lo entregó a la señorita que lo esperaba impaciente, ya todos los demás pasajeros habían subido al enorme vehículo azul de dos pisos, que leía en su esquina frontal en bellas letras blancas “Bus 66”.

–Asiento seis, segundo piso, gracias por viajar con nosotros –Los ojos amables de la pequeña mujer le hicieron sentir que ella no encontró nada anormal en su comportamiento.

Simplemente otro extranjero nervioso que no encontraba su boleto a última hora.

Subió de inmediato al bus y alcanzó el segundo piso por las escaleras, el calor era insoportable, y aún no encendían el aire acondicionado. Buscó su asiento y encontró una ancianita sentada junto al pasillo, donde él suponía que le tocaría sentarse. Antes de intentar hablarle en su español improvisado, prefirió mirar hacia arriba, y confirmar sus sospechas.

Le habían dado asiento de ventana y no de pasillo como había solicitado…

Pasó aparatosamente frente a la señora pidiéndole disculpas por restregarle el trasero en la cara, logró sentarse junto a la ventana, su corpulenta contextura no hacia fácil acomodarse en esta pequeña butaca, sus codos estaban apretados contra su cuerpo en un esfuerzo por no incomodar a su vecina de viaje.

Una refrescante corriente de aire frio le sopló en la cara bajando suavemente por su cuello y entrando bajo su camisa hacia su pecho, habían encendido el aire acondicionado.

Mitchell trataba de no pensar en las sirenas, quizá hubo un accidente en la autopista, quizá estaban simplemente patrullando.

No podía acabarse todo ahí, él debía cumplir con esa tarea, tenía que ver a Renatta de nuevo, besarle la frente y abrazarla, explicarle por qué no vería más a su madre y consolarla, verla crecer, verla estudiar y acompañarla al altar.

Nada lo iba a detener.

El bus se empezó a mover, lo había logrado, tan pronto salieran de la ciudad estaría libre, el resto del país, por lo que él entendía no era más que selva, no lo atraparían. Solo debía tener cuidado al cruzar la frontera con Costa Rica nuevamente y para eso faltaban muchas horas, quizá hasta podría dormir.

El bus retrocedió unos veinte metros, pero se detuvo de improviso, y a continuación empezó a moverse nuevamente hacia delante a su estacionamiento original.

Algo pasaba.

Mitchell se inquietó de sobremanera, nunca había tomado un bus en este país, pero no podía inventarse explicación optimista alguna para que el bus estuviera nuevamente volviendo a su punto de origen. Buscó desesperadamente en los ojos de los pasajeros contiguos, pero ellos también demostraban curiosidad y desconcierto por el retorno del vehículo a su estacionamiento original.

Cuando el bus se detuvo, uno de los operadores subió al segundo piso y les indicó a los pasajeros que habían sufrido una avería, que debían bajarse, el hombre de camisa celeste estaba visiblemente nervioso, y por un momento miró directamente a Mitchell… el operador quitó la mirada de inmediato apenas sus ojos se encontraron con los del Sueco.

Estaba claro. Lo habían descubierto en el peor lugar posible, encerrado en un bus. Miró por la ventana y no pudo divisar policías, pero sí pudo ver que varias personas, en el bus de al lado, abrían sus ventanas y miraban señalando la parte frontal de su bus, algo estaba pasando en la parte frontal del bus que él no podía ver.

Los pasajeros a su lado y en los asientos al frente comenzaron a bajarse casi de inmediato, pero él no se movió. Pensaba a mil kilómetros por hora en alguna forma de escapar, se llevó inconscientemente la mano bajo la chaqueta… al detonador. Pensó en sus padres, la niña estaría definitivamente bien con ellos, pero… ¿Cómo se sentiría cuando supiera que su papá y mamá habían dejado este mundo?

La iba a destruir.

Pero no podía arriesgarse a que la mataran como a su mujer, mucho menos a que fuera torturada, solo tenía cuatro años.

Cuando aún faltaban unas seis personas por bajar, la imagen recurrente de todas sus pesadillas desde hace tres semanas se manifestó ante sus ojos.

Dos oficiales de policía panameños y tres agentes con rubio cabello portando identificaciones del FBI subieron por la escalera, dando codazos a quien les obstruyera el paso, la anciana que se había sentado junto a él fue removida del pasillo de una forma gentil pero firme, los agentes no preguntaron absolutamente nada, desenfundaron sus armas y le apuntaron mientras los policías panameños halaban a las personas para que bajaran la escalera de inmediato, los oficiales norteamericanos empezaron a gritarle visiblemente nerviosos.

Él no los miró, no era necesario, ellos no tenían la culpa de lo que estaba pasando, y él tampoco, su mano ya estaba en el interruptor, por primera vez en semanas estaba totalmente calmado, se sentía en paz, sabía que iba a producir un daño enorme, pero también sabía que era una víctima más como quienes morirían en los próximos segundos.

Estaba seguro de que cualquier padre hubiera hecho lo mismo en su lugar.

Los agentes reconocieron de inmediato su actitud de auto inmolación al escucharlo orar cabizbajo y actuaron instantáneamente al ver su mano bajo su chaqueta.

 

Mitchell desempolvaba un padre nuestro por años guardado en su mente…

 

Fader Vår som är i Himmelen…Helgat varde Ditt namn… Tillkomme Ditt Rike…

 

La primera bala entró por su hombro izquierdo, su cuerpo fue empujado violentamente hacia el asiento, pero el hombre de cabellos largos y rubios, no levantó la mirada.

El enorme estruendo del disparo hizo que las personas comenzaran a gritar y a correr alejándose del bus, los oficiales panameños hicieron todo lo posible por sacar a las personas del vehículo antes de que una bala perdida alcanzara a algún inocente, no entendían como los gringos habían iniciado un tiroteo con tanta gente cerca.

Ske Din vilja, såsom i Himmelen… så ock på Jorden…Vårt dagliga bröd giv oss idag

 

Mitchell pensó en el día que vio nacer a su nena, en la sala de partos, cuando los doctores la pusieron sobre el vientre de su agotada madre, fue un momento perfecto, de felicidad y euforia, era el pensamiento que se quería llevar.

El segundo disparo perforó su esternón, penetrando su pecho hacia su corazón, la bala rompió el asiento tras él y atravesó el piso del Bus.

El golpe le sacó todo el aire de los pulmones, pero no intentó volver a respirar, sabía que el dolor lo inundaría perdiendo el conocimiento.

El no podía darse ese lujo.

–Renatta. –Susurró al presionar el botón del detonador.

 

 

 

Así es Enrique acabamos de escuchar una enorme explosión proveniente del sector de Albrook, parece que cerca de la terminal, aún no tenemos confirmación del SYNAPROC… pero creo que fue un explosivo… una bomba… estamos lejos, pero iremos a pie hacia el área de los hechos para traerles más información.

–Ok… Si… Alicia, pero esperemos a que las autoridades o el SYNAPROC emitan algún comunicado oficial… no queremos que conjeturas emitidas de forma “descuidada” puedan incurrir en pánico…

-Ok Enrique…  también les puedo informar que en Vía España y todas las calles que conectan con ella están completamente paralizadas, al igual que Avenida Balboa, El Corredor Norte a la altura de Albrook es un rio de unos dos kilómetros de autos detenidos y en otras áreas aledañas hay gente detenida mirando la enorme columna elevarse.

-Gracias Alicia… Esperamos mas detalles de tu parte… y por favor nos avisas cuando el SYNAPROC emita un comunicado oficial… Parece que toda la capital se ha detenido a mirar el enorme hongo de humo… Estimados Radioescuchas recuerden que podrán informarse de todo esto y más sintonizándonos además por televisión en el canal veint…

Las palabras del locutor de noticias, sonaban a regaño mal disimulado, a todas luces no estaba de acuerdo con que su novata colega en terreno emitiera un comentario, que implicaba que prácticamente alguien acababa de hacer estallar la terminal de Buses de Albrook.

Andrea había dado vuelta el dial completo en FM2 después de escuchar una canción, y vuelto a caer en este reportaje,  cobertura que ya se repetía en varias emisoras, todas informaban más o menos lo mismo, en el asiento trasero la bebé lloraba en su  silla, molesta por el sol que ya le pegaba en la cara y su hijo mayor no escatimaba en formas de molestarla.

–…Niños. Hagan Silencio!

Su atención volvió a las voces que salían de su radio, había mucha estática, pero se escuchaba el tono forzadamente calmado de Alicia, la reportera, quizá eligiendo sus palabras tras la reprimenda de su colega en el estudio central de noticias….

“Nuevas explosiones de menor intensidad se pueden escuchar e incluso sentir en el suelo, te puedo comentar que todos los testigos aquí cerca nos dicen que en varios lugares, la policía abandonó los retenes unos cinco minutos antes de la explosión y todos en general se dirigían a Albrook, parece que la persona que buscaban, fue encontrada en la Terminal de Buses…”

La estática saturó por completo la señal, a su alrededor las personas empezaron a bajarse de los vehículos, Andrea concluyó que quizá era mejor buscar una forma alternativa de salir, si las personas estaban saliendo de sus autos el tranque no se movería por arte de magia.

Puso su mano izquierda en la manilla de la puerta para abrirla, pero, al segundo siguiente, un motociclista la rebasó por el lado del piloto a toda velocidad rozando violentamente su retrovisor, haciéndolo vibrar unos segundos.

La certeza de que habría muerto de haber  abierto la puerta unos segundos antes la abrumó por completo. Comenzó a sudar frío por la impresión de lo que había estado a punto de sucederle, se quedó estática en su asiento, mirando la palabra Pizza en la caja azul trasera de la moto, mientras desaparecía, en el pasillo que formaban los vehículos más adelante…

 

 

 

A los pocos minutos de estar de pie, Jorge sintió nauseas y vomitó todo el contenido de su estomago, la vergüenza lo abrumaba, sabía que había salpicado los zapatos y pantalones de sus salvadores, pero no le quedaban fuerzas ni para pedir disculpas.

 

<<Mierda, toda una vida sin tomar trago, para terminar vomitando y cargado en la calle como un puto borracho en carnaval>> –Se lamentó.

La vergüenza le hizo intentar liberar a aquellos samaritanos de su peso

–Ya estoy mejor, si quieren déjenme aquí nomás, yo llamo a mi papá, para que me venga a buscar. –Mintió.

–No diga tonterías mire toda la sangre que ha perdido  –Le regañó amablemente el “gigante” señalándole con una mueca su sweater azul sin mangas, una mancha de sangre enorme y fresca ocupaba todo el costado izquierdo del pecho del joven de piel morena.

–Ya estamos cerquita –Agregó su enorme rescatista.

El abogado no dijo nada, era evidente que estaba reservando cada respiración para no morirse ahí mismo de cansancio. Llegaron frente a una pequeña puerta cubierta a su vez por otra de barrotes de metal, una ventanita se abría entre los barrotes, probablemente para pasar recetas médicas en las noches.

–¡Por favor alguien que atienda al Señor! –Gritó el gigante en un tono que sonó más a orden que a petición, de inmediato, algunas personas, que estaban esperando para ser atendidas en la sala le hicieron señas a la recepcionista, para que le abriera la puerta con el botón que había al lado del escritorio.

La puerta vibró y emitió un fuerte chasquido abriéndose un poco.

–Entre usted con él, voy a tomar aire para irme a buscar a mis hijos –Comentó entre jadeos el “abogado” tratando de reservar el poco aliento que le quedaba.

El rechoncho hombre encorbatado dejó de cargar a Jorge y se sentó en una banca fuera del consultorio, con su cabeza agachada tratando de tomar aire, Jorge quería que la tierra se lo tragara de la vergüenza. ¿Cómo podía haber sido tan descuidado? en el camino a la clínica había terminado de recordar como lo habían atropellado y tenía la total seguridad de que el accidente había sido su culpa, al bajarse tan bruscamente del bus sin siquiera mirar.

–¡Demonios!!… El motociclista… ¿se mató? –Exclamó espantado al recordar la pierna reventada hacia atrás del hombre, lo podía ver en su mente nítidamente colgado en el timón de su moto.

–No sé, se lo llevaron cargando, así como a ti, –Dijo el gigante.

–Sí, lo trajeron aquí también. –Agregó la recepcionista. –Estaba muy mal, el doctor se lo llevó al hospital en un auto de inmediato, junto a las personas que lo traían, pero no sé hasta dónde habrán podido avanzar con este tranque…

–Pasen por acá por favor –Les invitó la recepcionista, era una bella mujer de mediana estatura con cabello negro rizado, de piel morena y negros ojos grandes, aparentaba unos treinta y cinco años.

–Me disculpan, voy a revisar que lo del señor no sea grave, “sorry” por adelantarlo en la fila.

La recepcionista se dirigía al resto de los pacientes que esperaban, nadie hizo ningún comentario.

La mujer entró con Jorge y el gigante a una pequeña sala, tras una cortina vieja y sucia de flores azules.

–Esa herida de tu “cachete” esta fea y se ensució bastante, déjame revisarla, además te cortaste el cuero cabelludo pero no parece profundo, déjame hacer lo que pueda mientras el doctor vuelve, acuéstate acá –Le ordenó cariñosamente la recepcionista.

<<Maldito olor a hospital como lo odio…>>

Jorge odiaba las clínicas y los hospitales, le hacían recordar que no tenía a nadie que preguntara por su salud. Siempre temió que algo así le ocurriera y ser un cadáver sin reclamar en una fosa común. Y estuvo a punto de hacerse realidad su temor mas grande.

–No sé si sea importante pero se desmayó y vomitó varias veces –Le informó el gigante a la recepcionista, ella parecía estar acostumbrada a atender previamente a heridos de diversa índole que llegaban mientras el “doctor” estaba de turno en el hospital público de la ciudad.

–¿Es enfermera? –Preguntó Jorge, mientras la doctora le revisaba con una pequeña linterna las pupilas.

–Doctora… Bueno… casi, dejé el último año de carrera por embarazo, esta es la consulta de mi marido –Le respondió a Jorge concentrada en revisar el corte que se había hecho en la cabeza, ahora que veía que sus pupilas no mostraban signos de contusión.

Jorge levantó su mano derecha para tantearse el área de la herida en su cabeza, la doctora notó una pequeña protuberancia en el borde de su mano, casi imperceptible, después de su dedo meñique.

–Polidactilia, ¿verdad?

Jorge conocía el término, lo había investigado en internet, tenía un pequeño casi invisible dedo después de la base de su dedo meñique, en la mano derecha, no era mayor que un centímetro y tan delgado que había que acercarse realmente a su mano para notarlo, sin embargo lo hacía sentir sumamente inseguro. Retiró su mano bruscamente sin decir nada.

–¡Nada de qué avergonzarte… oye!, no se nota, lo que pasa es que siempre me han interesado las mutaciones humanas y esa es una de las más interesantes.  Te lo puedes operar si quieres un día, ¿Lo sabes no?

Jorge guardó silencio mirando al piso, realmente ese día y a esa hora, ese pequeño apéndice que tanta inseguridad le producía, era de lo último que quería conversar.

La doctora cambió el tema al darse cuenta que estaba incomodando al muchacho.

–¿Qué está pasando allá afuera? preguntó la “casi Doctora” al gigante, mientras preparaba a Jorge para limpiarle las heridas y vendarlo.

–No sé Doctora, parece que algo estalló por allá por Albrook y sigue estallando, ¿no sintió como vibró el piso?

–Si claro que lo sentí pero… ¿qué iba a hacer? si me levanto a mirar a la calle… en un segundo desaparece la mitad del dinero de la consulta. –Sonrió levantando sus cejas sarcásticamente.

A Jorge le produjo más vergüenza (si esto era posible) saber que la Doctora había dejado la recepción sin cuidado para atenderlo a él, además se había “colado” por delante de todas esas personas que seguramente estarían esperando desde temprano su turno.

Pronto sus pensamientos se volvieron hacia las complicaciones legales que vendrían sobre él por ser responsable en el accidente.

Estaba completamente jodido.

–¿Va a estar bien? preguntó el gigante a la Doctora.

Jorge de verdad deseaba que la doctora respondiera que se le había caído la mitad del cerebro en la calle o algo así, quería realmente ser una víctima de todo esto… no lo que era en ese momento, un responsable… alguien legalmente imputable.

Qué insignificante se veía su futuro corte de luz como problema en ese momento.

–No se va a morir. –Dijo sonriendo a Jorge. –Pero de todas formas, dejémoslo en observación unas horas, por el vómito, mi esposo debe llegar pronto y ahí veremos que hacemos.

La sala de atención era chica, estaba equipada con una camilla e instrumentos médicos varios. Arriba en la pared colgaba un sucio televisor débilmente sostenido por unos hierros soldados artesanalmente, viejo y pequeño, en su borrosa pantalla sin volumen y llena de estática, se veía la cara de una reportera hablando, tras ella, una enorme pared de humo se alzaba, parecía estar reportando un incendio…

Bajo la imagen de la reportera, se leía su nombre “Alicia Solimar Candanedo” y un texto pasaba de derecha a izquierda, una y otra vez

Alicia Solimar Candanedo, en Vivo desde el lugar de los hechos “Enorme explosión destruye la Terminal de Buses de Albrook” Cantidad de víctimas se estima en centenares”. Transmisión vía internet. Video sin Editar. Advertencia las imágenes pueden resultar no aptas para…

Nadie miraba el mudo televisor, había tres personas en la puerta de la habitación y un niño pequeño, mirando a Jorge.

No importaban las noticias en ese momento, Jorge y su cachete golpeado eran el centro de atención en esa clínica.

 

 

 

 

Las manos de Andrea temblaban agarrando el volante de su auto, todavía sudaba frio gracias a la moto que casi la atropella frente a sus hijos, miraba el piso del vehículo cuando se dio cuenta que la señal de la radio había vuelto, la estática había desaparecido casi en su totalidad, puso atención, estaba tratando de pensar en cómo iba a salir de ahí a pie con la bebé y el niño.

Quizá si llamaba a algún familiar…la podrían venir a recoger, pero la fila de autos era interminable en ambas direcciones, y el calor se tornaba asfixiante.

–…Enrique, testigos indican que la explosión provino de uno de los buses y alcanzó varios vehículos que estallaron casi al mismo tiempo en un efecto dominó, la terminal se encontraba llena de personas que viajaban hacia el interior del país, no puedo ver nada, el humo forma una pared gigantesca,  desde esta distancia el calor que irradia se siente en la piel.

Andrea sintió su piel erizarse, ¿Realmente había ocurrido algo tan horrible? ¿Estaría bien Ricardo? Habían peleado esa mañana, y se había ido furioso al trabajo. Tomó su celular, y al marcar el número de su marido, obtuvo el inconfundible tono que escuchaba todos los treinta y uno de diciembre a las doce de la noche al querer llamar a sus familiares.

Las líneas estaban totalmente saturadas.

 

– acerquémonos más, quiero declaraciones de algún sobreviviente. –La hermosa reportera dio un paso en dirección a la enorme columna de humo que se levantaba en el horizonte.

–¿Te volviste loca Solimar?  Tengo la frente y las orejas calientes nada más con el calor que llega hasta aquí y eso que estamos lejos todavía, eso allá debe estar para cocinarse. –El camarógrafo se tapaba la cara del sol para no recibir más calor del que ya saturaba el ambiente.

–Además no estoy seguro que tengamos señal de data en ese sector, ya nos alejamos bastante de la unidad móvil, no podemos transmitir por microondas si nos alejamos del vehículo, la data en esta área “suckea big time”. –Agregó el camarógrafo.

–Pedro… este desgraciado de Enrique me “puteó” en mi primer reportaje en vivo, voy a callarle la boca, esto fue una bomba tal y como dije, no tengo duda. –Los ojos de la preciosa joven brillaban ahora que estaba prácticamente segura de que sus declaraciones en vivo habían sido acertadas.

Pedro sabía que a pesar de su edad, Alicia había hecho reportajes de alto calibre en terreno, incluso había participado en redadas policiales en periódicos y otras televisoras.

Hablaba en serio, estaba muy fastidiada por el desplante que le había hecho Enrique mientras ella transmitía en vivo.

El rostro estrella del noticiero, se había propuesto humillarla cada vez que tuviera la oportunidad, la nueva y bella reportera no le había hecho caso en sus avances por conquistarla, esa era la razón real del trato durante la entrevista.

–Ok… vamos. –Resopló Pedro resignado. –Pero sígueme donde yo te diga, usemos los autos para cubrirnos en caso de que algo estalle de nuevo. –Advirtió el camarógrafo, y comenzó a caminar.

–¡Gracias bello …Muax! –Le gritó emocionada Alicia, con esa mirada y sonrisa que ya lo traía medio “mal” hace unos meses,  Pedro sabía que “ella sabía” que él se estaba dejando manipular por su belleza, pero se consolaba pensando que, al menos eso era mejor que andar siguiéndole los gustos a otro macho, pero la verdad es que llevaba ya un par de semanas soñando con ella, del tipo de sueños que no le dejaban mirar a la cara a su colega al día siguiente.

Ambos reporteros recorrieron la interminable serpiente de autos detenidos que se extendía por el corredor norte, la espesa columna de humo crecía a unos cuatrocientos metros de los reporteros donde estuvo la terminal de buses de Albrook, nadie intentaba acercarse al sector del incendio.

La explosión que produjo el equipaje de Mitchell fue gigantesca ensordecedor, la onda expansiva golpeó como la palma de una mano invisible en las paredes y vidrios de todas las edificaciones en kilómetros a la redonda. Todos los que sobrevivieron el impacto inicial tomaban sus cosas y se bajaban de los vehículos para alejarse corriendo, algunos ni siquiera cerraron las puertas en el pánico, alejándose de la pared de humo que cruzaba el corredor norte.

Los que habían estado más cerca de la enorme bola de fuego exhibían quemaduras de diversa intensidad o piel sumamente rojiza, casi brillante, otros más lejos miraban incrédulamente hacia la colosal y creciente columna de humo y fuego, no cabía duda de que estaban profundamente agradecidos del tranque que no les había dejado acercarse más al sector de la explosión, el mismo tranque que hace unas horas maldecían.

Unos veinte minutos después, los reporteros estaban a unos doscientos metros del lugar de la catástrofe, aún caminando por la autopista, debían cruzar un sector de pasto seco tras una barrera de metal y estarían junto a la cerca del patio de buses de la terminal.

El fuego y el humo se revolvían en una masa que devoraba la estructura central del edificio de la terminal, el área del corredor norte que se extendía frente a la terminal estaba completamente cubierta por el humo, el pasto en ese sector estaba encendido al igual que los vehículos que se encontraban transitando en ese momento, muchos volcaron con enorme fuerza de la onda expansiva, el calor fue tan intenso que los tanques de combustible de prácticamente todos humeaban abiertos tras haber explotado.

Alicia conocía bien la terminal por sus múltiples viajes al interior del país para hacer reportajes de obra social, el silencio en el área y la falta de movimiento eran sobrecogedores, los buses no rugían, no había bocinazos, los autos no se movían en la autopista.

Solo se escuchaba el crujido y los chasquidos de todo tipo de objetos y formas calcinándose más adelante. Tanto ella como su compañero percibieron el inconfundible y nauseabundo olor a cabello quemado, pero ninguno de los dos periodistas quiso comentarlo.

–Pedro hagamos una transmisión corta desde aquí, así probamos la data y seguimos caminando, tenemos un excelente primer plano a esta distancia. –Alicia lucía un poco nerviosa, pero Pedro no pudo discernir si se debía lo pavoroso de la situación o a la emoción de tener la primicia de una noticia de semejante envergadura…

Su compañero ya abría su pequeña laptop sobre el capó de un sedán, conectaba los cables de la cámara al computador, convirtiéndola en una “cámara web” de alta definición, la cual transmitiría una videoconferencia hacia estudios centrales.

Abrió su explorador de internet y entró al sitio web del canal, al ver la velocidad a la que se abrió concluyó que su conexión estaba en condiciones óptimas como para transmitir.

Abrió un software de mensajería instantánea y envió un chat rápidamente a uno de sus colegas encargado de transmisiones de unidad móvil en los estudios centrales.

Estamos a unos ciento cincuenta metros de la terminal, Transmitiendo en cinco minutos, incluir en el cintillo que no podemos estimar la cantidad de víctimas, un incendio está consumiendo toda la terminal. Enviaremos unos dos minutos de imágenes y seguiremos acercándonos, para volver a transmitir.

El incendio se había extendido por los buses que se encontraban estacionados con los tanques de combustible llenos para los largos viajes al interior, explosiones menores pero potentes se repetían dentro del pequeño centro comercial que existía dentro de la Terminal de Buses.

El negro humo salía espesamente por cada hoyo de los techos y paredes, era aparente que la explosión había hecho desaparecer los grandes vidrios de las salas de espera incendiando prácticamente toda la estructura, al interior, el humo salía furiosamente en columnas forzadas a través del espacio cuadrado que quedó en cada ventana.

En la rampa del segundo nivel se podía observar la parte posterior de un bus completamente en llamas, no se podía apreciar, al menos a esa distancia, movimiento alguno, todo parecía haberse paralizado, era alarmante no ver absolutamente a nadie corriendo o pidiendo ayuda dentro de la estación de buses ni en sus alrededores.

Alicia, micrófono inalámbrico en mano, hizo una corta transmisión a estudios centrales, relatando el esfuerzo que harían para entrar al sector del incendio, terminó rápidamente, quería ser la primera en llegar, y todavía quedaba un buen trecho por recorrer.

–¡Apura! antes que lleguen los bomberos y acordonen la zona.

–Espera –Le ordenó pacientemente Pedro.

–Me arden los ojos. –Se quejó el camarógrafo, acto seguido se arrodilló para sacar de su mochila un sweater blanco. Pedro lo rasgó a la mitad y lo empapó con agua que cargaba en una botella. Se pasó el trapo improvisado por los ojos, y de inmediato se lo amarró tras la nuca de forma que le cubriera la boca y la nariz.

–Toma, este para ti Solimar –Pedro la llamaba por su segundo nombre cuando quería asegurarse de que le pusiera atención, ella odiaba su segundo nombre.

–¡Claro! HERMOSA me voy a ver ante las cámaras en mi primer gran reportaje disfrazada como una forajida del lejano oeste, ¿no tienes un sombrero también?

–¿Gran reportaje? –A Pedro le molestó la frialdad de Alicia, era obvio que frente a ellos estaba una de las mayores catástrofes de la historia del país, sin embargo, se tragó su opinión, no quería estar “en la mala” con ella.

Alicia tomó el pedazo de sweater de todas formas y se lo amarró al antebrazo derecho como si lo vendara, no sin antes limpiarse la cara, que ya estaba llenándosele de hollín, se exprimió un poco el agua del trapo en los ojos.

Una fuerte ráfaga de viento pasó golpeándolo todo y movió la pesada nube de humo que cubría los alrededores del patio de buses en llamas, Pedro y Alicia pudieron divisar múltiples masas de objetos, de color negro, tirados en el piso.

<<Ojalá sea equipaje>> –Deseó Pedro para sus adentros. Pero las formas y la cantidad no le dieron mucha esperanza.

Alicia advirtió la expresión de pavor de su colega, pero estaba decidida a ser la cara de este reportaje, no iba a dejar que sus impresiones personales influyeran en su reportaje, caminó  apresuradamente saliéndose de la autopista, debido a su corta falda y tacones cruzó con bastante esfuerzo una pequeña valla metálica, que separaba la autopista del área con pasto que rodeaba todo el costado de la terminal, y continuó a paso firme en dirección a la cerca de alambre del patio de buses que ahora se encontraba abierta en varios puntos.

–¡Vamos!, –Le gritó su compañera al ver que Pedro aún no se ponía en marcha, usemos los escombros y cuerpos como fondo, quiero que el cabrón de Enrique vea de lo que soy capaz…

Pedro recogió todo sin decirle nada, y la siguió en silencio, cruzaron con cuidado lo que quedaba de la cerca de alambre que separaba el patio de buses de el corredor norte, habían pedazos de metal retorcido y restos de todo tipo de materiales quemados en varios lugares, el humo no dejaba abrir los ojos y el calor era insoportable, Pedro estaba seguro de haber visto un par de brazos  y probablemente un torso carbonizados, pero trataba de mantener la vista fija en el bello cuerpo de su colega para no pensar en la horrible escena que lo rodeaba.

Cuando llegaron al patio de buses, se hizo evidente que los deseos de Pedro no se harían realidad, las formas obscuras que vio a lo lejos no eran maletas, eran cadáveres calcinados, la gran mayoría estaban amontonados junto a los buses, eran grupos de varias personas, tenían que ser las desafortunadas almas que esperaban en fila al lado de los buses para subir, otros colgaban de las pequeñas ventanas por las cuales no pudieron escapar, era imposible no notar el tono brillante y horriblemente tenso de la piel que se asomaba bajo la ropa chamuscada.

Pedro reconoció el característico color amarillento de la grasa calcinada bajo la carne de este tipo de cadáveres, había cubierto algunos accidentes automovilísticos que habían terminado en incendios, en esas ocasiones había filmado y fotografiado pero aún no tenía estomago para esos reportajes.

Sin embargo ahora no había donde posar la vista, estaban por todas partes, en posiciones imposibles, tiesos con las bocas abiertas y prácticamente desnudos en su mayoría.  Pedro se vio obligado dejar de evitar mirar el horrible espectáculo, si seguía haciéndolo corría el riesgo de tropezar.

El patio de buses se había vuelto un laberinto de vehículos incinerándose, hierros y pedazos de metal retorcido por todas partes, varios buses habían sido volcados y arrastrados por la enorme onda expansiva de la explosión inicial.

El lugar exacto donde había ocurrido la explosión se podía percibir con la piel, había dos buses partidos a la mitad, absolutamente todo por sobre los neumáticos había desaparecido en ambos, solo algunos hierros estructurales sobresalían, abiertos como un animal muerto con las costillas expuestas en la calle, el fuego en esos puntos era casi rojo, intenso, el piso había desaparecido alrededor de aquellos vehículos dejando un cráter de poca profundidad pero perfectamente visible.

El alquitrán del asfalto alrededor de los cráteres se había derretido en medio del intenso calor.

Pedro subió nerviosamente la cámara a su hombro, preparando los controles de filmación con sus dedos mientras miraba el escultural cuerpo de Alicia caminar frente a él alejándose en dirección a un grupo  cadáveres amontonados tras un bus…

¿O eran heridos?

El camarógrafo observó sin proponérselo un súbito movimiento, en uno de los cuerpos, era un joven y se había recogido sobre el piso en un espasmo, a una posición fetal.

Alicia también vio el movimiento, se quedó quieta por un segundo, pero decidió ignorarlo y de inmediato se dio la vuelta hacia su camarógrafo con mirada resuelta.

–Informa a estudios que vamos a transmitir ahora mismo. –Sus hermosos ojos mostraban una avidez y ambición que Pedro no pudo menos que repudiar.

Como buen profesional que era, Pedro reprimió sus impulsos de ir a ayudar al herido que se había movido, se abstrajo evitando involucrarse en la noticia. Sacó de la maleta su laptop nuevamente, la puso en el piso, revisó su nivel de señal de internet, vio que habían varios de mensajes del “estudio” preguntando por su estado, le pareció raro que no lo llamaran al celular, pero no dio más vueltas al asunto.

La señal de data era óptima, podía transmitir, no era la mejor forma de enviar un video de buena calidad, porque se veían algo pixelados, pero era la primicia en sitio, había que tomarla como fuera.

Envió un mensaje a estudio vía chat desde su laptop.

“Transmitiendo en 5, estamos dentro de la terminal, hay muertos… muchos, incluir clausula de responsabilidad por lo fuerte de las imágenes o editen el video para cortar las imágenes, no hay forma de evitar filmar cadáveres aquí”

Por el rabillo del ojo, vio otro de los cuerpos temblar, se encontraba tirado como a veinte metros, al fondo los buses y la terminal ardían humeando sin detenerse, los chasquidos y explosiones más pequeñas continuaban implacablemente. El primer cuerpo que se había movido estaba ahora boca abajo, y acomodaba sus manos lentamente hacia sus costados, como intentando tomar fuerzas para levantarse.

–¡Rápidoooo que se van a levantar! –Le urgió Alicia, quien se había limpiado la cara nuevamente y estaba con el micrófono en mano lista para reportar.

–¿No deberíamos ver si están bien? –Preguntó Pedro

–¿Eres paramédico? ¿O camarógrafo?, escucha las sirenas, ya los vienen a ayudar, con tus conocimientos nulos en medicina, probablemente hagas más mal que bien, además terminando la transmisión nos vamos a acercar a preguntarles si están bien…

–Por Dios… –Musitó Pedro visiblemente molesto… levantó la cámara para filmar, en su Laptop ya se veía el mensaje de confirmación.

Estudios centrales confirma. No hay señal de celular para llamarles, las redes están saturadas, pero la data funciona, aprovechen antes de que también se caiga, apenas envíes tu señal te pasamos en vivo, fíjate si el ancho de banda te permite transmitir en HD.

–¿HD?, –Rezongó Pedro –Agradezcan si les llega el audio con esta mierda de conexión…

–Estamos en vivo Alicia…–Le indicó Pedro

–Cinco…cuatro… Tres

Los dedos de la mano izquierda del camarógrafo indicaron, uno a uno, los segundos faltantes para iniciar la transmisión.

Alicia se acomodó una vez más el cabello y, como la mejor de las actrices, cambió su expresión de ambiciosa satisfacción a una de consternación, a Pedro se le terminó de espantar el día al ver la facilidad que poseía su hermosa colega para fingir preocupación…

Pedro empezó la toma con un plano cerrado y cercano del busto y la cara de Alicia, desde la cintura hacia arriba, mientras ella describía rápidamente lo difícil que les había sido entrar a la terminal de buses. El camarógrafo esperaba que ella empezara a hablar de los cuerpos y buses quemándose detrás de ella para ampliar el zoom y dejar ver el dantesco panorama y tras su colega.

Cuando escuchó que su colega pronunció la frase “decenas de cuerpos quemados en el piso” amplió la toma hacia la derecha de Alicia, con la intención de dejar ver el grupo de “heridos” detrás de ella, la verdad no quería que se movieran, le pesaba la conciencia por no estar ayudándoles.

Cuando la toma se había ampliado lo suficiente para incluir a Alicia, los buses y los “cuerpos”, Pedro advirtió con horror que dos de ellos se habían puesto de pie. Uno de los heridos era una señora con vestiduras indígenas, vestía una túnica tradicional naranja de cuerpo completo, pero estaba muy sucia, negra y quemada en varios lugares, solo le quedaba la mitad de su largo cabello blanco, el otro lado de su cara estaba quemado y la mitad de su cuero cabelludo estaba abierto al rojo vivo y expuesto.

La anciana vio a Alicia desde la distancia y comenzó a caminar con dificultad hacia la joven mientras ésta reportaba sin saber lo que ocurría tras de sí, el otro un muchacho probablemente de unos dieciséis años, arrastraba una pierna con un tobillo roto, su pecho estaba desnudo, aunque conservaba la manga completa de una camisa en el brazo izquierdo y una corbata roja colgaba de su cuello sobre su pecho, al no tener camisa se podía ver claramente las horribles quemaduras que mostraba por todo su torso, trozos de piel delgada se mecían colgando de su pecho, su ropa estaba claramente tostada en varias partes, salía algo de humo, o polvo de su cuerpo mientras se movía.

Pedro observó por unos segundos sin dar crédito a sus ojos, recordaba haber visto gente salir en estado de shock de reportajes de accidentes e incendios, sin dar cuenta de sus propias quemaduras y heridas, pero algo le inquietaba en estos “sobrevivientes”, parecían ir directo donde Alicia a pesar de que todavía se encontraban a algunas una decenas de metros de distancia.

El camarógrafo le hizo señas a su colega indicándole hacia la espalda de la bella reportera, pero ella pareció malinterpretar sus señales y comenzó a hablar de los Buses que se estaban quemando, sin mirar hacia atrás.

Pedro le hizo nuevamente una mueca más clara con la mirada y las manos, esto hizo que Alicia titubeara, y se quedara callada, finalmente volteando sobre sus hombros.

Los sobrevivientes aún estaban a unos metros, la señora indígena iba mucho más adelante que el muchacho cojo. Alicia no pudo ocultar su sobresalto al ver a los dos personajes caminando hacia ella, y sin voltear a la cámara dijo nerviosamente al micrófono.

–Estudios… t…tenemos imágenes de algunos sobrevivientes acercándose a nosotros.

Alicia caminó rápidamente hacia la señora, micrófono en mano, Pedro no podía alejarse más de dos o tres metros de la laptop  porque los cables conectados a ella no se podían extender más.

Cuando Pedro llegó al límite de lo que se extendían los cables de la cámara, Alicia ya estaba junto a los sobrevivientes, no le quedó otra opción que hacer zoom sobre ella y esperar que el micrófono inalámbrico no saliera de alcance o Alicia se iba a  molestar muchísimo.

Pedro aguzó el oído para escucharla por el auricular de la cámara.

–Señora… mejor siéntese, tiene quemaduras, cuénteme… ¿Qué ocurrió?

Alicia pronunciaba estas palabras nerviosamente, al ver más de cerca las heridas de la mujer, parecía imposible que estuviera consiente, y mucho menos de pie, por un momento le pareció ver trozos faltantes de carne tras los hoyos en su túnica pero no quiso seguir mirando, extendió su brazo para colocar el micrófono frente a la boca de la señora. La expresión de la anciana era vacua y sus ojos apuntaban levemente hacia el piso, parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantenerse de pie.

Pedro ajustó lo mejor que pudo la toma, en ese momento, la anciana, agarraba temblorosamente el brazo de Alicia con el micrófono, como mucha gente hace al ser entrevistados, a Pedro le alivió ver que al menos estaba lúcida para querer prestar declaración y se le tranquilizó la conciencia por un instante…

La cara de la mujer se crispó en una mueca de rabia mostrando los dientes al brazo de Alicia. La reportera notó repentinamente que  el ojo derecho de la anciana estaba desgarrado y un poco aplastado hacia dentro, el otro ojo estaba blanco y estropeado al igual que todo su cuerpo de ese lado.

La mujer quemada tomó con fuerza el brazo con el que Alicia sostenía micrófono, mirándolo como si fuera el último alimento del planeta e hincando violentamente sus dientes en una amplia mordida en la delgada extremidad derecha de la joven.

Pedro vio arrodillarse de dolor a su compañera, la bella reportera cayó casi inmediatamente al suelo, la señora también la siguió al piso sin soltar la mordida, Alicia gritaba y empujaba la cara de la anciana tratando en vano que la soltara el brazo, dejó caer el micrófono, el aparato le envió un enorme golpe de sonido al camarógrafo al estrellarse en el piso.

Pedro se quitó rápidamente el audífono debido al dolor que le produjo el sonido del golpe en el tímpano, dejó la cámara en el suelo lo más rápido que pudo y corrió a toda velocidad hacia Alicia, sin saber qué es lo que realmente iba a hacer.

Le parecieron kilómetros y horas lo que le tomó llegar a donde su compañera, con estupor se dio cuenta que la reportera había enterrado su pulgar en el ojo derecho de la anciana pero ni siquiera así lograba que la soltara.

–¡Señora Suelte! –Le ordenó Pedro mientras intentó halar a la anciana por la espalda. La mujer no se movía a pesar de la enorme fuerza que el camarógrafo aplicó en su primer tirón.

–¡SUELTAME VIEJA DE MIERDA! –Rugió Alicia, enterrando más aún su pulgar en la cuenca ocular de la anciana, chorreaba una pasta negra gelatinosa que bajaba por la mano izquierda de la joven, nada parecía distraer a la mujer de su mordida.

Alicia sintió como uno de los huesos de su brazo crujió rompiéndose bajo los dientes de su atacante, la pobre muchacha gritó con toda la fuerza que sus agitados pulmones le permitieron, el dolor estuvo a punto de hacerla perder el conocimiento, pero el horror de la situación la mantuvo consiente.

Pedro, escuchó el brazo de Alicia crujir, se dio cuenta de que si seguía halando iba a arrancarle el pedazo de carne que estaba entre los dientes de la anciana, miró desesperadamente a sus alrededores y vio un pedazo de tubo retorcido, probablemente un pedazo que voló de la cerca de alambre de ciclón, corrió hacia él y lo levantó.

–Mierda es una Anciana, acaba de pasar por algo horrible, que voy a ¿hacer? ¿¿Golpearla?? –¡Voy a parar preso ALICIA!

–Gritaba mientras caminaba hacia las dos, con el tubo agarrado con ambas manos, como un bate de beisbol.

Su raciocinio lo atacaba a toda velocidad buscando una solución alterntiva, pero los gritos de Alicia lo traían de vuelta al caos de la situación.

––QUE ME SUELTE!!! PEDRO!!! QUE ME SUEL!!!––

Pedro aferró firmemente el pesado tubo, aún quedaban pedazos de cemento pegados a él, tomó todo el impulso que pudo y dio un enorme batazo en el costado derecho del cuerpo de la anciana, a la altura del hígado.

Pudo escuchar y sentir a través del tubo con horrible claridad, percibió en sus manos como se rompió todo lo que había en el camino de su improvisado bate, mientras penetraba lateralmente a través del cuerpo de la anciana, le horrorizó el no sentir resistencia alguna de sus débiles huesos.

La Anciana emitió un gruñido áspero, pero no soltó a Alicia, producto del golpe empezó a supurar un líquido negro y viscoso entre sus dientes y por la nariz, el fluido se resbalaba por el brazo derecho de la reportera.

La malograda joven sacó con asco el dedo del ojo de la señora y empezó a golpearla con su puño izquierdo, usaba toda su fuerza en cada golpe, una y otra vez aporreaba la cabeza de la anciana gritando enloquecida de dolor, la piel quemada y amarillenta en la cara de la mujer se desprendía con cada golpe, los nudillos de Alicia comenzaron a sangrar de inmediato, sin embargo no dejó de golpearla, el dolor de la mordida crecía a medida que la mujer apretaba mas y mas.

El corazón de Pedro llenaba su pecho con cada latido, las manos le temblaban crispadas en el tubo, podría jurar que los brazos y la cabeza de la señora no se habían movido, debilitado, o siquiera reaccionado a el golpe en sus costillas… y sin embargo, ahí estaba el hoyo hundido en su túnica…con la forma del tubo que acaba de reventarle las costillas y órganos internos…

–¡¡¡¡PEDROOOOOO—AAHHHGGGG!!!! –El camarógrafo vio la piel y tendones desprendiéndose del brazo de Alicia chorreando largos hilos de sangre.

Totalmente controlado por la adrenalina y en gran parte fuera de sí, tomó impulso para el “home run” que estaba a punto de anotar.

Pedro asestó un segundo golpe a la anciana, esta vez en la cabeza, frente al oído derecho, desde el cual la cabeza se rajó por completo de forma horizontal siguiendo la trayectoria del arma, gotas de un liquido negro y pastoso saltaron por el aire en lugar de sangre, la quijada inferior se soltó al perder contacto con la parte superior del cráneo, la boca de la anciana se había ampliado por su derecha hasta su nuca… abriéndose completamente mientras la piel del lado izquierdo de su cabeza la sostenía como una bisagra, su cuerpo cayó al suelo totalmente flácido, con la parte superior de su deformada cabeza, totalmente apoyada en su hombro izquierdo.

Alicia ahora liberada, se tomaba el brazo llorando y maldiciendo, la había mordido debajo de donde se había amarrado el pedazo de sweater, y éste estaba empapado de sangre.

La piel y carne que no alcanzó a arrancar la anciana estaba colgando, adherida solo por algunos tendones y grasa, Alicia sujetaba con fuerza la herida contorsionándose de dolor en el suelo.

Pedro veía todo sin poder escuchar ningún sonido más que el de su respiración.

Ninguno de los dos periodistas notó que una cuarta figura que cojeaba con el tobillo roto y el pecho desnudo se acercaba a unos metros a las espaldas de Pedro.

Cientos de cuerpos con distintos grados de quemaduras y múltiples mutilaciones, empezaban a arrastrarse y otros a ponerse de pie por toda la extinta terminal de Albrook, pero los periodistas no podían verlos.

 

Las sirenas de los bomberos y la Policía estaban ya en escena, pero habían entrado por la parte frontal de la terminal, para hacer una barrera y proteger el centro comercial contiguo, evitando a toda costa que el incendio se pudiera esparcir hacia ese concurrido lugar.

 

 

El gigante se despidió de Jorge. –Me llamo Alexander, espero que te mejores de esas heridas, tengo que irme.

–Alexander, de verdad, le agradezco lo que ha hecho por mí, de verdad, podría pedirle al Señor Carlos que pase por acá antes de irse, si es que ya no se ha ido? Quisiera agradecerle, no sé cómo pero al menos de palabra.

–Si lo veo a la salida del consultorio le digo. –Cuídate mucho Jorge. –El gigante estrechó tímidamente la mano del muchacho herido.

–Doctora. Me retiro. –Alexander estrecho muy delicadamente la mano de la doctora .

El gigante salió de la salita de atención, y se dirigió a la puerta de hierro. Jorge se quedó sentado pensando bajo sus vendajes,  los cuales lo hacían  ver mucho más grave de lo que estaba, pero no había otra forma de vendar esa tremenda laceración en su mejilla. Precauciones para evitar una infección más que nada, había dicho la Doctora.

Por alguna razón, que en ese momento Jorge no comprendía, se sintió sumamente solo al ver salir a Alexander por la cortina de la salita.

 

Jorge no lo había analizado todavía, pero Alexander y el “Abogado” eran las primeras personas que él pudiera recordar, en toda su vida, que hubieran tenido un trato desinteresado para con él.

–¡¡¡TRAEMOS UN HERIDO POR FAVOR ABRAN!!! –Pidió a gritos una voz femenina, desde afuera del consultorio, la Doctora, salió de inmediato hacia la recepción.

Tras escuchar la puerta sonar y abrirse, Jorge se bajó de inmediato de la camilla de atención, la verdad no quería seguir importunando, y estaba seguro que tendrían que atender a la persona que venía llegando herida.

El gigante Alexander entró con un hombre adulto en brazos como quien carga un niño de diez años, su fuerza era impresionante, el herido aparentaba unos treinta años, sangraba profusamente por una gran herida del lado derecho del cuello, gruesas gotas rojo obscuro hacían un camino en el piso desde la entrada, la piel de su cara estaba mortalmente pálida, utilizaban algo como un sweater para detener la hemorragia, en algún momento había sido verde, pero ahora era casi morado producto de la enorme cantidad de sangre que había absorbido.

Detrás de él, una mujer con el maquillaje corrido por el llanto intentaba a duras penas mantener controlada la hemorragia, presionando la improvisada venda en el cuello del herido.

–¡Por favor haga algo!, ha perdido demasiada sangre. –Gimió la mujer entre sollozos a la Doctora.

Alexander acomodó al herido en la camilla que había desocupado Jorge. –Ven –Le dijo.

–Démosles espacio, esto es algo serio.

Mientras Jorge y Alexander salían de la salita, la doctora le explicaba a la señora recién llegada que ella no era la doctora del consultorio y que el herido requería cirugía para detener la hemorragia, le aseguró que haría lo que pudiera para estabilizarlo.

Sólo podía atenderlo de forma preventiva, dado que ella no poseía un titulo de medicina, finalizó su explicación calmándola prometiéndole que su esposo debía estar “por llegar”.

La pobre mujer de cabello castaño estaba desconsolada y en estado de pánico, pero el hombre que parecía ser su pareja o algo parecido, la tomó de la mano cariñosamente, le pidió que se calmara, que todo estaría bien, sin embargo tras pronunciar aquellas palabras, su mirada se perdió en la nada y murmuró algo sobre un equipo de futbol, después de eso, no dijo mas, repentinamente se quedo mirando el techo y no volvió a emitir sonido alguno, solo se limitaba a respirar y parpadear.

La mujer perdió la calma por completo al ver a su marido entrar en ese estado catatónico, e imploro a la doctora que lo ayudara.

Afuera en la recepción del consultorio, Jorge se dio cuenta que todas las personas que estaban esperando se habían ido al llegar el herido, habían pasado casi tres horas desde que él entró, pero para él parecía que no hubiera pasado media hora como mucho.

Jorge, caminó hacia la puerta de hierro del consultorio, un poco mareado todavía por la pérdida de sangre, quería agradecerle al “abogado”, pero al asomarse entre los barrotes, se dio cuenta que ya no estaba.

–Que mal… se fue. –Le dijo Jorge al gigante.

–Quería agradecerle.

–El sabe que estas agradecido. –Respondió amablemente Alexander.

Jorge distinguió algo extraño a lo lejos, a unas dos o tres cuadras las personas pasaban por montones, pero todas las pequeñas y lejanas siluetas caminaban en una sola dirección, era lejos y aún así podía notar ver como todos, corriendo o caminando rápido, miraban hacia atrás intermitentemente, era evidente que huían de algo. Jorge se preguntó que podría ser, Albrook estaba muy lejos y en la dirección contraria, otro incendio es lo único que venía a su mente con el olor a humo que se había intensificado, debía ser algo enorme si desde esa distancia estaba contaminando el aire.

Súbitamente vio pasar entre medio de los autos detenidos, a ocho unidades de la Policía Nacional en motocicleta, iban a toda velocidad esquivando vehículos, en dirección al lejano cruce donde la gente corría.

Jorge recordó lo que había leído sobre los saqueos masivos en la capital del veinte de diciembre de 1989, cuando los “gringos” sacaron a Noriega del país, en aquella ocasión, la ciudad fue poseída por los espíritus demoniacos del saqueo y el robo, una parte importante de la población se dedicó al crimen y otra parte no menor se dedico a comprar las cosas robadas en la calle, todo esto mientras el barrio de El Chorrillo se incendiaba monstruosamente cobrando la vida de cientos de personas.

¿Íbamos a empezar tan rápido a saquear?

¿Bastaba nada más un incendio nuevamente? El joven albergaba esperanzas de que con esa cantidad de “Linces” en motocicleta fuera suficiente para poner a correr a quien fuera.

Los motorizados desaparecieron tras la esquina donde Jorge veía huir a la gente, giraron en dirección contraria, hacia lo que fuera el origen de aquél caos.

Cinco minutos después, mientras Jorge hablaba con Alexander sobre nuestra cultura saqueadora, la cual parecía no haber cambiado en tantos años, disparos a lo lejos parecieron darles la razón, eran muchos para contarlos, unos cuatro minutos después, fueron decayendo en intensidad y pronto, se detuvieron.

Ambos estaban en lo cierto, ocurrían saqueos por toda la ciudad, pero los disparos que escucharon, no tenían nada que ver aquellos actos de vandalismo.

La doctora salió de la salita con las manos ensangrentadas, ya eran casi las cuatro de la tarde.  Se escuchaban sonidos de sirenas, pero no era fácil ubicarlos, parecían venir de varios lugares al mismo tiempo, las hélices de varios helicópteros sonaban en el cielo, por fuera de la puerta de hierro se veía pasar nerviosamente a las personas, pero la verdad era poca gente para una tarde “normal” de consumo en la ciudad.

¿Cómo está el señor? –Preguntó Jorge.

–La verdad… –La doctora se acercó a ambos y bajó la voz ostensiblemente para que no le escucharan atrás en la “salita”.

–No entiendo que pasa, su herida dejó de sangrar un par de minutos después de que lo trajeron, pero no veo signos de coagulación.

Está consciente, con los ojos abiertos, tiene muchísima fiebre, pero no habla. No tiene sentido, no hay infección en la herida del cuello, y con casi cuarenta y cinco grados de fiebre debería estar convulsionando, pero nos sigue atenta y fijamente con la mirada… además, una mordida siempre se infecta, esta herida está limpia.

–¿Mordida? –Interrumpió Alexander. –¡¿LO MORDIERON?!

Shhh…. –Le regañó la doctora con el dedo índice frente a su boca en señal de “silencio”.

–Sí…eso dijo su señora, dice que al loco lo traían de Albrook Mall hacia el Hospital Santo Tomás en una camioneta y chocaron con ellos a unas cuadras de aquí, su esposo se bajó a ayudar y de pronto la persona, que estaba totalmente quemada, se bajó del vagón del vehículo, él preocupado por el choque fue a preguntarle cómo estaba y el tipo quemado le mordió en el cuello, le arrancó un pedazo, yo jamás había visto una mordida humana desde los casos de las * “Sales de Baño” en Estados Unidos es impresionante… arrancó mucho tejido, cortó tendones, creo que llego a las carótidas… la fuerza debió ser enorme.  –Jorge Iba a preguntar a que se refería con “Sales de Baño”, pero Alexander le ganó la palabra.

¿Y cómo llegaron aquí? –Interpeló el gigante.

Su esposo está armado, logró dispararle al loco, no le he preguntado cómo llegaron acá, pero parece que los ayudaron otras personas.

–Sí, un grupo como de seis personas me lo entregaron al llegar Doctora, dijeron que volverían con mas heridos lo más rápido que pudieran, uno de ellos también estaba mordido en el brazo pero no quiso quedarse, dijo que no era nada… pero eso fue hace…–Alexander miró el reloj en la pared  –¿Hora y media?

“Sales de Baño”. Droga a la que se le atañe múltiples ataques caníbales en USA. Entre otras substancias contiene mefedrona, una droga sintética de altísimo poder alucinógeno.

Los tres guardaron silencio, la sensación profunda de que algo estaba terriblemente mal en la ciudad se instaló en el pecho de cada uno, y nunca más se fue.

–Lo que me preocupa es que esa herida no sangra… intenté sacar de nuevo una muestra de sangre de su brazo hace unos minutos y no sale nada… pero si se hubiera desangrado por completo… no estaría consiente, simplemente estaría muerto –La doctora se encogió un poco para susurrar esta última palabra, como si estuviera evitando que un jardín infantil completo la oyera a sus espaldas.

–Pero ¿y toda esa sangre doctora? –Preguntó Jorge señalando sus manos. –Es tuya Jorge, este señor dejo de sangrar hace rato. –Le respondió la bella mujer.

El sincero desconcierto en la voz y mirada de la Doctora le pusieron los pelos de punta a Jorge, Alexander no sentía menos, le iba a preguntar si podía ayudarla en algo, pero, cuando abrió la boca, lo interrumpió un horrible grito de dolor y desesperación proveniente de la “salita”, era la esposa del hombre herido.

La doctora corrió hacia la pequeña sala de inmediato, pero se detuvo en seco, la esposa del herido salía de la salita de atención empujando la cortina de flores azules.

El colorido pedazo de tela fue apartado violentamente por los manotazos que dio la mujer con su mano derecha, sus ojos estaban estáticos y sumamente abiertos, una enorme cascada de sangre bajaba desde su quijada, por su pecho hasta el piso, se tapaba con la mano izquierda la boca y la nariz, la sangre y el color de la cara se le escapaban rápidamente entre los dedos hacia el piso.

–La doctora la tomó de inmediato ambas manos y le ordenó con calma pero firmemente –¡Suelte, déjeme ver!, ¡déjeme ver la herida!, –La mujer relajó sus brazos, y simultáneamente aflojó las piernas, sus ojos se doblaron hacia arriba quedando blancos, estrelló sus rodillas en el piso frente a la doctora que todavía le sostenía ambos brazos.

Toda la piel y músculos del labio superior y la nariz habían desaparecido, sus dientes incisivos superiores se veían claramente así como las dos fosas nasales, las cuales ahora estaban expuestas como las de un cráneo de laboratorio.

–¡Jesucristo Dios! –Gimió la Doctora

Jorge y Alexander, miraron un segundo el horrible espectáculo que ofrecía la cara de la pobre mujer, pero la atención de ambos cambió de objetivo inmediatamente, la sucia cortina que dividía la salita se movía nuevamente, un par de zapatos de vestir se apreciaban asomados bajo la tela y ésta, se abultaba tras la forma de alguien que estaba de pie, dentro de la pequeña sala de atención.

Sin dejar de mirar la cortina, Jorge tiró rápidamente por los hombros de la doctora hacia atrás, ella aún en shock no soltó a la mujer inconsciente, lo cual hizo que la pobre mujer herida callera de bruces en el piso, sus brazos habían quedado en una posición sumamente forzada colgando de la doctora, pero ésta, al notar la figura tras la cortina, abrió las manos de inmediato.

El cuerpo de la mujer sin rostro, terminó de caer al suelo, flácido y sin resistencia alguna haciendo un sonido hueco y resbaloso sobre el charco de sangre que ella misma había formado en los segundos que había estado de pie.

Habían pasado menos de dos minutos, Alexander, Jorge y la Doctora estaban agazapados de espaldas a la puerta de hierro, no se atrevían a abrirla, el botón estaba junto a la entrada de la salita, en el escritorio, junto al hombre tras la cortina.

El hombre del cuello mordido no se movía, solo se podía percibir su jadeo agitado y el movimiento de su cuerpo al respirar tras la tela, la cortina se movía levemente de arriba abajo.

La sangre que continuaba saliendo de la cara de la mujer, había avanzado por el piso hasta los pies de la doctora, arrodillada en el suelo, Jorge seguía detrás de ella, aún tomándola de los hombros.

–Voy –Dijo repentinamente Alexander.

–¿’Tas loco? ¡No! –Jorge le iba a convencer de que no se acercara al tipo tras la cortina, pero las palabras no le salieron, estaba a punto de orinarse en los pantalones de los nervios.

Alexander comenzó a caminar muy lentamente hacia la cortina, hacia el ser que jadeaba detrás.

El gigante, caminó la mitad de lo que ahora parecía un larguísimo trecho de cuatro metros de extensión, hasta la cortina, no había sonido alguno que importara, solo la respiración agitada, rítmica y entrecortada de quien estuviera ahí oculto tras la vieja tela de flores azules.

Alexander se detuvo a mitad de camino, el pánico había dado tregua a su lógica y se dio cuenta de la peligrosa estupidez que estaba a punto de cometer, Jorge lo miró desde sus espaldas, el gigante buscaba algo, miraba a ambos lados, y no daba un paso, de pronto se agachó, y tomó un florero blanco que estaba sobre una mesita a su lado, su enorme mano derecha pudo agarrarlo como a un balón de futbol americano.

Ahora, armado, el gigante siguió dando pasos lentos y largos, arrastrando el pie delantero, como si el piso fuera hielo delgado y quebradizo, cuando la distancia fue la suficiente, extendió su brazo izquierdo y su pierna izquierda, dejando todo su cuerpo lo más lejos que pudo de la cortina, apoyándose al máximo en pierna derecha, su brazo derecho se movía en la dirección contraria, preparándose para atacar con el florero usando el impulso máximo que pudiera tomar.

Pellizcó la cortina con sus dedos índice y pulgar, corriéndola muy lentamente, seguía deslizándola unos segundos después, y a pesar de que había descubierto todo menos el pecho y la cara del hombre, éste no se movía, solo respiraba, sus brazos estaban tiesos a cada lado de cuerpo, como un militar en posición de firmes, pero sus dedos estaban crispados, como agarrando una manzana invisible en el aire, se podía notar un ligero temblor de tensión en toda la musculatura de sus brazos y manos.

Alexander estaba a punto de descubrir el cuello y la cara del hombre, pero de pronto, la mujer sin nariz en el suelo emitió algunas palabras ininteligibles boca abajo en el piso, acto seguido empezó a convulsionar violentamente, los tres, sobresaltados bajaron la mirada al cuerpo que temblaba violentamente sobre su propio charco de sangre.

Bastó ese segundo, quizá impulsado por el sonido que salió de la garganta de la mujer o quizá porque Alexander soltó la cortina en medio del susto, pero antes de que el gigante pudiera volver a mirar, el hombre que él había cargado en brazos hace unas horas cruzaba furiosamente la cortina, ahora sus ojos estaban inyectados en sangre y una horrible mueca de rabia en su boca abierta.

Se abalanzó gritado sobre Alexander tomándole por el cuello y el hombro derecho, la estatura del enorme muchacho no importó, el gigante estaba tan mal parado producto del querer mantener la distancia de la cortina, que cayó de inmediato al suelo, quiso golpear al hombre en la cabeza con el jarrón antes de caer, pero su instinto de supervivencia lo traicionó, mientras caía, su brazo derecho se estiró hacia atrás para evitar golpearse la cabeza con el suelo, con lo cual el jarrón voló de sus manos y se hizo añicos en el piso.

La doctora comenzó a gritar histéricamente, se intentó poner de pie pero su zapato derecho resbaló de inmediato en el piso ensangrentado volviendo a caer sentada, Jorge no notó esto último, estaba paralizado de miedo, él no podía ver una película de terror sin que le dieran ganas de ir al baño y ahora estaba en medio de una de las peores escenas de horror y sangre que pudiera imaginar.

Alexander logró poner enormes manos en el cuello del hombre, el rabioso abría su boca gritando con intenciones de morderlo en la cara, en ese momento, la diferencia de tamaño y fuerza fue una ventaja para Alexander, su mano derecha casi se cerraba por completo sobre la garganta abierta del hombre, pudo ver muy de cerca la herida del cuello, demasiado cerca quizás, las venas asomaban pequeños puntos de una sustancia negra como aceite, era tal el contraste con el rojo y blanco de la carne que parecía pintura negra.

Hábilmente con su mano izquierda, agarró el brazo derecho del hombre, que estaba apoyado en el piso, logró moverlo quitándole el punto de apoyo y el balance, esto hizo que el loco rabioso callera hacia la izquierda, sobre su costado, mientras Alexander seguía apretándole el cuello con la otra mano, no habría sido tan difícil para alguien de su estatura y fuerza, pero el hombre hendía sus dedos en hombros y clavículas con una fuerza enorme, gritaba o más bien gruñía con la boca abierta, cada movimiento que hacía era explosivo, como un espasmo, no habían puntos medios, abría sus manos al máximo o las cerraba al máximo, los dedos apretando en su fosa clavicular debían producirle un enorme dolor al gigante, pero la adrenalina no lo dejaba sentir nada, si podía, Alexander le iba a arrancar la cabeza con sus manos.

Era obvio que aquél hombre le había desprendido a mordiscos la cara a su pareja y el gigante no dejaría que le pasara lo mismo a él.

No había pasado un minuto desde la convulsión de la mujer en el piso y ahora era Alexander el que se encontraba encima del rabioso, sujetándolo con todas sus fuerzas por la garganta hacia el piso, sudaba copiosamente y enormes venas se marcaban claramente en sus brazos y frente, él también parecía loco en ese momento, lo único que los diferenciaba en furia, eran los gritos ininteligibles del hombre en el suelo y los ojos rojos que miraban con rabia  hacia arriba, al gigante, intentando morderle en vano.

–¡AYÚDAME! ¡Se me está soltando! –Le gritó el gigante a Jorge, sin dejar de mirar al rabioso en el suelo, a todas luces, el Alexander estaba usando todas sus fuerzas y empezaba a cansarse.

Jorge, lo escuchó con claridad, es más, sabía que debía ayudar que ayudar, y también sabía de antemano que el gigante se lo iba a pedir, pero no se movió, no podía, intentó doblar sus piernas, pero ante sí había un cadáver sin cara, un enorme charco de sangre y dos tipos tratando de matarse, todo su cuerpo temblaba, un nudo le apretaba la garganta, como cuando aguantaba las ganas de llorar.

–Su arma… si pistola está junto a la camilla –Le informó nerviosamente la doctora.

Jorge recordó que el hombre había disparado a su atacante quemado, la doctora debió encontrar el arma entre sus ropas mientras lo atendía.

El muchacho dio tres zancadas largas y entró a la salita, buscó desesperadamente por todos lados, junto a la camilla ensangrentada vio una funda negra triangular, se asomaba la parte de atrás de una pistola, nueve milímetros.

Nerviosamente sacó el arma del estuche, era pesada, él no tenía idea de cómo usar una, solo lo que todos sabemos gracias a Hollywood, apunta lo mejor que puedas y hala el gatillo.

Salió de la salita, arma en mano, recordó que en las películas que había visto, siempre halaban la parte superior de las pistolas. Y él era novato pero no idiota, tomó con su mano izquierda la parte superior trasera del revólver, en la superficie de esta área móvil, había un área dentada para agarrar, vio que el carro superior del arma se movía, la haló hacia atrás con violencia, una bala saltó por la parte superior del revólver y cayó al suelo, era una  bala completa, no un casquillo.

Jorge se quedó mirando la bala en el suelo, ¿habría hecho algo mal?, obviamente acababa de desperdiciar una bala útil en el piso… se suponía que debía salir por delante del cañón… el pánico dio un poco de paso a ya familiar sensación de sentirse un completo idiota.

–¡Que haces parado ahí! ¡Dispárale! –Le gritó la doctora.

–J…Jorge… ¡No aguanto más! Haz algo! –Le rogó Alexander al mismo tiempo.

–¿Hacer algo? –Se preguntó Jorge de pronto, ¿Apuntar y dispararle? ¿Él? Probablemente, ya había matado a un pobre repartidor de Pizzas hoy, ¿Ahora iba a meterle un tiro a alguien? La pistola se volvió todavía más pesada en su mente y en sus manos.

Levantó el arma y apuntó al loco en el piso, a su pecho, comenzó a temer fallar y dispararle a su compañero en el costado, o en su brazo, Alexander lo miró, y vio el cañón tembloroso muy cerca de él, los temblores de la mano de Jorge lo desviaban centímetros en todas direcciones.

De pronto, al gigante la idea no le pareció tan buena.

–¡¡PERA, Pera!!! ¡Espera! No dispares aún, me vas a dar a mí. Lo voy a soltar y me levanto, métele un tiro antes que se pare. –Jorge escuchaba a Alexander hablar rápido y jadeando, le recordó al cansado abogado gordito.

No podía creer lo que le estaban pidiendo, un ataque de compasión, o quizá de cobardía se apoderó de él y le hizo suplicarle al loco rabioso en el piso:

–Señor ¡SEÑOR! por favor, quédese quieto, lo van a soltar, no se mueva  o… ¡o voy a tener que dispararle! …por favor… “pliss” no se mueva.

El “rabioso” lo miró por un instante con sus corneas rojas, la ira no amainaba en su expresión, volvió a concentrarse en Alexander y continuó gruñendo, rasgando el sweater del gigante con sus manos crispadas de rabia.

–¡Voy a soltarlo Jorge!, ¡No dejes que me muerda! ¡A las tres! Uno…dos

¡O POR DIOS! –Volvió a chillar la doctora.

–Mierda ¿ahora qué? –Pensó Jorge… ¿O lo había dicho en voz alta? La tensión ya no lo dejaba saber que había dentro y fuera de su cabeza.

Miró sobre su hombro izquierdo, la mujer sin rostro ahora gateaba, resbalando, chapoteando y reincorporándose sobre su propio charco de sangre, iba decidida y rápidamente hacia las piernas de la doctora.

Jorge no podía verle la cara, o lo que quedaba de ella, pero el horror en los ojos desorbitados de la doctora, le decían todo.

Sentada con sus rodillas apretadas en el pecho casi en posición fetal, la doctora ya no gritaba, solo miraba la horrible cara deforme.

La mujer gateaba mirándola fijamente con el pelo pegado a al rostro lleno de sangre coagulada del piso, los dientes superiores expuestos y las corneas rojizas, su boca bien abierta declaraba sin lugar a duda sus intenciones.

El gigante Alexander también escuchó el grito de la doctora, pero estaba concentrado en contar, no quería que Jorge le disparara a él por no alejarse a tiempo, así que continuó:

–¡TRES! –Soltó al hombre del suelo y se levantó bruscamente ganando distancia del rabioso.

Jorge no disparó, todavía miraba el trasero de la mujer sin nariz que gateaba, dejaba enormes trazos sobre la sangre donde resbalaban sus manos y rodillas. La doctora, se agarró con la mano derecha de una de las barras de metal de la puerta de salida e intentó levantarse, dándole la espalda a la mujer sin rostro, cuando casi había logrado ponerse de pie, el charco de sangre le volvió a jugar una mala pasada, sus dos pies resbalaron hacia atrás por completo, cayendo de pecho al suelo, se golpeó la cara fuertemente contra el piso y astilló sus dientes frontales, una de sus piernas se estiró hacia la mujer sin rostro que no dejaba de gatear, la pantorrilla de la doctora había quedado justo bajo la boca de su horrible atacante.

La mujer sin rostro no necesitó agarrar la pierna de la doctora, simplemente abrió la boca y propinó una profunda mordida en su musculo gemelo, la doctora soltó un enorme grito de dolor que llenó la sala.

Al escucharla gritar, todo tuvo sentido en la mente de Jorge, la mordida contagiaba la locura, los locos mordían, no había otra forma de verlo, era una enfermedad que se contagiaba por la saliva o fluidos.

Esta conclusión, trajo una extraña claridad a su mente, de inmediato y casi sin mirar, apuntó el arma al hombre en el suelo que ya casi lograba levantarse para atacar a Alexander, quien se había puesto de pie y gritaba a Jorge, apretó el gatillo y disparó, siguió halando el gatillo, disparó siete veces, de forma mecánica, quiso la suerte que el seguro del arma estuviera abierto, el dueño no lo volvió a colocar en posición segura después de ser atacado.

Alexander se llevó inconscientemente las manos a los oídos, el sonido era demasiado fuerte en una sala de ese tamaño, por cada disparo un casquillo volaba en dirección al gigante, golpeándolo, Jorge solo parpadeó la primera vez que el sonido y el fogaje lo deslumbraron, su mirada continuó fija e inmutable sobre su blanco, hasta que el carro superior del arma se abrió.

No quedaban más municiones en el cargador.

Jorge seguía halando el gatillo intermitentemente, sin dejar de mirar fijamente al hombre inerte en el suelo, todos los disparos que no fallaron, impactaron en el tórax, solo uno dio en la boca arrancándole la mitad derecha de la quijada, el cuerpo del rabioso cayó lentamente hacia el lado, con la lengua asomándosele por hoyo en su quijada, las heridas de bala y la del cuello, supuraban ahora un aceite espeso y negro.

El fluido era muy distinto a la sangre, este líquido casi no se derramaba de las heridas, solo se asomaba en una gran gota espesa.

Alexander pasó frente a Jorge, corriendo en dirección a la doctora, la mujer sin cara estaba en cuatro patas frente a la pierna de la mujer, y había arrancado grandes tarascones de carne de la parte trasera de su pantorrilla, la doctora le pateaba la cara en vano, sus tacones habían abierto amplios surcos en la cara de su atacante, pero esta no se detenía.

El gigante se puso sobre la mujer sin rostro, con sus piernas a cada lado, como si fuera a montarla a caballo, se agachó y haciéndole una llave de candado con su poderoso brazo en el cuello, empezó a tirar de ella hacia arriba y hacia atrás al mismo tiempo, sabía que debía evitar los dientes, ella no podría ofrecerle resistencia, la diferencia de volúmenes corporales era enorme. La mujer sin nariz le hundió las uñas en los brazos intentando subirlo para hacer espacio en su quijada y  morderle.

Cuando Alexander la logró separar de la doctora, vio las largas heridas de desgarro en su pierna de la pobre mujer, en ese momento, se arrepintió de no haber simplemente golpeado la nuca de la mujer sin rostro, ahora su brazo estaba peligrosamente cerca de su boca y no había forma de sacarlo sin que lo mordiera. El gigante entró en pánico y resbalando en la sangre del piso cayó hacia atrás, el miedo evitó que soltara la llave de candado en el cuello de la mujer, por lo cual el golpe que se propinó al caer fue contundente, sintió que se mareó estuvo a punto de perder la conciencia pero no aflojó el brazo.

El corpulento hombre de tez morena estaba agotado, jadeaba sonora y forzadamente mientras hilos de sudor bajaban por su cara y cuello, pero él no iba a dejar que lo mordiera, por un instante fue consciente de lo increíblemente caliente que se sentía la piel de la mujer, casi quemaba, y recordó que el hombre que lo atacó también estaba sumamente caliente.

Pero ya no quedaba tiempo para pensar, ella movía sus piernas frenéticamente pateando en todas direcciones, gritaba con la poca voz que podía sacar a través de su garganta aplastada por el brazo de Alex.

Acostado de espaldas, con ella sobre él, apretó y apretó el candado que formaba con su brazo sobre el cuello de la rabiosa mujer, la poca piel que había en su cara, sobre todo sus pómulos y frente, se pusieron de color rojizo primero, morado después.

Alexander continuó ejerciendo presión hasta que se escuchó un horrible chasquido en toda la sala.

El cuerpo de la mujer se relajó por completo, sus ojos rojos quedaron abiertos, fijos en el techo, su boca quedó abierta en una eterna expresión de odio.

Le había roto el cuello, el gigante había sentido entre sus brazos, cómo la cabeza de la mujer se alejó del cuerpo al que pertenecía varias pulgadas mientras se estiraba la piel del cuello. Las vertebras cervicales se habían dislocado y separado, cercenando completamente la médula espinal.

Ese chasquido lo acompañaría el resto de sus días, en sueños y despierto.

La soltó completamente exhausto y jadeando, el cuerpo de la mujer rodó sobre él completamente lacia quedando boca abajo a su lado.

 

 

 

Andrea, había salido del auto, como casi toda la gente que le rodeaba, se había puesto el “canguro” para que la bebé estuviera amarrada cómodamente frente a su pecho, le puso un gorrito rosado para taparla del sol y tomó a su hijo mayor en su brazo derecho.

Viendo que las demás personas hacían lo mismo, no le preocupó tanto dejar el auto cerrado en medio de la calle, ya no era una calle, era un inmenso e interminable estacionamiento.

Trataba de imaginarse qué clase de maroma haría la policía y los gritos típicos del oficial de tránsito panameño tratando de desatar los nudos cuando todo se normalizara.

Caminó hacia la acera, la bebé estaba dormida de calor y cansancio, tenía bastante rato de estar llorando en el auto.

–¿Y el auto mami? ¿Se va a quedar ahí solito? –Preguntó el pequeño Ricardo visiblemente preocupado.

–Si amor, papá lo va a venir a buscar más tarde, ¿Ves? Los demás autos también se quedan ahí acompañándolo. –Con su única mano libre, seguía presionando el botón “send” de su celular, intentaba obtener línea para llamar, todas las barritas de señal eran visible, pero la red estaba congestionada.

Recordó que para el año nuevo anterior los chats llegaban a su destino, pero con más de quince minutos de diferencia, aún cuando la red estaba congestionada.

Se detuvo junto a una farmacia e hizo el intento, quizá el chat llegaría a su esposo tarde… pero mejor que nunca.

Estoy con los niños en Vía España, cerca de la Catedral si recibes esto envíame un chat por favor urgente, tuve que dejar el auto en la calle, fíjate si puedes enviar a alguien a que me busque.

Presionó el botón “enviar” y se quedó mirando la pantalla, el indicador mostraba el mensaje “enviando”, unos segundos después el mensaje aparecía como “enviado”, pero Andrea sabía que iba a tener que esperar varios minutos con la esperanza que el estatus del mensaje cambiara a “entregado”…si es que tenía suerte.

–¡Mami mira!, una abuelita corriendo! –Su hijo reía, señalando la calle.

En efecto, no solo una anciana sino una gran cantidad de personas venían y pasaban junto a ellos corriendo y otros caminando de prisa, no venían juntos, por el contrario todos venían desperdigados, pero al moverse en la misma dirección en la calle, por entre los autos y la acera producían un efecto de marea que no podía dejar de notarse, era como si ninguna de las personas que huía quisiera quedarse detrás de la otra.

Entre ellos, un hombre pasado de peso con un desordenado y sudado saco y corbata, era quien más lento caminaba, y parecía que iba a detenerse a tomar aire junto a ella.

En efecto, el hombre se detuvo a su lado apoyando la mano en una pared, jadeando y sudando mares.

–Disculpe, ¿Por qué están corriendo todos? Veo el humo pero parece estar lejos. –Preguntó Andrea, no muy segura de si quería escuchar la respuesta.

Carlos no pudo responder de inmediato, su cuerpo le pedía que respirara urgentemente o se iba a apagar  ahí mismo.

<<Puta madre, tengo cara de samaritano hoy… coño.>> –Pensó mientras jadeaba y miraba las piernas de Andrea. Primero había sido la gente que lo llamó para cargar al atropellado cuando iba caminando a hacer sus mandados del día, y ahora esta mujer le estaba usando de centro de información.

Parecía que con haber inventado un par de hijos imaginarios en la escuela como excusa no iba a lograr que lo dejaran tranquilo ese día.

–Señora, no se quede ahí, llévese –tragó aire y saliva –…a sus niños de aquí rápido –Le ordenó en un tono un poco áspero, estaba sumamente transpirado, cochino con su camisa fuera del pantalón.

La verdad Carlos solo quería que lo dejaran tranquilo para tomar aire.

Andrea no se movió, miró hacia el fondo de la calle por sobre el rio de vehículos y figuras seguían llegando de tan lejos como ella podía ver.

–Señora…–Jadeó –Escúcheme –Ella dio un paso atrás alejando a sus hijos del hombre que ahora le parecía, mostraba una mirada poco “saludable”.

Carlos notó la repentina desconfianza en ella, lo cual le molestó aún más, realmente le sacaba de quicio que la gente se metiera en sus asuntos y no gustaba meterse en los asuntos de nadie.

Respiró profundo y le dijo.

–Mire, yo sé que no le inspiro confianza, coño yo tampoco me inspiraría confianza así de sucio como estoy. Se lo voy a decir lo más claro posible, ¿Ve toda esa gente alejándose?

La explosión en la terminal regó algo, no sé qué, pero está volviendo loca a las personas que inhalaron el polvo o el humo de las explosiones. Los que se infectan están… –Titubeó al darse cuenta que el niño lo miraba fijamente, ella entendió que el extraño, no quería terminar la frase frente al infante y esta simple consideración de parte del hombre hacia su hijo, la hizo comprender que fuera lo que le fuera a decir… era verdad.

– ¿Sabe inglés? Le preguntó Carlos.

–S…Sí. –Respondió angustiada Andrea.

–“They are killing everyone”, le susurró.

Carlos no había visto realmente a ningún “rabioso” de cerca todavía, pero sí había visto de lejos a varios locos corriendo detrás de personas y tirándolas al piso, no se quedó a mirar que les pasaba a las víctimas, hizo lo que la mayoría, caminar lo más rápido y disimulado posible en la dirección contraria, bajando por Vía España en dirección a la Iglesia del Carmen, escuchó a una “chinita” de un restorán en la calle comentar en su Español–Panameñizado–asiatico, que los locos enfermos estaban mordiendo a la gente.

 

Los ojos de Andrea se abrieron todo lo que podían, tapó instintivamente su boca con la mano que cargaba su celular. Ahora realmente notaba que había más y más gente pasando a su lado, pocos hablaban, y muchos menos se detenían a responder preguntas, pero las palabras “mordidas”, “enfermos” y “locos” resonaban por la calle, el miedo saturaba el aire por encima del olor del humo.

–¿Nos vamos mami? –Andrea miró por un momento los ojos verde claros de su hijo, se dio cuenta su vulnerable situación, si lo que el transpirado extraño decía era cierto. Ella no podía correr con el peso de ambos niños, ni siquiera caminar a la velocidad que la ancianita que acababa de pasarlos llevaba para huir, al menos no más de un par de cuadras sin quedar rendida.

Carlos era del tipo de personas capaz de vender a su madre por un ascenso en el trabajo, y hundir a quien fuera contado sus verdades o inventándole mentiras con tal de obtener alguna ventaja.

En esta sociedad en que vivimos igual que otros como él, le iba bien. Disfrutaba de un pequeño departamento en un buen barrio y no se quejaba de sus bienes, incluso estaba por comprar un auto del año, pero para su profunda molestia e incomodidad, algo, ese día, lo estaba obligando a ayudar a otras personas.

Aún así, si había algo que Carlos no soportaba era quedar mal frente a otros, por eso había ayudado al atropellado, sino le hubieran pedido ayuda directamente, él hubiera caminado sobre el muchacho de ser necesario.

Él ya se iba a retirar de la escena con la excusa inventada de sus hijos en la escuela, pero el gigante levantó al atropellado y lo forzó (en su mente) a tener que ayudar a cargarlo.

Había logrado zafarse de quedarse en la clínica acompañando al tipo y ahora, era centro de informaciones de la “hembra” y los “chiquillos” de alguien más, cuando lo único que le interesaba en ese momento era largarse lo más lejos de esos locos calle arriba.

–Que perro día… –Se lamentó.

Ricardo se encontraba haciendo fila en el banco, hace ya casi hora y media, sin saberlo, se encontraba a poco más de un kilómetro de su esposa cerca de Vía España.

Se había devuelto al centro desde su oficina en el área de Clayton. La fila era enorme, una masa larga de gente molesta y apurada, la línea de personas se contorsionaba sobre si misma varias veces, delimitada por bandas elásticas sostenidas por elegantes y pesadas bases metálicas, sólo había una caja abierta para cerca de cincuenta personas y cada trámite estaba tomando una obscena cantidad de tiempo.

Faltaban todavía a unas doce personas para que lo atendieran, realmente se le había traspapelado el tiempo pero ya no le quedaban más opciones, el debía haber estado en la oficina ya hace rato, pero una pelea mañanera con su esposa, producto de unas dudosas llamadas que llegaron a su celular a altas horas de la noche, le habían quitado las ganas de trabajar, así que después de aplastarle la autoestima telefónicamente a uno de los pasantes de la oficina que tuvo la mala suerte de llegar tarde, se fue a visitar a la autora de las llamadas.

Después de abrir la oficina, había vuelto al centro y hecho una “escala técnica” en el departamento de una de sus “amigas”, pero después del “happy hour”, se dio cuenta que no cargaba efectivo consigo, cuando bajó a un cajero dentro de una farmacia cercana obtuvo el mensaje “Lo sentimos pero este cajero no puede dispensar efectivo en este momento”, así que bajó caminando un par de cuadras al banco, para retirar dinero y pagarle los servicios a Yorlenis.

Al menos así decía ella que se llamaba, aunque él sabía que probablemente ese era solo su nombre artístico, su amiga era una “prepago” que hace un año lo atendía sin problemas y hasta le daba crédito en estos casos, ella sabía que el “man” era de confianza.

Su bolsillo vibró nuevamente, pero en el banco no podía usar el celular, de todas formas él ya lo había silenciado para que no le interrumpieran los ejercicios horizontales mañaneros con su amiga, no tomó cuidado, además, los guardias del Banco eran sumamente odiosos con el tema de los celulares, no se podía contestar ni chatear, diablos no podías ni leer las noticias en tu Smartphone porque te armaban un mini espectáculo, ya le había pasado, más tarde contestaría.

Se sintieron un par de pequeños movimientos en el piso, y el comentario en la fila y los pequeños escritorios aledaños eran sobre esos temblores, la espera era agobiante, pero no iba a arriesgarse a caer en lista negra por no pagarle el “servicio” a su amiga esa misma mañana.

En ese momento Ricardo pertenecía al gran porcentaje de panameños, encerrados en alguna oficina u ocupados en alguna labor diaria, que no tenía idea de que la terminal de buses de Albrook había estallado por los cielos.

Aislado como estaba, no tenía forma de saber lo que había pasado hace ya unos cuarenta minutos, mucha gente ensimismada en sus oficinas y en su día a día, sobre todo los que iniciaban su jornada a las 5 am viajando desde chorrera, no habían alcanzado a ver ni siquiera los tranques.

Miró su reloj y se dio cuenta que ya había pasado demasiado tiempo desde que había bajado del departamento de Yorlenis, se le ocurrió enviar un chat furtivo sin que lo vieran, para que ella no fuera a  pensar que se había ido para la oficina sin pagar, después de todo… ella tendría otros clientes que atender.

Haciéndose el tonto lo mejor que pudo, abrió su celular, la pantalla indicaba cuarenta y dos llamadas perdidas.

Era mañana de lunes y habiendo estado desconectado casi tres horas no era tan extraña esa cantidad de llamadas perdidas, pero sí le llamó la atención fue un icono en la parte superior de su pantalla que le indicaba un mensaje de chat pendiente.

Nunca revisaba sus mensajes SMS siempre estaba lleno de propagandas de servicios de chistes, horóscopos y demás estupideces, pero como iba a escribir un mensaje, el celular lo envió automáticamente al primer chat no leído. Vio el nombre de su señora esposa, y en las primeras palabras del mensaje se podían leer.

Estoy con los niños en Vía España…

Se acomodó nerviosamente los lentes con el dedo índice y tocó la pantalla del Smartphone para abrir el mensaje, ella jamás le enviaba chats, a pesar de que chateaba constantemente con su madre y su hermano fuera del País. En realidad el estomago le apretó un poco, porque que andaba en malos pasos y ahora sabía que su mujer andaba sumamente cerca en Vía España ¿Por qué estaba en el centro a esta hora? ¿Quizá se había enterado? ¿O lo estaría siguiendo?

Terminó de leer el mensaje, vio la hora de envío, había pasado cerca de media hora desde que Andrea lo envió, contó cuantas personas faltaban para que lo atendieran, eran unas ocho mas solamente, decidió mejor terminar su “tramite”, ella estaba cerca y quizá ya a estas alturas había resuelto el tema. Además, le preocupaba que todo esto fuera una artimaña para formarle una escena en mitad de la calle, después de todo ella estaba sospechando desde anoche.

Quizá lo sabía todo y quería gritárselo en la calle.

<<Nadie se va a morir por diez minutos más… además le sirve para no andar jodiendo tanto y darse cuenta de que su marido no sólo le provee plata.>>

Esos eran los pensamientos generosos de Ricardo para con su mujer y sus hijos aquel día que la ciudad estaba condenada, acto seguido, comenzó a escribir el mensaje para su “amiga” Yorlenis.

El tipo era un ser humano maravilloso.

–CABALLERO. Favor si apaga el celular, se lo agradecería.

Ricardo no necesitó mirar, él sabía quién era, la autoritaria voz del guardia de seguridad del banco, que disfrutaba su show del día humillándolo desde el detector de metales junto a la puerta, podía sentir las sonrisas y miradas socarronas taladrándole la espalda, todos aquellos en la fila que tampoco podían sacar su celular, ahora disfrutaban viéndolo pasar su vergüenza por “vivo”.

–Ok…ok, enseguida. –Guardó el celular rojo de rabia y vergüenza, más molesto aún con su esposa.

Si eso era posible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pedro, detrás… mira detrás de ti –Le advirtió entre quejidos Alicia.

Al voltearse, el camarógrafo descubrió que el muchacho de pecho desnudo y corbata roja estaba a unos pasos de él, parecía estar mirando a la anciana, ¿O quizá miraba a la reportera en el suelo?, sus ojos no permitían distinguir hacia donde depositaba su atención. Eran lechosos, grisáceos… sin vida, a Pedro le recordó los ojos de los pescados tendidos sobre hielo molido en los supermercados, pero incluso los ojos de esos animales sin vida, tenían más substancia que la mirada de aquel muchacho.

Pedro todavía podía sentir en sus manos, la sensación de las costillas de la anciana crujiendo, sus dedos aún se aferraban con fuerza al tubo.

Ante el silencio del muchacho de pecho desnudo, se sintió juzgado y sentenciado por su horrible crimen, una lágrima bajó por su mejilla.

–P… Perdón… ¿la conoce? ¿Es su abuela? ¡Atacó a mi colega! –El camarógrafo apuntaba frenéticamente a su compañera en el piso, mientras su labio inferior temblaba y la voz se le quebraba en llanto, –¡No supe que mas hacer, perdón… perdón, perdón!

Su mente lo traicionaba entregándole instantáneamente imágenes de miles de formas de haber resuelto esta situación sin partirle la cabeza a la señora, la culpa lo aplastaba al punto de olvidar incluso lo violento del ataque de la anciana sobre su colega… ¿qué se le había metido? Darle un batazo de esa forma ¿con…un tubo? ¿Qué clase de ser humano le bateaba la cabeza a una ancianita?

Presa del pánico, soltó el tubo y cayó arrodillado al suelo, observó sus manos hinchadas y temblorosas, las miraba como si no fueran suyas, sus ojos estaban rojos en llanto y jadeaba al borde de un total colapso nervioso.

–Dios, Dios ¡que hice! ¡¿QUE HICE?!

Con la mirada en el piso, tras lo poco que le dejaban ver las lágrimas, Pedro observó el pie derecho del muchacho, había caminado hasta pararse frente a él, a unos centímetros frente a sus rodillas.

El pie del joven estaba totalmente torcido, desencajado de lado junto a los huesos expuestos de la pierna, como si fuera un zapato mal puesto, los dos huesos sangrantes de su pierna sobresalían unas pulgadas, apoyándose en el piso, ensangrentados y sucios, con pedazos de cemento y tierra adheridos al extremo trisado que tocaba el piso.

Era una macabra parodia de la pata de palo de un pirata, con un pie colgando al lado de los huesos, halado por algunos tendones y piel.

Alicia no podía ver estos detalles desde donde estaba, pero escuchaba a Pedro perder el control consumido en la desesperación que le producía la culpa, intentó hablarle para reconfortarlo, pero el brazo le dolía demasiado, la herida le latía, empezaba a sentir mareos, probablemente por la pérdida de sangre…

–El muchacho levantó ambos brazos hacia Pedro, abrió la boca mostrando los dientes, emitió un gemido profundo y seco, parecía el sonido de un bostezo forzado a través de una garganta irritada.

–¡PEDRO CUIDADO!

El grito desesperado de Alicia hizo que Pedro levantara la mirada, pero ya era demasiado tarde, solo alcanzó a cubrirse la cara con sus brazos, estaba arrodillado y el muchacho iba a morderlo igual que la anciana a su colega hace unos minutos.

Sintió las frías manos del joven tomarlo bruscamente del brazo izquierdo, sintió gotas de helada saliva salpicarle la cara y el brazo mientras lo levantaba en peso con una fuerza enorme hacia su boca, Pedro prácticamente colgaba del muchacho, bajó su mano derecha intentando tantear el piso en busca del tubo, no se atrevía a quitar la mirada de los ojos muertos del joven… con horror comprobó que no alcanzaba el piso con sus dedos, el tubo estaba a unas pulgadas, pero podría haber estado en la luna, daba lo mismo, no lo podía alcanzar.

El camarógrafo apretó los dientes, cerró los ojos y encogió los hombros, esperando la inminente mordida.

De improviso el ojo derecho del muchacho y toda el área del cráneo sobre él, estallaron dejando una zanja redonda del tamaño de una pelota de Softball. La cara, el cuello y el pecho de Pedro fueron salpicados por una materia negruzca, la misma que había salido de la cabeza de la anciana hace unos minutos.

El joven soltó al camarógrafo, el cual cayó sobre sus rodillas nuevamente, sus piernas se doblaron cayendo frente a Pedro, cara a cara, todo el contenido del cráneo del muchacho se estaba derramando por el enorme hoyo que había entre su pómulo izquierdo y su frente, su ojo izquierdo comenzó a hundirse hacia adentro mientras se vaciaba el contenido de su bóveda craneal, todo esto ocurría a centímetros de la cara del horrorizado camarógrafo, el cadáver se inclinó acostándose hacia atrás con las piernas dobladas.

Pedro solo miraba el cadáver sin entender qué acababa de ocurrir.

Se escuchó otro disparo en la distancia, Pedro escudriñó el espeso humo con la mirada, cerca de los buses, logró divisar la figura de un hombre con una pistola en mano, apuntaba a un cuerpo a unos seis metros en dirección al andén de espera.

El camarógrafo divisó la silueta obscura de algo que parecía ser una mujer en medio del humo, la cual cayó abatida por el disparo.

El hombre lo miró desde la distancia, había acertado en la cabeza del muchacho a más de quince metros, y el segundo disparo no había sido menos formidable, debía ser un profesional.

–¿Lo alcanzó a morder? –Le gritó a Pedro mientras se acercaba caminando con la pistola preparada, no dejaba de mirar en todas direcciones a cada segundo como si esperara una enorme cantidad de policías que vinieran a buscarle, su ropa estaba negra de hollín, vestía una camisa que alguna vez fue azul y unos jeans, la piel del brazo izquierdo estaba quemada, rojiza y con ampollas, pedazos de delgada piel quemada le colgaban de su extremidad y su pie derecho estaba descalzo, su frente mostraba un golpe y una profunda cortada.

–El hombre se detuvo a unos tres metros, apuntó a Pedro con la pistola y volvió a repetir firme y pausadamente

–¿L o    m o r d i ó?

Pedro podía articular palabras. Solo negó con la cabeza.

Menos mal –Gritó el pistolero por sobre el sonido de los objetos y cuerpos quemándose, mientras caminaba hacia ellos –Dejó de apuntar al camarógrafo –Escúcheme, no deje por ningún motivo que lo muerdan porque…

Hizo silencio al instante, tras ver a Alicia agarrándose el brazo ensangrentado.

–Oh maldición ¿La mordió? –El tono de la pregunta del pistolero denotaba decepción más que preocupación, pero ellos no lo notaron.

–Sí, la vieja de mierda ésta –Sollozó Alicia, agarrándose el brazo y dando una fuerte patada de rabia al cuerpo de la anciana.

–¿Q…Que está pasando con ellos? ¿Esa…también era peligrosa? –Preguntó Pedro señalando al cuerpo que había caído abatido a la distancia.

–Hermano…TODOS son peligrosos. –Hizo un ademán con el arma, la cual señalaba hacia toda la extensión de humo en la terminal, su tono daba entender que la pregunta que Pedro acababa de hacer era increíblemente estúpida para él, Pedro empezó a temer que quizá no era policías lo que el hombre temía que vinieran por él en cualquier momento.

Volvió a mirar a Alicia, torció su boca y movió su cabeza en una expresión mezcla de decepción y desaprobación. Pasó caminando  junto a ella. –Lo siento, solo me quedan cinco balas –Pedro no entendió el porqué de esa frase hasta más tarde.

Cuando ya les daba las espaldas, caminando hacia el corredor norte le aconsejó… –Llévala a un hospital rápido, pero ten cuidado…si se desmaya, déjala.

Cruzando el área de pasto junto a la autopista, se internó en el rio de autos.

Pedro no analizó ni buscó sentido en ninguna de las palabras del pistolero, apenas recuperaba un poco de su cordura tras la conversación con el pistolero. Ahora tenía la certeza y el entendimiento de que no era el único que se estaba actuando en defensa propia.

La renovada tranquilidad de conciencia le permitió escuchar que, del otro lado de la terminal, en el centro comercial, se escuchaban disparos y gritos, eran tantas personas al mismo tiempo, que le recordó sus visitas a las áreas de juegos mecánicos de las ferias tradicionales del país, donde masas de personas gritaban a lo lejos al mismo tiempo ante el vaivén y vértigo de sus entretenciones mecánicas favoritas.

El camarógrafo sabía que esos no eran gritos de euforia y disfrute, se persignó, no iba a misa hace doce años, desde que murió su hermana…pero en ese momento, su mano derecha actuó sola.

 

 

 

 

 

Andrea caminaba detrás de Carlos, su hijo mayor caminaba también, pero lloraba cansado agarrado de la mano de su madre, la joven mujer no podía seguir cargándolo, la bebé se había dormido producto del calor, colgando del “canguro” en su pecho, caminaban calle abajo por Vía España todavía.

Habían llegado al sector del Edificio del Banco Nacional de Panamá cuando escucharon los primeros gritos a lo lejos, a sus espaldas, debían estar ocurriendo cerca de la Iglesia del Carmen, a menos de trescientos metros.

A Carlos se le heló la sangre, estaba seguro de que, tras la larga caminata, habrían dejado el “sector” con problemas muy atrás, pero ahora estaba comprobaba que el “problema” se estaba extendiendo como una marea rio abajo por la Avenida, estaba sumamente cerca.

Le hubiera gustado culpar a la mujer y a los niños de retrasarlo, pero realmente, ahora era él quien no podía caminar más rápido, le dolía el costado derecho y la parte interna de la rodilla izquierda le punzaba, sentía la lengua pegajosa al paladar y definitivamente no le quedaba más aire.

Se detuvo un momento y se sentó apoyando su gran trasero en el marco del vidrio de la vitrina de un almacén. Era muy machista para admirar la fuerza y aguante de esa madre con los dos niños a su cargo.

Lo cierto era que esta mujer a pesar de estar cansada no se había quejado después de comenzar a caminar tras él.

–Deje… Déjeme pensar un poquito, –Le dijo mientras jadeaba como perro en celo –Definitivamente el tranque es general, todo está detenido en todas direcciones, y no creo que bajar hacia la costa sea la mejor idea para que tome un taxi, esa área debe estar igual o peor.

–Una nueva ola de gritos y chillidos los alcanzó desde calle arriba, algo grave estaba ocurriendo, Andrea miró con inquietud entre la gente que corría y pudo distinguir unas seis figuras que iban mucho más rápido que los demás, persiguiéndoles, al inicio no estaba segura de lo que estaba viendo, eran solo siluetas a la distancia, pero, una de las personas que corría, se detuvo junto a un auto parado por el tranque.

Sin titubear el rabioso sacó violentamente por la ventana a una niña que no debió tener más de doce años, de un solo tirón, halándola por su rubio cabello. Andrea no pudo ver más, las dos figuras desaparecieron bajo el mar de autos, pero la violencia con que ocurrió el hecho la hizo apretar fuertemente el canguro donde estaba su bebe y la mano de su hijo.

–Vienen –Dijo Andrea a Carlos sin quitar la mirada de la calle, él no se había percatado de nada por estar con la cabeza metida entre las piernas tomando aire, tratando de controlar las ganas de vomitar.

Sin importar lo cansada que estaba, tomó a su hijo con el brazo derecho nuevamente para cargarlo.  La horrible imagen del cuerpo de la niña, volando violentamente fuera del auto en manos de ese “ser” a lo lejos, estaba fija en su retina.

Sintió un enorme vacío en la boca del estómago y su corazón latía con mucha fuerza, no era producto de la agitación, era pánico lo que lo hacía retumbar en su pecho, sus instintos de proteger a sus críos estaban activos al máximo, en ese momento solo pensaba en cómo escudar a los niños, mataría a quien fuera que los intentara atacar.

Esa frágil mujer que jamás había propinado una cachetada a alguien, estaba completamente segura que mataría a quien se acercara a sus bebes.

 

Miraba en todas direcciones mientras caminaba en busca de algo con que defenderse, pero no encontró nada que realmente fuera práctico cargar, mientras corría con los niños.

Al final desechó la idea de un arma a cambio de movilidad para alejarse, metió su mano libre a la cartera, sacó su llavero y se pasó la larga llave del auto entre el dedo índices y medio, el dorado pedazo de metal sobresalía de su puño cerrado como una manopla punzante, eso debía servir… por ahora.

Carlos se levantó y alcanzó a ver la calle, a lo lejos, algunos “locos” empezaban correr entre los pasillos que formaban los autos, se detenían repentinamente parecían desconcertados, miraban a todas direcciones como buscando algo que había desaparecido súbitamente, y volvían a correr en otra dirección unos cuantos metros, la gente a los lados de la acera los miraba como viendo un extraño show callejero, era extraño pero nadie parecía querer reconocer que había que huir de ahí, aún así, prácticamente todos, empezaban a dar pasos hacia atrás.

Cuando Carlos reparó en Andrea, ella ya estaba varios metros calle abajo alejándose a paso rápido hacia el sector de Plaza Concordia.

Ahora él la seguía.

Unos metros más adelante, pasó corriendo junto a Carlos una figura que, tras golpearlo en el hombro violentamente, embistió a una señora que vendía naranjas, junto a un puesto ambulante, era una señora de piel oscura con muchas pulseras de fantasía en las muñecas, vestía una enorme blusa amarilla estampada con flores.

Carlos simplemente no vio venir al “loco” su velocidad era impresionante, ella cayó al suelo golpeándose la nuca en la acera, agarraba los hombros de su atacante débilmente, aturdida por el golpe, atrás en la calle, se escucharon varios disparos, a una media cuadra de donde él estaba, pero Carlos no podía hacer más que mirar a este hombre delgado de pantalones cortos y franela, arrodillado sobre el pecho de la pobre mujer morena, le mordía el cuello aplastándole la laringe, la mujer aterrorizada miraba a Carlos fijamente, sus ojos imploraban ayuda, abrió la boca pero todo lo que salió de ella fue sangre proveniente de su garganta desgarrada, sus ojos se pusieron blancos mirando hacia arriba, mientras un crujido en su cuello la hacía perder el conocimiento.

Sus brazos cayeron lentamente al suelo desde la espalda y cabeza de su atacante, haciendo sonar las pulseras que se puso esa mañana para salir a ganarse su pan diario.

Carlos miraba como habían dejado de temblar los dedos de la mano de la pobre mujer, entonces, la adrenalina golpeó su corazón y todos sus sistemas fisiológicos, comenzó a caminar, cada vez más rápido, alejándose del loco que aún estaba entretenido arrancando pedazos del cuello de la infortunada dama, notó que ahora había muchos más rabiosos correteando a otras personas, los gritos venían de todas direcciones y nadie parecía saber en qué dirección correr, algunos miraban desde las puertas de los almacenes, con sus enormes bolsas en las manos llenas de artículos recién comprados.

Miró al otro lado de la calle y vio como un señor de edad avanzada era atacado por una mujer que saltó sobre él, ambos desaparecieron de la vista de Carlos, al caer por la escalera de la bajada un centro comercial.

En medio de la calle entre los autos detenidos vio a un muchacho moreno, con lentes obscuros que se escudaba y golpeaba como podía a dos rabiosos, su arma era el enorme cartón cuadrado que utilizaba como vitrina ambulante para colgar los cargadores y fundas para celulares que vendía, parecía saber boxear muy bien, logró golpear muchas veces a uno de los locos, pero en menos de un minuto caía presa de cinco atacantes que lo embistieron simultáneamente, sus gritos de dolor se mezclaron con los de pánico de la multitud y el caos.

Mirando hacia atrás intermitentemente y caminando rápidamente (no podía correr ya), pasó sin darse cuenta al lado de Andrea, ella no había visto los ataques con detalle todavía, pero escuchaba los gritos y disparos a pocos metros a sus espaldas, caminaba muy rápido, con la mirada fija, haciendo su máximo esfuerzo por resistir el peso sus hijos y su cansancio acumulado. Al ver a Carlos pasar corriendo junto a ella le gritó entre jadeos.

–¡Ayúdeme con el niño por favor! –Tenemos que ir más rápido.

Carlos bajó la velocidad de su andar, miraba a la mujer con los niños, tras él, pero no se detuvo, mientras observaba los ojos de su “compañera”, podía ver tras ella como el caos se esparcía entre los cientos de personas que se amontonaban ahora en las aceras.

Él NO iba a estar cargando chiquillos ajenos, en su mente podrida, se decía a sí mismo que ya era demasiado estar cuidando una nalga que no le pertenecía y mucho se iba a poner a cargar productos de polvos ajenos, ahora que todo se estaba yendo al mismísimo infierno.

<<Que los cargue su papa “tetuda”>> Fue el samaritano sentimiento que expresó en su mente Carlos.

El rechoncho hombre, miró en la dirección que iba a seguir por la acera, hacia el supermercado, pero notó algo que, de no haberse detenido, habría pasado desapercibido para él. La escalera del paso elevado frente a Plaza Concordia, un puente peatonal a varios metros sobre Vía España.

Arriba, varias personas miraban hacia la calle, señalaban con sus manos en distintas direcciones, no pocos tomaban videos y fotos con sus celulares, otros simplemente miraban con los ojos bien abiertos y las manos en la boca las horrendas escenas de violencia que ocurrían varios metros bajo ellos.

–Sígame si quiere –Le gritó Carlos. –Trató de usar un tono más amable, solo por vergüenza, pero la verdad lo que le salió fue un tono amargo y molesto, ya no le importaba de todas formas, empezó a subir las escaleras del paso elevado. Andrea lo siguió a la velocidad que su adolorida espalda le permitía.

Las entradas al puente peatonal elevado estaban compuestas por tres escaleras que subían en espiral alrededor de una pared central, el paso cruzaba Vía España y bajaba del otro lado de la calle de cuatro vías, pero también se conectaba, en su segundo piso, con el centro comercial que estaba del otro lado de la calle.

Carlos se encontró mientras subía a varias personas simplemente paradas mirando lo que estaba ocurriendo, como en los desfiles de Fiestas patrias, era como si sus cerebros no pudieran procesar la abrupta situación y sus mentes estuvieran atoradas entre decidir bajar y huir a sus casas o subir la escalera nuevamente y mantenerse lejos de la calle.

Carlos era un autentico creyente en ese momento de la igualdad entre seres humanos. El maravilloso hombre subía dando codazos y empellones sin discriminar raza, edad, sexo ni religión.

Andrea ya había entendido que este hombre no era un bastión de confianza, no se había ofrecido a cargar a su hijo, pero por el momento ella no tenía otra opción, y subir el paso elevado parecía buena idea, cualquier cosa por alejarse del lugar.

Le dolía ferozmente el lado derecho de sus costillas atrás en la espalda, sobre el riñón, pero no iba a bajar al niño en ese tumulto de gente.

La escalera daba vueltas sobre sí misma tres veces antes de llegar a lo alto del paso elevado, al girar en el primer codo de la escalera pudieron ver nuevamente en la dirección de la que venían los locos, no era fácil ubicar los disparos, ahora estaban ocurriendo muy cerca pero no parecían venir de una sola fuente.

Varios guardias de seguridad privada de los almacenes comerciales estaban saliendo de los mismos al escuchar los gritos, otros eran llamados a través de la radio, por compañeros de sus mismas compañías en locales comerciales vecinos, se escuchaba el estruendo de varias cortinas metálicas al cerrarse y muchas personas entraban a los locales para no quedarse en la calle.

Carlos notó como la situación ya era de conocimiento de los guardias privados, los pocos que vio salir, caminaban lentamente, con su revólver agarrado en la funda junto a su cintura y su mano izquierda tomando la radio en el bolsillo sobre su pecho, parecían estar escuchando hace unos minutos lo que estaba ocurriendo cuadras más arriba y quizá en otras partes de la ciudad capital de parte de sus colegas.

Carlos iba a empezar a subir la segunda escalera cuando reconoció un inconfundible llamado oficial.

–CIUDADANA DETENGASE –¡ACUÉSTESE EN EL SUELO AHORA!

–¡ LAS MANOS EN LA NUCA!

–Carlos volteó ciento ochenta grados, ahora calle abajo, hacia el enorme Supermercado rojo y amarillo más adelante en la acera. Dos Policías apuntaban a una mujer, que mordía el brazo de una señora, la pobre victima pataleaba y gritaba en el suelo, las dos yacían junto a varias mesas de venta de billetes de lotería, una joven delgada, de pie junto a ellas, golpeaba a la atacante con su cartera, sin lograr efecto alguno.

La atacante estaba vestida formal con una falda corta sobre los muslos y su largo cabello negro desordenado caía sobre sus hombros cubriendo su cara, la pobre vendedora de billetes de lotería gritaba ya casi afónica y halaba el cabello de su atacante, ninguna de las tres pareció escuchar los llamados de los oficiales.

Con sus armas desenfundadas y en posición de tiro, esa mujer vestida formalmente era el primer “rabioso” que se encontraban en su camino a responder alguna de las múltiples emergencias que estaban ocurriendo calle arriba.

Las pocas balas que llevaban no iban a alcanzar para la autentica masa de rabiosos que ahora corrían a unos metros más arriba por la calle.

Carlos no se quedó a mirar, era demasiado inteligente para saber que la situación estaba escalando a exponencialmente cada minuto, debía salir de ahí lo antes posible, recordó que antes de rebasar a Andrea él mismo iba corriendo en dirección a ese supermercado y podría haber sido su brazo el que estarían merendando en ese momento de no haber subido al paso elevado, se felicitó pensando que al menos para algo había servido ayudar a la tipa con los chiquillos.

Pero no le dio más vueltas al asunto.

Siguió subiendo y las nueve milímetros Smith & Wilson de los oficiales se escucharon detonar múltiples veces.  Él sabía que así iba a ser, no había otra opción, los infectados parecían haber perdido toda capacidad de entender razón alguna y no parecían tener miedo a la muerte.

–METELE OTRO “GUEVASO” –Gritó uno de los oficiales histéricamente calle abajo. Se escuchó un disparo más, pero aquellos oficiales no volvieron a disparar.

La gente, empezó a moverse apenas escuchó el primer disparo de los oficiales, ahora sí al unísono, como una manada asustada, en grupos que se alejaban del origen de los disparos, varios entraron a la estación de metro a refugiarse.

Unos segundos después habían llegado a la parte superior del paso elevado, como era de esperar las personas todavía no se movían de ahí, tomando fotos y comentando inquietamente lo que pasaba, el nivel de inconsciencia y estupidez era sorprendente, parecía que todos compartían esa vocecita dentro que les decía “a mí no me va a pasar” o quizá confiaban en que con la llegada de la fuerzas de la ley y el orden todo terminaría.

Andrea había olvidado el dolor de la espalda debido al susto que le produjo escuchar los disparos de los policías. Los primeros disparos a la distancia le habían causado mucho miedo, pero, ahora saber a ciencia cierta que la policía estaba disparando a civiles “rabiosos”, era algo que la había centrado en la idea única y definitiva de sacar a sus hijos de ahí.

Al llegar a la parte superior del paso elevado pudo ver a lo lejos en dirección a la Iglesia del Carmen como ahora eran cientos de personas las que corrían en todas direcciones, había muchos cuerpos en el suelo, varios convulsionaban tirados en el piso. No se podía llegar hacia el otro lado del paso elevado porque ya varias personas habían tenido la misma idea y el paso se encontraba lleno como bus a las siete de la tarde.

De pronto, Carlos le tomó el brazo a Andrea con muchísima fuerza, casi lastimándola, Ella miró los ojos del “abogado”, en su rechoncha cara sudada. Él parecía estar observando algo más horrible aún que toda la situación que estaban viviendo, su mirada estaba clavada unos metros más allá de la base de la escalera que acababan de subir, hacia un puesto de venta de naranjas peladas, nada mejor para el abrazador calor del medio día en Panamá.

Andrea buscó con dificultad en medio del caos y notó que su “compañero” miraba a una señora alta y gordita de piel muy morena, con un amplio traje amarillo de flores cuyo centro estaba teñido de sangre hasta los pies, llevaba muchas pulseras doradas en sus muñecas, daba pasos muy lentos, su boca estaba abierta y su labio inferior caído, parecía confundida, mientras intermitentemente volteaba a ver la gente pasar corriendo a su lado, al frente de su cuello, una enorme abertura negra, marcaba el inicio del rio de sangre que había bajado por su traje, ahora sucio y teñido de un rojo negruzco.

–Está…Está de pie –Balbuceó Carlos sin soltar el brazo de Andrea.

A ella le pareció por un momento que, si Carlos hubiera podido, se habría subido a su brazo libre para que lo cargara como a otro niño más.

Carlos no pronunció palabra, no podía hablar tampoco, pero sabía que esa mujer tenía que haber estado muerta, y si aún estaba viva, bajo ninguna circunstancia podría estar de pie. Esto no era solo una enfermedad que volvía locas a las personas.

Esa mujer había muerto. Él lo sabía.

Un guardia de seguridad, del local comercial al pie de la escalera por la que subieron, llamó a la señora por un nombre que no alcanzaron a escuchar en medio del alboroto, parecía conocerla, esos puestos de ventas callejeros están por años en el mismo sitio, la gente que trabaja en esos locales y sus vendedores ambulantes se conocen.

Él se acercó a ella sin dudar y sacó un pañuelo blanco de la parte de atrás de su pantalón, le apretó el cuello con firmeza, trataba de detener la hemorragia mientras le hablaba,  era un hombre pequeño de piel cobriza y cabello apretado, bajo su chaleco antibalas usaba una camisa de manga corta celeste.

Carlos y Andrea miraban esta escena mientras la gente corría buscando refugio alrededor del “seguridad” y la señora mordida. Sin que se dieran cuenta, una enorme cantidad de personas se empezó a bajar del puente huyendo.

El guardia de seguridad la intentó conducir hacia dentro del almacén tomándola por su amplia cintura como pudo y tratando de mantener el pañuelo en su lugar. Las cortinas metálicas frente a las ventanas del almacén bajaban a toda velocidad mientras esto ocurría.

Dieron dos pasos hacia el local que ya cerraba su ultima cortina metálica, la señora lo miraba fijamente, parecía que lo reconocía o quizá lo contrario, Carlos no entendía bien la expresión en la cara de la señora, pero ella, repentinamente y en un brusco movimiento, abrió su boca, tomó con sus manos la cabeza de su salvador y clavó su mordida en la ceja izquierda del pequeño hombre.

El infortunado guardia la apartó con todas sus fuerzas tan rápido como pudo, ella siguió gruñendo mientras el hombre daba varios pasos atrás, llevándose el mismo pañuelo con que la quiso ayudar segundos atrás, para tapar la enorme herida sobre su ojo.

El pobre hombre solo atinaba a secarse la sangre que bajaba por su cara, su ojo estaba cerrado por la imposibilidad de mirar a través de cascada de sangre que caía, miraba estupefacto el pañuelo con el otro ojo y miraba a la mujer nuevamente, estaba completamente desconcertado por el ataque.

Dando un paso atrás sacó su revólver, Carlos y Andrea podían ver como temblaba incluso desde la altura y distancia a la que estaban en el paso elevado. El local comercial del que salió había cerrado la ultima cortina metálica y solo quedaba abierta una puertecilla que se asomaba empotrada en esa última cortina.

Empleadas del local con la puerta entreabierta, le gritaban desesperadas que entrara, el cañón de su calibre veintidós y su mano temblaban en todas direcciones, hubiera sido más preciso si le tiraba el revólver que disparar en esas condiciones. La gente corría alrededor de ellos, nadie parecía notar lo que estaba ocurriéndoles a ambos, sin embargo para Andrea y Carlos, así como para el pobre “seguridad” el tiempo estaba detenido y los sonidos completamente amortiguados por los latidos del corazón.

La mujer rumiaba un pedazo sanguinolento de la cara del agente de seguridad, dejó de caminar, y comenzó a correr hacia él, a la misma velocidad explosiva que el resto de los “rabiosos” en la calle.

El hombre intentó disparar, pero no pasó nada al apretar el gatillo, rápidamente, soltó el pañuelo en su cara para quitar el seguro de su arma, en unos segundos la mujer estaba frente a él con los brazos extendidos y la boca abierta, mostrándole los dientes para volver a morderlo.

Carlos y Andrea no pudieron verlo, pero, en el último instante, el pequeño hombre, alcanzó a apoyar el cañón de su revólver en medio de los amplios pechos de la vendedora de naranjas y disparó tres veces.

La mujer que todavía traía un enorme impulso de su carrera, chocó contra el pequeño hombre, estrellándolo contra una de las cortinas de metal del almacén de donde había salido, él cayó sentado y ella sobre sus piernas.

De la espalda de la mujer, ahora boca abajo, se asomaban tres puntos negros que se encharcaban de un liquido obscuro en su ropa. Pasaron unos segundos y empleados de local se asomaron rápidamente por la puerta de hierro, lo halaron por los hombros de su chaleco antibalas, metiéndolo al local y cerrando la puerta tras ellos.

Algunas personas se agolparon en la puerta para pedir que les abrieran, pero no tuvieron respuesta. Nadie pareció siquiera darse cuenta de lo que acababa de pasar, solo quedó el cuerpo boca debajo de la vendedora de naranjas y una línea de sangre desde ella, trazando un camino hasta la puerta de metal.

Ataques parecidos con mordidas se repetían donde se posara la vista.

El descontrol en aquella importante arteria de la ciudad de Panamá era total y la ola de caos, violencia y pánico, había pasado por debajo de ellos, como una corriente calle abajo, ahora en ambas direcciones del paso elevado, se escuchaban vidrios romperse, gritos, disparos, puertas corredizas de metal que estaban siendo bajadas, y sirenas a lo lejos. Varias columnas de humo se podían ver tras los edificios en el horizonte, dominadas por una enorme muralla de humo que ya formaba su propia nube en el cielo en dirección a Albrook.

Una corriente de gente salía huyendo por la escalera de la estación del metro y otros pocos entraban corriendo a refugiarse.

Nadie sabía qué hacer, eran las cinco de la tarde en punto.

 

 

En la pequeña sala de la clínica, Jorge y Alexander intentaban vendar la pierna de la Doctora, ya casi no sangraba, y ella como pudo, los ayudó a pasar las vendas por su pierna, su labio estaba roto y le faltaban trozos de los dientes incisivos superiores.

Los jóvenes le echaron todo el alcohol desinfectantes que pudieron en la pierna, todo en silencio, solo hablaban mecánicamente para darse indicaciones, mientras se concentraban en la herida, parecían simplemente no querer hablar de los dos cuerpos que yacían en la sala principal bajo la cortina que tuvieron que arrancar para taparlos.

Jorge notó que las manos de Alexander temblaban mucho, por lo tanto, él terminó vendando la pierna de la Doctora finalmente, algo que en silencio el gigante pareció agradecer, parecía estar interiorizando recién lo que acababa de ocurrir en la sala de espera de esa pequeña clínica.

–Me estoy mareando mucho… –Se quejó la doctora como pudo con sus dientes rotos, de inmediato tosió sangre en sus manos las cuales higiénicamente habían tapado su boca.

–Mierda que rápido –Susurró, sin dejar de mirarse las manos con sangre de sus pulmones o de su estomago, no estaba segura, pero sabía que no era de los dientes rotos.

Esa sangre había salido de sus entrañas.

–Pásame ese termómetro electrónico Jorge por favor. –Lo cierto es que Alexander estaba sentado junto al termómetro, pero ninguno de los dos pensó en pedirle que hiciera otra cosa más que estar sentado, perdido mirando el piso el gigante estaba seguramente en shock

Jorge le pasó un aparato parecido a un cepillo de dientes eléctrico pero con un cono invertido en la parte superior y una pequeña pantalla en su parte trasera.

La doctora se puso de inmediato el termómetro en el oído derecho, presionó el único botón del aparato, el artilugio emitió un par de bips y unos segundos después emitió un único pitido largo. La doctora le pasó a Jorge el aparato, ella parecía no querer leer lo que decía.

–Dime cuanto marca. –Le ordenó la doctora mirando el piso.

Jorge no era un experto, pero recordaba la ocasión en que contrajo Dengue y sabía que una fiebre de cuarenta grados para arriba era algo grave. El aparato marcaba cuarenta y cuatro grados centígrados.

–¿Le duele la cabeza doctora? –Le respondió Jorge tratando de cambiar el tema inútilmente. La doctora lo miró con ojos cansados. –¿Cuánto marca Jorge? –Insistió. ––Cuarenta y cuatro… –Le indicó Jorge en un tono triste, sin atreverse a mantenerle la mirada.

–Probemos de nuevo, quizá está con las baterías malas, una vez nos pasó con mi sobrino… –Interrumpió Alexander que había salido de su ensimismamiento, tratando de no mostrarse nervioso o que al menos no se le notara.

–Es lo mismo que le pasó a él. –La doctora miraba el zapato del rabioso tirado en el suelo lleno de balas que se asomaba tras la puerta sin cortina de la salita. –Sea lo que sea se transmite en la mordida y parece producir algún tipo de alucinaciones, delirio y ataques de violencia, si esto está ocurriendo en la ciudad… oh Dios quizá por eso los disparos y las sirenas.

–Pero ella se volvió loca en menos de unos minutos doctora, usted tiene esa mordida hace ya casi media hora y esta…cuerda.

Jorge se sintió estúpido por no poder encontrar un mejor término para describir su condición.

–Sí pero me siento rara, como si tuviera una de esas gripes rompe huesos, además, ésta temperatura debería tenerme convulsionando o inconsciente, sin embargo me siento un poco mareada nada más y… la herida debería estar sangrando mucho más.  –La doctora se analizaba a si misma repitiendo varios síntomas que los muchachos sin ser médicos ya habían notado, y continuó en su lapidario auto diagnostico:

–No es normal en lo más mínimo, está pasando lo mismo que con el hombre y el tardó bastante también en volverse violento, parece que el periodo de incubación varía entre personas, o quizá varia por el lugar de la herida, no sé…

–Quiero pedirles algo… por favor escúchenme bien. –La mirada resuelta de la doctora le aseguró a Jorge que no le iba a gustar lo que le solicitaría a continuación.

–En ese mueble hay unas correas gruesas de cuero que traía esta camilla cuando la compramos, fue de las primeras cosas que compramos con mi marido al abrir esta clínica. –La mirada de la doctora se perdió un momento en recuerdos de su esposo y un atisbo de sonrisa dejo entrever que su mente divagó en tiempos que definitivamente, eran una mejor época que la actual.

Pero de inmediato volvió a mirar fijamente a Jorge y continuó.

–Voy a acostarme y quiero que me amarren los brazos y las piernas, si ven que me pongo violenta, me van a inyectar un sedante, se los voy a dejar preparado, si llegara a estar infectada… no quiero ponerme como ellos, prefiero que me aturdan con el sedante hasta que llegue mi marido, el sabrá que hacer…

La doctora preparó una vía intravenosa para que no tuvieran que tratar de inyectarla con una aguja un par de completos ignorantes en enfermería. En un extremo estaba el sedante, en una bolsita colgada de un soporte metálico.

El medicamento bajaría a través de un tubo elástico largo, ella misma se insertó la aguja del otro extremo del tubo sobre su puño izquierdo, la fijó junto a una mariposilla con cinta adhesiva quirúrgica, solo había que abrir la pequeña válvula de plástico y dejar que el medicamento entrara a su torrente sanguíneo.

Jorge se ofreció a quedarse con ella, mientras Alexander saldría a buscar algo de ayuda o quizá transporte para que la atendieran en un hospital.

El gigante salió de la salita de atención y llamó de inmediato a Jorge.

–Preferiría no irme, ella puede ponerse violenta y tu eres muy… delgado, son sumamente fuertes… –Alexander miraba los dos cadáveres que estaban bajo la cortina mientras hablaba, Jorge lo Interrumpió. –No podemos esperar a que ella tenga un ataque, tienes que ir, quizá haya una forma de llevarla al Hospital Santo Tomás. Ya está amarrada.

En el peor de los casos le meto el sedante y ya.

La verdad era que Jorge no creía ni media letra de cada palabra que pronunciaba en ese momento, le aterrorizaba la idea de quedarse solo, que estaba empezando a preguntarse dónde estaba el baño, porque pronto lo necesitaría.

–Ok, pero si el sedante no funciona, sal de aquí y cierra esa puerta. –Le ordenó Alexander bajando la voz y mirándole fijamente.

–Por favor. –Le pidió el gigante

–Está bien, pero lo mismo, si las cosas no están bien allá afuera vuelve de inmediato, esto puede estar pasando en todos lados y quizá esperar tras estas barras de hierro sea lo mejor por ahora. Toma.

Jorge le entregó la pistola nueve milímetros a Alexander y la bala que había caído al piso.

–Queda una bala, no sé como cargarla…

–O…K, tranquilo… yo si sé. –Alexander recibió el arma, Jorge se sintió un poco incomodo, en su crianza de calle no cabía el tener consejos de cuidados para con otro macho, y menos recibirlos…pero ni modo, eso es lo que había salido del momento.

Jorge presionó el botón de la puertecita de hierro y Alexander salió por ella de inmediato, guardándose el arma en la cintura del pantalón, cerró la puerta sin dejar de mirar la calle. Jorge se acercó a la puerta de hierro tomándola con ambas manos, vio como el gigante desapareció hacia su izquierda, por la acera, unas cuantas personas pasaron corriendo por la calle frente a la clínica, nadie decía nada, nadie conversaba con nadie, solo corrían o caminaban lo más rápido posible, mirando hacia atrás repetidamente.

Durante unos minutos Jorge se quedó mirando hacia el exterior, tras los barrotes de la puerta, como un viejo reo condenado hace años, habían tres autos detenidos en la vía solamente, pero con eso bastaba para detener el tráfico en esa pequeña calle, el aire saturado de humo, le recordó los tiempos de la “zafra de caña de azúcar” en el interior del país, donde se quemaban hectáreas completas de cañaverales ya “cosechados” liberando las tierras para la próxima siembra.

Sirenas y algo que parecían disparos se escuchaban constantemente en la distancia.

Los ecos de disparos más cercanos golpeaban las paredes de edificios contiguos, pero la puerta no dejaba ver más que unos metros hacia el lado de la calle.

En este estado contemplativo, la duda lo asaltó, quizás, el gigante simplemente se había ido, y lo más obvio seria que se fuera a atender sus asuntos, tendría familia. ¿No? Y él, en una decisión soberanamente estúpida de su parte, estaba encerrado con dos cadáveres y una futura loca rabiosa.

–Bien hecho Jorge, hoy debiste quedarte en cama… –Se felicitó sarcásticamente en voz baja.

Eran las seis de la tarde y empezaba a oscurecer. La doctora se despertó con un hambre atroz y sed, sufría alucinaciones constantes, en ellas, su marido llegaba a socorrerla, la tomaba de la mano, pero de inmediato la cara de su esposo cambiaba por la de la mujer mordida sin nariz que abría su boca y le gritaba con voz de hombre a milímetros de la cara, el horror la hacía despertar y volver en sí.

Era la tercera o cuarta ocasión en que perdía el conocimiento y cada vez sentía más adormecido el cuerpo, estaba segura de que estaba sufriendo daño cerebral con cada ataque.

Quería llamar a Jorge para que le inyectara el calmante, pero al intentar hablar se percató que había perdido el control de su capacidad de emitir sonidos, era como esas pesadillas donde despiertas y no te puedes mover ni hablar.

De pronto, vio con horror y sorpresa que sus piernas sí se estaban moviendo, y no se había dado cuenta, de forma rítmica, su cabeza empezó a girar muy lentamente como mirando las aspas de un ventilador imaginario en el techo.

Sus piernas se estiraban intermitentemente como desperezándose al iniciar el día, sus brazos intentaban levantarse inútilmente retenidos por las amarras, le espantó darse cuenta que su cuerpo estaba completamente activo y ahora su cabeza se había girado hacia la derecha violentamente sin su control,  había dejado de sentir por completo cualquier sensación física, incluso el dolor de la aguja sobre su puño izquierdo.

Elena era una invitada dentro de su cuerpo, nunca más la dueña.

Tuvo entonces la horrible certeza de que, si se quedaba dormida o se desmayaba nuevamente, no volvería a estar consiente nunca más. Entró  pánico y gritó, gritó con todas sus fuerzas, tanto que venas se marcaban al lado de su frente y cuello,  pero de su boca semi abierta no salía más que algo de aire y un leve silbido.

Jorge había pasado varios minutos frente a la puerta tratando de decidir si era momento ya de irse caminando a casa y dejar este tema aquí, era una opción válida, lo aplastaba la sensación de culpa, esa mujer lo había ayudado y él era un cerdo por pensar siquiera en dejarla ahí sola.

Además había empezado a cuestionarse el por qué no disparó algunas balas a la mujer sin rostro antes de que la mordiera, sin embargo, por otro lado sabia que en el ángulo que estaba, era más probable que hubiera matado a la doctora de un tiro que haberla ayudado, sin embargo, el gusanillo de la culpa seguía ahí, carcomiéndolo.

Quería huir y encerrarse en su casa, esperar a que en las noticias dijeran que ya todo había pasado, su barrio peligroso y todo, chatear con su novia y encerrarse en su habitación pequeña y sin luz, eran oasis de paz que anhelaba visitar de inmediato.

Solo necesitaba ponerle el calmante a la doctora, presionar el botón de la puerta y salir, al fin y al cabo, encerrada ahí tras las barras nada le pasaría, y su marido seguramente tendría llaves para entrar.

Además habían dos muertos, si el gigante era inteligente no iba a volver a que le preguntasen quien los mató ¿no? Y ¿él? Se iba a quedar ahí a dar explicaciones a la policía, cuando la única testigo estaría loca amarrada a una camilla… por él.

–Ok eso lo decide todo, Dios la ampare. –Jorge se dio la vuelta sobre sus talones y entró a la salita donde la doctora se encontraba. Pero antes de entrar, escuchó con toda claridad la voz de la doctora.

–Profe la tarea se la traigo mañana…

Jorge no intentó siquiera buscar significado a esa frase, caminó lentamente sintiendo como todos los bellos de su nuca se erizaban, y entró a la salita. La pequeña habitación estaba más obscura ahora, ya atardecía y nadie había encendido las luces (de hecho Jorge no sabía ni donde estaban los interruptores).

Al entrar la vio acostada, lo  miraba fijamente, sus ojos estaban rojos alrededor de la cornea y su boca estaba entreabierta, mostraba un poco sus dientes, largos hilos de baba colgaban de su boca hasta el piso, haciendo un pequeño charco trasparente sobre el patrón de los blancos mosaicos.

Parecía poseída por el mismísimo Satanás, respiraba con esfuerzo y sus piernas se movían lentamente pero con mucha fuerza estirando al máximo las amarras de cuero.

Su corta falda se había subido casi hasta su cintura y su ropa interior se dejaba ver, sus brazos intentaban zafarse de las amarras en dirección al techo, se podía ver el esfuerzo sobrehumano en sus músculos contra las correas, la piel de la doctora estaba sumamente lastimada en los lugares donde las amarras hacían contacto.

–Jorge sintió que se le iba a aflojar el intestino por completo, estaba seguro de que defecaría en sus pantalones en ese mismísimo instante.

Esa cosa horrible no era la bella y decidida mujer que había dejado amarrada hace menos de veinte minutos. Ella abrió la boca atravesándolo con esa horrible mirada, lista para emitir un sonido, Jorge negaba leve e inconscientemente con su cabeza… no quería escuchar.

–¡¡Jorge ÁBREME!! –Le gritaron desde la puertecilla de hierro, el corazón casi se le termino de salir por la boca gracias al grito.

Tras los barrotes lo observaba un Alexander transpirado de pies a cabeza, jadeando como si hubiera corrido treinta kilómetros, el gigante miraba para atrás repetidamente como si temiera que lo hubieran seguido.

–¡ABRE! ¡APURA! –La reacción inicial de Jorge fue ir corriendo a la puerta de hierro, cuando llegó hasta ella se dio cuenta de su estupidez y volvió sobre sus pasos para presionar el botón.  Al hacerlo la puerta emitió su chasquido característico.

Pero Alexander no entró. Había desaparecido, por el espacio abierto de la puerta Jorge pudo ver pasar corriendo de izquierda a derecha dos figuras humanas a una velocidad enorme, casi volaban.

Jorge corrió hacia la puerta y se asomó con cautela, hacia la derecha de la calle, entre los autos vio a Alexander corriendo en zig-zag, parecía estar jugando un macabro juego de píllame que te atrapo con dos tipos que gritaban y se movían de una forma aterradoramente familiar.

Eran infectados, los ojos de miedo de Alexander no hacían más que confirmarlo.

El gigante lo miró desde unos veinte metros, y le gritó.

–¡Entra y enciérrate! Los voy a “chifear”.

Jorge no estaba seguro si era un arranque de valor, o simplemente era que su cobardía le impedía entrar solo nuevamente con la doctora loca y los dos cadáveres.

A pesar del peligro, Jorge prefería ayudar a su improvisado amigo que entrar a esa película de terror en el consultorio de nuevo, no quería verla, no así, la horrenda mirada silenciosa de la doctora estaba clavada en su mente.

Jorge miró hacia el local que estaba junto al consultorio calle arriba, habían bajado la cortina de metal, en el suelo había una varilla metálica con un gancho pequeño en forma de signo de interrogación, era una varilla de metal forjado, que se usa para halar la cortina de hierro cuando está elevada y la persona no alcanza la altura de la misma.

–¿Qué HACES? –Le gritó Alexander a Jorge, pero de inmediato se arrepintió de haberlo hecho, Jorge caminaba decididamente por la acera hacia un local junto al consultorio, y uno de los infectados volteó a mirarlo después del grito del gigante, el infectado titubeó, y dio un paso en dirección de Jorge, quien se agachaba frente a la cortina de hierro del local comercial, Alexander lo perdió de vista tras un auto estacionado.

Alexander se dio cuenta de su error, había puesto evidencia a Jorge con su grito, e instintivamente volvió a gritar, ahora al infectado:

–¡NO MIERDA, A DONDE VAS! ¡AQUÍ! ¡MÍRAME A MÍ! ¡HEY!

Sintió un enorme golpe en su costado izquierdo, entendió que acababa de cometer un error fatal al perder de vista al otro infectado. Estuvo a punto de caer, pero alcanzó a girar sobre sí mismo y apoyar su espalda en la puerta de un vehículo estacionado, de inmediato agarró la garganta de su agresor, ahora tenía un infectado frente a él tratando de morderlo y uno a su espalda del otro lado del vehículo.

Quizá el infectado libre iría a atacar a su compañero, o quizá a él, no podía voltear a ver, pero con la segunda opción estaba jodido, ahora sabia que las mordidas significaban convertirse en uno de ellos, con la mano derecha empezó a buscar rápidamente el arma en su cintura, había decidido que usar una bala en dos enemigos era una tontería, un gasto, pero ahora no había opción, el otro infectado podía venir a morderlo en cualquier segundo.

Alexander encontró el arma en su cintura, la sacó tan rápido como pudo e intentó, calmarse una fracción de segundo, puso el cañón en el ojo del hombre, si fallaba no había más que hacer.

Pudo notar en medio de todo el caos, que su agresor era un hombre de rasgos Norteamericanos, grande, casi de su tamaño, su cabello era rubio y canoso, estaba caliente como los otros dos con los que había forcejeado, Alexander no había intentado siquiera mirarlos a la cara  cuando, llegando a Vía España, los vio correr hacia él, logró poner el arma en la cuenca ocular del hombre de cabellos claros y halo el gatillo.

Escuchó un click pero no hubo disparo, había olvidado halar el carro superior del arma, de todas formas, su otra mano no estaba libre para hacerlo, Alexander volvió a halar el gatillo, la parte posterior de la cabeza del hombre estallo frente a él.

Se dio la vuelta rápidamente esperando el inminente ataque del otro infectado, pero le sorprendió ver en su lugar a Jorge, a un par de metros del auto, estaba de pie junto a un cuerpo que yacía inmóvil en la calle, eran los restos de un muchacho de unos dieciséis años, su cabeza estaba aplastada en varias partes, parecía una horrenda caricatura de un balón…desinflado.

Su nariz había desaparecido grotescamente en un surco, como si la rueda de una bicicleta pesadísima hubiera pasado sobre ella.

Debajo de la cabeza, esparcida en todas direcciones, había sangre, sesos y la misma sustancia negra que habían visto en la mujer sin rostro y su pareja. La ropa y cara de Jorge también estaban salpicadas.

Alexander rodeó el auto para ir junto a su compañero, notó que Jorge sostenía en sus manos, un hierro pintado de verde, medía poco más de un metro, goteaba una pasta negruzca y estaba ligeramente doblado en la punta.

De un gancho redondo en el extremo del hierro, colgaba masa encefálica y algunos trozos de hueso y cabello, Jorge debió abatir al otro infectado  en los pocos segundos que pasaron mientras el encontraba su arma y disparaba.

–Hey… ¿Estás bien? –Pregunto agachándose un poco para poder mirar sus ojos, Jorge no respondió, seguía mirando el cuerpo.

–¡Jorge! ¡HEY! – Alexander le tomó el hombro, Jorge lo miró, sus ojos estaban extrañamente calmados.

–Sí, estoy bien, pero la mano se me acalambró cuando le pegue al piso con este hierro.

–¿Le fallaste y le pegaste al piso? –Pregunto Alexander tratando de no sonar preocupado por el contenido de la conversación que estaban teniendo.

–No… todos los golpes dieron en la cabeza, no fallé ninguno, pero cuando se terminó de aplastar… le pegue al piso sin querer, salió hasta una chispa… ¿Ves? Se doblo la punta je je, pero se me acalambró la mano.

Alexander no estaba mirando la punta doblada, estaba mirando un pedazo de cráneo con cabello que colgaba del gancho en el extremo.

–O…k Jorge. Ven… vamos al consultorio, tenemos que pensar en cómo salir de aquí, hay que administrarle el calmante a la doctora, ella se va a convertir en una cosa de estas, no es justo que le pase esto por haber ayudado a alguien más.

–Ya se convirtió en una cosa de estas. –Le aclaró Jorge aún en su tono calmado, sin dejar de mirar la cabeza aplastada en el suelo. –Quizá debamos administrarle este calmante, agregó señalando su arma improvisada, a Alexander le pareció ver algo parecido a una sonrisa en la cara de Jorge… ahora sí estaba preocupado, ¿Se habría vuelto loco el joven que ayudó en la mañana?, ¿O siempre había sido así?

–¿En serio? ¿Estás seguro de que se puso violenta? –Alexander trataba de sacar a Jorge de su violento trance con esas palabras y lo logró.

La expresión de Jorge cambió de una calma psicópata a una de duda. Mientras buscaba en su memoria, los atisbos de locura de su rostro desaparecieron, ahora parecía confundido, a pesar de la horrorosa última imagen que tenía de la doctora, debía admitir que en realidad ella no había intentado atacarlo, era seguro que se estaba convirtiendo en uno de estos locos, pero quizá todavía existía posibilidad de aturdirla con el calmante y esperar a que a su marido o algún otro doctor se le ocurriera algo.

Él se lo debía.

–No…Alexander, la verdad es que no, estaba horriblemente extraña, pero… no violenta, vamos, quizá aún haya tiempo.

–Al gigante le volvió el alma al cuerpo al ver que su compañero de desgracias estaba de vuelta. Guardó el arma sin balas en su cintura nuevamente y se  dirigió junto a Jorge al consultorio.

Mientras recorrían los pocos metros que los separaban de la puerta del consultorio, ambos escuchaban los sonidos lejanos y no tan lejanos que los rodeaban.

Se podría decir que ahora, además de escucharlos, podían comprenderlos, los mismos disparos, los gritos y las sirenas que habían escuchado anteriormente, ahora evocaban imágenes aterradoras de violencia y muerte, pero ni el más pesimista de sus pensamientos se acercaba al caos que realmente estaba apoderado del resto de la ciudad, solo habían probado un bocado del horrible plato que se estaba sirviendo ese anochecer en la ciudad de Panamá.

A unos pasos del consultorio, Alexander vio la puerta de metal cerrada por completo, de inmediato le reclamó a Jorge.

–¡MAN! ¿TRABASTE LA PUERTA? ¡No tenemos la llave!

–No… Estaba “puesta” solamente había que golpearla para cerrarla –Replicó Jorge pero la verdad él tampoco estaba seguro si la había cerrado o no, en el apuro de salir a ayudar a Alexander.

–Q…Quizá se cerró sola. –Explicó torpemente Jorge en voz baja, mientras intentaba en vano mover la puerta. Aunque aún quedaba luz suficiente en la calle, dentro del consultorio estaba obscuro, y la puerta sin cortina de la salita estaba completamente en tinieblas.

Jorge intentó forzar la puerta con su nueva arma, pero solo logró doblar uno de los barrotes un poco y corría el peligro de romper su arma y quedarse sin algo con que defenderse.

Alexander cruzó cautelosamente la acera en busca de algo con que empujar la puerta, no encontró nada útil, pero de todas formas recogió un buen pedazo de concreto roto de la calle por si necesitaba defenderse, a falta de cualquier otra cosa, era mejor que estar con las manos desnudas con esos seres rabiosos.

Pasaron unos minutos y la noche cayó definitivamente sobre la ciudad, en sectores más abiertos todavía quedaba algo de la luz de aquel sol moribundo de luz naranja, pero, en la angosta calle del consultorio, los edificios habían proyectado sus sombras y las luces de algunos departamentos se encendían sobre ellos, pero en la calle, el comercio estaba cerrado, y el alumbrado público empezaba a funcionar, ellos parecían ser los únicos en la ciudad que no se habían encerrado en sus casas o en algún refugio improvisado.

Dentro del consultorio, la obscuridad era completa, un pequeño rectángulo de luz proveniente del alumbrado público y rayado por los barrotes, entraba unos centímetros en el piso tras puerta, los muchachos no lo sabían, pero al fondo de la sala de espera, junto a el escritorio de la malograda doctora, el cuerpo de una mujer con el cuello roto y el rostro desgarrado sin nariz, se había puesto de pie lentamente, su cabeza se balanceaba, hacia atrás y hacia el lado, colgando como una macabra pelota de tenis dentro de un horrendo calcetín.

En la salita, sobre la camilla, un hombre con un hoyo en la garganta, devoraba las entrañas del estomago abierto de la doctora, cuyo cuerpo inerte continuaba amarrado a la camilla, el hombre lleno de hoyos de bala en su cuerpo, masticaba ávidamente los intestinos de la mujer con los pocos dientes que quedaban de su quijada inferior, a la cual le faltaba todo el lado derecho.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas y sin saber lo que había tras la puerta de barrotes que intentaba abrir, Jorge logró doblar un barrote que permitió que el mecanismo de cierre se desencajara de su marco, la puerta quedó floja, ahora necesitaba solo un buen golpe, Lleno de satisfacción Jorge llamó a su compañero que estaba detrás de algunos vehículos, buscando todavía algo con que forzar la puerta.

–¡Alex! ¡Ayúdame! ¡Creo que con una patada tuya la abrimos! –Jorge sonrió, al menos una cosa estaba saliendo bien de todo ese maldito día, quizás encerrarse ahí dentro sería lo mejor, aún con la doctora amarrada y loca, parecía mejor idea que quedarse ahí fuera, hasta que alguien de la policía o Protección Civil llegaran a socorrerles, tarde o temprano esto tedría que acabarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

La noche había caído ya en Panamá, la iluminación publica había entrado en funcionamiento en los lugares que no habían sufrido daños en sus tendidos eléctricos, explosiones y sirenas se escuchaban a lo lejos, Daniel  estaba agazapado, sentado en el piso junto a unas ocho personas en el paso elevado de Vía España, todos los demás decidieron huir antes de que cerraran con obstáculos las subidas del puente.

Habían visto todo desde ahí, él y dos alumnos de su colegio eran parte del grupo que había recibido permiso aquél día para salir en horas de clases a documentar con fotos, la asignación era parte de una tarea de Geografía, el Cuarto Año B completo se encontraba ese día recorriendo varios puntos de la capital en grupos de tres estudiantes.

Las tres entradas (o salidas) del paso elevado habían sido cerradas, en medio del caos, las puertas de metal que conectaban el paso con el centro comercial habían sido cerradas por personal de seguridad, para evitar los saqueos cuyas imágenes saturaban ya la televisión.

Un grupo de tres hombres había logrado obstaculizar ambas escaleras de entrada a la calle utilizando puestos de comercio ambulante e incluso pedazos de latón que pertenecían a los letreros publicitarios que tapizaban los lados del paso. Pero los tres pagaron un precio muy alto,  todos habían sido mordidos en alguna parte de su cuerpo y solo uno quedaba consiente, los otros dos habían perdido la conciencia en minutos por la pérdida de sangre y sus cuerpos habían sido arrojados por el punto más bajo de la escalera.

Ahora corrían rabiosos junto al resto de los infectados, ya era de consenso para todos que las mordidas transmitían la enfermedad y que todos los que se desmayaban tras los síntomas de ser mordidos volvían como uno de esos rabiosos, habían presenciado el ciclo de contagio innumerables veces aquella tarde.

Daniel podía escuchar la discusión que había entre los adultos sobre qué hacer con el hombre herido que aún estaba consciente, era un adulto de unos treinta años, de contextura robusta y sumamente alto, sus ropas eran humildes, era un cuidador de autos callejero,  le habían arrancado dos dedos de una mordida, el pobre hombre estaba sentado en el piso agarrándose con fuerza la muñeca que sangraba desde los dedos faltantes, rodeado por las personas a las que protegió desinteresadamente y que ahora discutían a viva voz si debían esperar que se desmayara o tirarlo de inmediato por la escalera para que intentara huir, el hombre no desaprovechaba oportunidad para maldecirles en cuanto improperio pudiera su mal agradecimiento, pero ellos lo ignoraban, era como si ya hablaran de un cadáver.

Daniel estaba enterrado en su celular subiendo fotos y posteando status cada cinco minutos sobre qué estaba pasando, para quienes ya seguían la noticia desde la red, fuera del país y al interior de este, él como muchos otros tenían miles de visitas y comentarios y cientos de solicitudes de amistad de personas e incluso cadenas noticiosas que querían aprovechar el innovador medio de entrevista para obtener información fresca, y averiguar qué estaba realmente ocurriendo en la capital de Panamá.

Daniel tenía su propio grupo de amigos pero como eran cuatro y los grupos debían ser obligatoriamente de tres, la suerte quiso que quedaran todos separados.

Le había tocado en un grupo que lo único que tenía de bueno, era a la niña más bella del colegio (al menos ante los ojos de Daniel) así que no podía decidirse si estaba contento o nervioso cuando le dijeron en cual grupo había quedado seleccionado para salir a tomar las fotos.

Era demasiado tímido para acercarse a ella, y para terminar de dañar el ambiente de romance,  el otro alumno asignado al grupo no tenía un pelo de tímido, era un monigote que había repetido dos años seguidos el cuarto año y estaba pasado en autoconfianza, ahora mismo estaba sentado con ella acurrucándola mientras el “crush” de Daniel lloraba nerviosamente.

Era el colmo, el tipo incluso lo había golpeado un par de veces jugando basquetbol, sólo por el puro placer de abusar de su tamaño, y ahora era el héroe que la acurrucaba, los infectados allá abajo podían irse al cuerno, en ese momento aquella situación era lo que más irritaba a Daniel.

El monigote lo miró y con ese instinto que tienen todos los “douchebags” detectó lo que el muchacho sentía tras su mirada, Daniel era transparente como el agua, disfrutándolo como siempre, Luis la apretó un poco más hacia él y le hizo una mueca obscena con la boca sonriéndole socarronamente.

Millones de años de evolución le explicaron a cada célula de Daniel el mensaje de ese macho Alfa. “Esta es mía”. Acostumbrado a ser pisoteado, Daniel quitó la mirada, volvió a su celular, una de sus amigas posteó un status cerca de las cuatro y media de la tarde, en su perfil se podía leer.

“Porfa a mis primos cuando lean esto, díganle a mi mami que estoy en el Mall, algo malo pasó aquí cerca una explosión hizo estallar todos los vidrios de las ventanas y puertas, se escuchan gritos por todos lados afuera, estoy en un baño encerrada en el centro comercial, pero casi no tengo carga en el celular, intenté llamarla pero no tengo saldo”

No hubo más actualizaciones en su perfil después de eso.

Siguió explorando y vio varias actualizaciones de algunos grupos de video jugadores a los que estaba suscrito,  alguien había posteado que los muertos estaban volviendo a la vida y que era el fin del mundo, que habían teorías que indicaban que se había cometido un error al creer que en el 2012 se acababa el mundo, y que haciendo unas operaciones matemáticas de dudosa procedencia, el verdadero 2012 caía este año en el que se encontraban,  típico de los numerólogos que siempre hacían concordar las fechas para no estar equivocados.

A Daniel le molestó sobremanera el comentario “hollywoodenses” a cerca de los muertos vivientes, debido a que él mismo estaba siendo testigo de que todo esto, por horrible que fuera, se trataba de una enfermedad que se contagiaba por mordidas y no se trataba de muertos volviendo a la vida, como en las películas  y juegos que tanto gustaba, era una estupidez y una falta de respeto con el dolor de las familias de todas las personas que estaban muriendo a manos de los infectados.

Estaba a punto de incluir un comentario sumamente ácido y sarcástico con respecto a la ignorancia del “post” pero se dio cuenta que habían casi cien comentarios, casi todos apoyando la idea,  así que decidió  ahorrarse su opinión para que no lo “trolearan”.

Aquél era Daniel, un mar de caníbales rabiosos rugía seis metros bajo él, pero su reputación online y la niña de sus sueños eran, más importantes en esos momentos, quizás esta mentalidad simple le permitiera seguir con vida más tiempo.

Recorrió con la mirada uno a uno los rostros de quienes le acompañaban en ese improvisado

“Trolling”. Persona que publica intencionada y persistentemente mensajes molestos sobre temas delicados para incitar a los demás usuarios a responder o provocar un enfrentamiento. 

 

refugio,  del grupo que discutía no podía ver mucho, porque estaban de espaldas a él junto a la puerta de hierro, pero le pareció que quien defendía mas apasionadamente, la opción de tirar al hombre todavía con vida por la escalera,  era un tipo gordo con saco y corbata, con pinta de abogado, calvo.

Parecía que lo habría hecho él mismo si no fuera porque no poseía las condiciones físicas para hacerlo… o quizá simplemente era un cobarde de esos que les gusta hablar, pero que prefieren que los demás hagan el trabajo sucio.

En el otro extremo, lejos del hombre herido, por razones obvias, se encontraban algunas dos señoras con algunos paquetes en las manos que ostentaban las marcas y logos de los almacenes cercanos, lloraban, pero le llamó la atención una mujer que estaba mirando el vacio, sentada en el suelo, meciéndose de adelante hacia atrás, cantando lo que parecía ser una canción de cuna.

Daniel notó que junto a ella, acostado sobre sus piernas yacía dormido un niño de unos seis o siete años, además ella estaba meciendo un bebé amarrada a su pecho con un “canguro”. Era obvio que estaba aterrada, probablemente mucho más que todos ahí, dado que sus hijos estaban en medio de toda aquella situación. Su calma era forzada, claramente fingida, para no ponerlos nerviosos, Daniel sintió un nudo en la garganta, pensó en su madre y lo mal que se llevaba con ella diariamente este ultimo año.

–Que este bien… Dios. Por favor, te prometo que nunca más pelearé con ella. –Volvió a marcar al celular de su madre pero sonaba ocupado.

Puso la cabeza entre sus piernas y siguió mirando el piso, los ojos se le llenaron de lagrimas, no quería pensar en lo que estaba escuchando, allá abajo en la calle, pero tampoco quería que nadie se diera cuenta de que estaba llorando, sin embargo una respiración forzada entre lagrimas y mocos lo delató ante quien menos hubiera querido.

–¿Estas llorando? –Se burló Luis. –Tranquilo “pelao”, por ahí debe venir la guardia y nos saca de aquí.

Daniel no levantó la mirada, podía sentir la sonrisa de héroe valiente de su compañero de grupo aplastándolo, se enjugó las lágrimas y se puso de pie para mirar hacia afuera, prefería ver el horrible espectáculo a que lo vieran con lágrimas en la cara de nuevo.

Había intentado contarlos la última vez que se asomó y se detuvo cuando llegó a cincuenta, intentó calcular rápidamente cuantos grupos de ese tamaño había podía divisar, le pareció que eran unos trescientos rabiosos corriendo tras cualquier presa o sonido que se hiciera en la calle, casi todos corrían y gritaban, pero habían unos pocos que simplemente caminaban, desorientados, exhibiendo horribles heridas por todo el cuerpo, habían dos masas humanas enormes en cada entrada del puente, pero los rabiosos no parecían poder razonar lo suficiente para halar los hierros y obstáculos de las escaleras, solo empujaban y se daban violentos golpes contra ellas, esto solo ayudaba a apretarlas más y más en el pasillo de la escalera.  Habían pasado unas dos horas desde que se había puesto la barricada y el sonido del golpeteo y los gritos frente a los obstáculos no se detenía, parecía incluso estar creciendo, sabían que allá arriba había gente viva.

Pensó en las palabras del monigote y quizá en algún momento vería llegar un grupo de antimotines con equipo y armaduras completas a rescatarlos, no habría forma de que los mordieran con esas ochenta libras de armadura, mascaras y cascos que llevaban encima, pero nadie había llegado.

Los disparos en la cercanía se habían sofocado hace más de una hora, había visto un par de grupos de policías que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar, y ahora corrían infectados, locos junto con los demás enfermos, la calle estaba desierta de personas… sanas.

–¡Miren alguien viene! –La voz de su compañero de grupo lo sacó de su ensimismamiento.

Daniel pensó que quizá al fin venían a rescatarlos, se levantó dio la vuelta esperando ver desde el otro lado del puente elevado una masa de policías que iban a partirles la cabeza a este montón de rabiosos.

Pero no vio ninguna masa verde de oficiales, en su lugar, vio un hombre corriendo hacia ellos cargando un niño en brazos, el niño iba pegado a él como un oso Koala a su madre, debía tener unos cinco años, la velocidad a la que corría el hombre era pasmosa, pero la razón se hizo evidente casi de inmediato, detrás de él una horda de unos veinte infectados lo perseguía, el hombre hábilmente zigzagueaba entre los vehículos e incluso saltó para correr sobre algunos automóviles,  pateó varias veces a infectados que se le pusieron al paso, tenía que ser algún tipo de atleta, esa carrera con el peso del niño y esas patadas, una persona normal debería haber estado exhausta y vomitando bilis en el suelo hace rato, pero ese hombre no.

Daniel se preguntaba hace cuantas cuadras habría empezado a correr ese hombre que venía en dirección a ellos por en medio del mar de autos.

–¡Por acá, venga acá estamos seguros! –Gritó con la potente voz una de las señoras que Daniel había visto sentada llorando hace unos minutos.

Daniel no pudo ver si el hombre la había escuchado, pero lo que sí le quedó completamente claro es que los infectados bajo ellos sí. Los rabiosos en la calle se dieron la vuelta al escuchar el grito de la señora y levantaron sus manos, abriendo sus bocas en un vano intento por alcanzarlos.

A Daniel le pareció que había sido una estupidez, ahora todos los seres rabiosos en la calle sabían que había carne fresca en ese refrigerador que colgaba sobre ellos, pero por otro lado, el grito tuvo un efecto afortunado para el corredor con el niño en brazos, los infectados, que de otra forma lo habrían visto correr hacia ellos, no le vieron de inmediato porque estaban de espaldas mirando hacia arriba.

El hombre, sin parar de correr,  miró fugazmente hacia ambas entradas del paso elevado y las descartó, era obvio que no iba a poder cruzar la horda de infectados que las atiborraban y mucho menos entrar.

Como un hábil jugador de rugby se desvió hacia la derecha cruzando la acera donde parecía haber menos enfermos. Se perdió de la vista de Daniel, todos los que estaban presenciando la desesperada carrera del muchacho, (a esta distancia parecía no tener más de unos veinticuatro años) pasaron a asomarse del otro lado del paso elevado, a esperas de que saliera por ese lado de la calle, en dirección al Banco Nacional de Panamá.

Daniel jamás olvidaría lo que vio a continuación.

El joven apareció corriendo aún toda velocidad, ahora visiblemente herido en el hombro y en el brazo derecho, lo habían alcanzado en esos segundos que no lo pudieron ver bajo el puente, se dirigió hacia un bus vacío que se encontraba a unos doce metros más adelante del paso elevado, el niño ahora chillaba de terror y su cara estaba clavada en el pecho del joven, el muchacho con su paquete en mano desaparecieron tras el bus, los siguió la horda que había aumentado en gran parte con los infectados que estaban en la calle bajo el puente.

La inercia que traían era tanta que el bus se tambaleó cuando los infectados golpearon del otro lado, no podían ver que había pasado, pero al no verlo salir por ninguno de los lados del vehículo, asumieron lo peor.

Pasaron unos segundos, algunas personas ya sollozaban y otros simplemente repetían, “Lo agarraron”.

Repentinamente todos escucharon chillar al niño, un grito agudo, proveniente del más profundo horror e instintos de supervivencia de aquel pobre infante, todos se taparon los oídos y quitaron la mirada, a excepción de Daniel y Carlos.

Cuando el niño hizo silencio, Daniel sintió que sus piernas flaqueaban y que iba a vomitar, pero de pronto, desde el lado que no podían ver del bus, un cuerpo inerte voló casi un metro por encima del techo del enorme vehículo de pasajeros, por un instante, en el punto más alto de su vuelo, parecía una marioneta sin hilos, ni sus brazos o piernas mostraban rastros de fuerza o voluntad alguna.

El niño azotó su cabeza violentamente sobre el techo del  bus con un sonoro golpe metálico, estaba inconsciente o muerto, no había forma de saberlo a esa distancia. Su salvador debió lanzarlo al techo del bus en el último instante, antes de ser alcanzado.

La Señora que había llamado al muchacho, sólo atinaba a repetir las palabras “el niño, el niño” como una desquiciada.

Súbitamente, casi bajo ellos al borde de la masa de infectados que ahora rodeaban el metro–bus una figura humana salió a empellones y codazos, le faltaban pedazos de carne por todo el torso, cara y brazos.  Su camisa había desaparecido, y una de sus manos solo tenía el dedo índice, le hacía falta una de sus orejas y a ambos lados de su cuello la sangre resbalaba cayendo por sus hombros y pecho, su espalda estaba llena de rojas rasgaduras y su ojo izquierdo estaba cerrado, sangrando.

Ahora estaba mortalmente pálido, pero aún así peleaba con todas sus fuerzas para liberarse y salir de la masa de rabiosos que le apretaban y agarraban.

Por un segundo pareció haberlo logrado, la horda de enfermos estaba suficientemente interesada en lo que había tirado sobre el bus.

Aunque era obvio que con esas heridas no sobreviviría, el joven podría haberse alejado del lugar, pero en cambio, cuando estuvo seguro que ninguno de los infectados lo estaba atacando o siguiendo, hizo lo que todos temían desde que lo vieron llegar corriendo desde la distancia.

Se dio la vuelta y los miró con el ojo que aún podía abrir.

–¡Ayúdenlo por favor! ¡Ayúdenos! ¡Es mi hermanit…! –Les suplicaba, pero lo interrumpió la toz y el sangriento vómito que hizo convulsionar su cuerpo y caer a gatas al piso.

Nadie pronunció palabra, Daniel se sintió la persona más ruin del planeta por no estar ayudándole allá abajo. Y sin embargo, no había forma alguna de hacerlo. El hombre seguía tosiendo y vomitando en el piso, pero las dos escaleras estaban bloqueadas por los objetos que se habían puesto y por unos veinte o treinta infectados furiosos intentando entrar. Nadie ahí poseía la habilidad atlética ni la fuerza de ese muchacho que les suplicaba y sin embargo él tampoco lo había logrado, era imposible.

El ataque de toz parecía haberse detenido, ahora el joven se ponía de pie.

Cerca de la acera, junto al estacionamiento, el muchacho tomó un hierro enorme que estaba tirado junto a un auto, usó la mano que todavía tenía dedos y se ayudó con lo que le quedaba de la otra, estaba de pie junto a un enorme árbol, apoyó su espalda en él jadeando, parecía estar perdiendo las fuerzas, sin embargo, se dio la vuelta, miró una vez más hacia el paso elevado, esta vez con odio.

Daniel sintió que lo miró a él, aunque eso fue lo que sintieron todos.

Nadie quería escuchar lo que les reclamaría, pero el hombre, no les dijo absolutamente nada.

Les quitó la mirada y se lanzó contra la masa de rabiosos cojeando y lanzando un furioso alarido de rabia e impotencia, logró reventar los cráneos de unos seis u ocho infectados, sus batazos eran monstruosos, rápidos, llenos de furia, producto de las últimas fuerzas de un ser que sabe que no tiene nada que perder, su cuerpo se movía por completo por la inercia del pesado metal en sus manos.

Había tanta sangre en sus manos que se podía ver como el extremo que usaba para golpear parecía ser más y más largo a medida que resbalaba en su mano,  en lo que parecieron unos pocos segundos después, parte del grupo de infectados que empujaba el bus notó su frenética pelea y lo hizo desaparecer en una ola de brazos y dientes que se hundieron en su carne, terminando casi de inmediato con su furiosa agonía.

La señora que estaba al lado de Daniel,  gritaba histéricamente, parecía que iba a caer fulminada de la impresión mientras daba alaridos y lloraba al ver los pedazos de carne e intestinos ser halados desde el centro del grupo de rabiosos, parecían niños halando desesperadamente golosinas del piso tras haber roto una piñata… de embutidos.

–Señora ¡cálmese! –Le pidió Daniel, la mujer poseía unos pulmones impresionantes.

La señora se quedó callada instantáneamente,  parecía sorprendida por la petición del joven –¿Qué no estás viendo lo que ocurre chiquillo? ¿Acaso no tienes corazón?

–Si señora, tengo corazón… pero si sigue gritando así va a atraer más, mire el mar de esas cosas que tenemos debajo, y la policía no aparece, si él no pudo escapar, ninguno de nosotros podrá tampoco.

Si la guardia no ha aparecido es porque esto debe ser así en todos lados…

–El muchacho tiene razón, mire. –Dijo Carlos señalando hacia el cuerpo del joven en la calle… o lo que quedaba de él. Varios rabiosos se habían alejado de  los restos y ahora estaban bajo el paso elevado, se unían al grupo bajo ellos mirándolos con las manos extendidas y las bocas abiertas, intentando alcanzarlos.

Andrea, quien se había puesto de pie cuando el muchacho les pidió ayuda desde la calle, estaba apoyada en el pasamanos, había dejado a la bebé sobre un chaleco que le prestaron a modo de cama y el niño seguía dormido en el suelo junto a su hermano, usando también el chaleco pero como almohada.

–Tenemos que encontrar una forma de avisar a la policía que estamos aquí.  Esas cosas van a encontrar una manera de rebasar los obstáculos que pusimos tarde o temprano.

Andrea miró a sus bebes mientras terminó la frase. –Además no tenemos agua, necesito leche para el niño.

–¿Y no puedes darle una teta? –Espetó Carlos groseramente, le estaba irritando el tono de desesperación de Andrea.

–No… Con este embarazo no tuve leche, y pensé que le daría al llegar a casa, cuando salí del auto no pensé que pasaría el resto del día así.  La niña no come desde la mañana. Que idiota soy como pude… ¡como pude salir así! –Gimió estas últimas palabras a punto de romper a llorar, Carlos solo la miraba.

–¡Pues van a tener que aguantarse un rato tus pequeñajos! Estamos todos con la mierda hasta el cuello. –Gritó Carlos visiblemente encolerizado por el llanto de Andrea. Lo interrumpió la Señora que había estado gritando horrorizada, la que Daniel había callado, era una dama de unos cincuenta años, pasadita de peso, y piel cobriza, al ver que Carlos le gritaba a Andrea, recobró toda compostura perdida por el macabro espectáculo que había presenciado y le indicó con toda dignidad y firmeza al enfurecido hombre:

–Oiga… A usted probablemente lo pario un caballo. ¿Verdad?, parir es mucho decir,  probablemente lo cagaron. –La furibunda mujer caminó hacia Andrea. –Ven conmigo mijita, vamos junto con los niños, tranquila, ya vendrán los uniformados, esos SÍ son VARONES. –Clavó una última mirada amenazante a Carlos y abrazó a Andrea, ven me llamo Johanna…¿qué edad tienen los niños?…. vamos. –Las dos caminaron hasta donde los niños estaban acostados durmiendo y se sentaron a conversar, unos segundos después Andrea rompió a llorar en el pecho de la Señora.

Daniel había escuchado toda la pelea, de hecho estaba junto a ellos, pero pareció que los adultos no notaron su existencia, a pesar de que Carlos prácticamente lo escupió al gritarle a Andrea.  Se dirigió a su mochila, tenía cuatro botellas de agua mineral y bastantes chocolates, incluso un par de emparedados, todo se lo había empacado su santa madre  en la mañana, se dio cuenta de que esta agua seria preciosa en las próximas horas, pero aun así, y disimulando al abrir la mochila para que no se “notaran” las otras botellas, sacó una, y caminó hacia Andrea.

–No es leche, pero los mantendrá hidratados.

–Le ofreció la botella mientras miraba a los niños.

La señora Johanna, aún sentada junto a Andrea, con la mirada iluminada y una amplia sonrisa le dijo.

–Gracias Mijito, disculpa lo que te dije hace un rato, había perdido la cabeza, Dios te bendiga y a tu madre que te crió bien, me da gusto saber que aún quedan jóvenes así. –De inmediato su mirada cambió apuntando a lo lejos a Carlos, mientas alzaba el tono de voz ostensiblemente, para que la oyera.

–…Porque hay otros que parece que los hubieran recogido de un montón de mierd…

–Hizo silencio cuando el hijo mayor de Andrea se movió para acomodarse mejor en su improvisada almohada.

Carlos no se dio por aludido.

–Gracias, ¿cómo te llamas? –le preguntó Andrea.

–Daniel. –Respondió el joven, avergonzado ahora que todos lo miraban en el paso peatonal, incluso Nicolle, que aún seguía abrazada por Luis lo estaba mirando  –Mi mamá me dice Dany.

–Gracias Dany. –Le respondió Andrea.

El joven se apartó nuevamente hacia donde estaba su mochila, nadie notó por la obscuridad lo rojo que estaba de vergüenza, las primeras estrellas se podían divisar en el cielo capitalino.

Se enterró nuevamente en la pantalla de su celular, buscó un sitio web de noticias internacional, era aparatoso intentar explorar la web desde el celular, las teclas, el tocar los enlaces de las páginas webs, diseñados para un puntero de mouse preciso, y que haciendo zoom para adelante y para atrás terminabas haciendo clic en el lugar equivocado. Tal como esperaba, encontró lo que buscaba en los titulares un sitio de noticias reconocido.

“CAOS EN PANAMÁ EXPLOSION EN TERMINAL DE BUSES. PÁNICO POR SUPUESTA ARMA BIOLOGICA. INUSITADA OLA DE VIOLENCIA Y SAQUEOS”.

El articulo estaba clasificado como “noticia en progreso” y era actualizado minuto a minuto desde hace ya unas horas, ávido de información, leyó rápidamente varias líneas.

La mayoría hablaban de que no se había recibido comunicado alguno del Gobierno de Panamá sobre qué es lo que estaba ocurriendo realmente.

Habían distintas actualizaciones que se contradecían con respecto a la anterior, no parecían poder ponerse de acuerdo si la violencia era causada por el pánico tras el brote viral, o como algunas fuentes extraoficiales indicaban, por gente infectada con algún tipo de virus que fue liberado durante la explosión en la terminal de Buses de Albrook.

Había toneladas de información que digerir pero el sitio estaba casi colapsado, cada clic era insoportablemente lento en responder, probablemente por la cantidad de visitas, o quizá era la conexión gratis WI–FI Gubernamental que estaba usando Daniel, no había forma de saberlo.

Una noticia en especial lo estremeció, fue la última que pudo leer antes de perder la conexión, había sido actualizada diez minutos antes de que revisara su celular.

El canal de panamá había cesado operaciones por razones no definidas aún, cientos de barcos estaban desviándose a puertos alternativos en emergencia, se estaban decretando medidas de cuarentena para los barcos que habían pasado los últimos cinco días por el canal ante el temor de que se hubiera utilizado para esparcir un arma biológica por el mundo.

Daniel, como la mayoría de las personas que vive en panamá, sabía que el CANAL DE PANAMÁ JAMAS se detiene. Es una línea de cientos de miles de contenedores con todos tipo de productos del mundo. Trenes, grúas, barcos,  miles de personas, todos trabajando en línea y a tiempo para que este puente que da soporte a la economía mundial permita el paso de productos hacia todo el mundo.

Incluso él, en su ignorante juventud, sabía que para que algo así hayan ocurrido las cosas estaban sumamente mal, entendió porqué no había policías en ese momento en las calles. Si las cosas estaban así, probablemente estaban iguales o peor en otros lugares de la ciudad.

–Nadie nos va a rescatar –Concluyó para sus adentros mientras miraba a Andrea, que intentaba calmar con arrullos a su hambrienta bebé. Un transformador de electricidad estalló cerca de ellos, la iluminación pública y la de varios edificios parpadeó, se mantuvo nuevamente estable unos segundos, y con un zumbido profundo, aquel sector de la ciudad de Panamá quedó a oscuras.

 

 

 

Pedro había salido por un hoyo en la cerca de alambre del patio de la terminal de buses, cargaba a Alicia en brazos, ella no se podia poner de pie, estaba sumamente agitada y mareada, unos pasos después caminaba por fuera de la cerca rodeando la terminal de buses, a su derecha, en el patio, docenas de buses ardían sin control, el calor le quemaba el lado derecho de la cara, a su izquierda el rio de vehículos se extendía por el Corredor Norte hasta donde la vista permitía, no entendía por qué no encontraba a nadie, pero no le gustaba para nada lo desolado del ambiente, ¿Cómo era posible que nadie se hubiera quedado en sus vehículos? Unos veinte metros hacia la autopista seguía viendo autos que estaban vacios y con las puertas abiertas, era claro que sus dueños salieron de ellos sin importar que se los pudieran robar.

Pedro intentaba calmar sus obscuros presentimientos, se aseguraba a sí mismo que quizá toda esa gente huyó, al ver y sentir la explosión, pero lo que acababa de acontecer hace una media hora con la anciana indígena, las palabras del tipo con la pistola que le había volado la cabeza al joven sin camisa… algo horrible había ocurrido, y seguía ocurriendo en el sector.

A duras penas, cargando a Alicia como podía, iba a paso de tortuga, parando cada decena de metros para poder tomar aire, sentía que la piel de Alicia estaba sumamente caliente.

Hace unos segundos ella se había quedado completamente callada, miraba al cielo, a Pedro le asustaba que se hubiera desmayado, le preguntaba cosas simples, y ella asentía o negaba con la cabeza, recordaba las lapidarias palabras del tipo de la pistola, “si se desmaya déjala”.

El no iba a hacer esa mariconada con una mujer, menos con su querida Alicia.

Escuchaba las sirenas y los gritos de la gente a lo lejos, sabía que había bomberos y seguramente unidades de paramédicos en el lugar, llevar a Alicia ahí era mejor opción que cargar por ella de vuelta por todo el camino que habían recorrido en la autopista.

Realmente se le estaba haciendo difícil, el sol lo quemaba, el humo le irritaba los ojos y sudaba copiosamente, sus bíceps, estaban completamente adormecidos. La espalda le dolía, pero parecía ser producto del forcejeo con la anciana, y no del peso de Alicia.

A medida que rodeaba la cerca, empezó a notar, que la pared de humo, no solo venia de la terminal, parecía que el incendio también se extendía detrás de la misma, no podía ver todavía el Centro Comercial, pero desde ese ángulo ya era fácil diferenciar que habían dos columnas de humo que se unían en el cielo en una masa gris enorme, una provenía de la terminal de buses y otra se originaba  desde “atrás”, lo único que había hay detrás era el Mall.

–Demonios Alicia, creo que el Mall se esta incendiando también. –Alicia lo miró un segundo y continúo mirando la columna de humo.

–Espero que aún tengamos carga para tomar ese reportaje –La voz de la reportera estaba apagada, casi sin entonación.

Pedro no tuvo corazón para decirle la verdad, que había dejado todo el equipo de filmación detrás en el suelo de la terminal, y que ella no estaba en condiciones de transmitir nada.

–Sí linda, apenas lleguemos a un lugar donde se vea todo al mismo tiempo, filmamos. Te vas a ver espectacular.

A Pedro se le quebró la voz, no entendía cómo demonios había quedado solo en medio de todo esto y aún no conseguía ayuda, parecía que Alicia se le iba a morir ahí mismo en los brazos, acaba de reventarle la cabeza a una anciana y casi fue almuerzo de un joven unos metros más atrás.

No daba más, las piernas le temblaban con cada paso, estaba agotado pero intentó controlar su respiración, tenía que soportar el dolor y entregar su compañera a alguien que pudiera ayudarla realmente, su brazo se había hinchado casi al doble de su tamaño real, supuraba pus y un liquido amarillento transparente se derramaba mientras caminaban.

Pedro intentaba no mirar la herida, y al mismo tiempo trataba de que Alicia tampoco la viera, no parecía dolerle, de hecho no parecía que sintiera mucho su cuerpo, Pedro sentía ciertos espasmos que recorrían el cuerpo de su compañera, pequeños temblores aquí y allá,  le preocupaba que Alicia no le preguntara nada al respecto de ellos, era como si no los sintiera.

Los gritos a lo lejos, las sirenas, y ahora disparos, se escuchaban amortiguados, probablemente estaban ocurriendo dentro del centro comercial, ya que dentro de la terminal no podría haber nadie con semejante calor y humo, a lo lejos podía ver las secciones elevadas varios metros sobre el suelo de la autopista.

–Apura ya casi no hay humo, se nos va a apagar el incendio antes de poder filmarlo bien.  –La bella reportera miraba al negro cielo, una de sus corneas estaba levemente enrojecida.

A Pedro le estremecieron estas palabras, sobre ellos había una enorme masa obscura que no dejaba pasar los rayos del sol, ¿acaso Alicia no podía ver el humo?

–Ya casi estamos ahí –Mintió Pedro con la voz más entera que pudo sacar del nudo que había en su garganta, faltaba un buen tramo para rodear la esquina de la terminal de buses.

Pedro caminaba lo mejor que podía, trataba de no mirar a su derecha, tras la cerca de alambre de ciclón, el fuerte crujir de lo que fuera que se estaba quemando a unos metros de él lo llamaba a mirar, de reojo veía cuerpos en el suelo, no quería y no podía mirarlos, estaba realmente agitado intentando cargar a Alicia.

Sin quererlo, con el rabillo del ojo, vio movimiento a su derecha, aprovechó para detenerse un momento nuevamente a tomar aire, miró hacia los buses quemándose, trató de buscar el origen del movimiento que había percibido, sus ojos irritados y lagrimeantes se cerraban involuntariamente por el calor y el humo, cuando pudo enfocar mejor la vista, comprobó que de hecho había una enorme cantidad de movimiento tras la cerca de alambre, en el patio de buses.

Unas veinte o treinta figuras humanas, todas de pie, imposiblemente cerca de las llamas, algunos estaban completamente quemados, con la ropa todavía en llamas, otros habían sido desmembrados por la explosión y faltaban uno o varios miembros en su cuerpo, exhibían horribles heridas y pedazos de carne colgando de sus pechos, otros de pie, con largos pedazos de hierro retorcido y vidrio que les atravesaban el tórax o los muslos.

Sin embargo ahí estaban, parados mirándolo a una distancia del fuego que debía estarlos cocinando lentamente, pero no habían gritos ni expresiones de dolor.

Las palabras del pistolero que los había salvado hace ya una hora retumbaron nuevamente en su cabeza:

<<Son TODOS peligrosos>>

Ahora esa frase, tenía sentido.

Cada una de las células del cuerpo de Pedro le advirtieron que, si se movía, esos seres vendrían tras él, los separaba una cerca alta, pero unos cuarenta metros calle abajo, la cerca no existía, solo estaba el hoyo por el cual los reporteros habían entrado y salido del patio de Buses.

Pedro se quedó ahí un momento, con Alicia en sus brazos, utilizando la parte inferior de la cerca como escalón para apoyar su pie, puso el trasero de Alicia sobre su muslo y así descansó un poco su brazo derecho.

Otros cuerpos se estaban moviendo, en el suelo, tratando de incorporarse. Pedro recordó como la anciana no demostró dolor alguno tras sus golpes, ¿Podía estar realmente pasando algo así? ¿Esas personas estaban vivas?

Estos no eran casos de shock post traumático, o de personas que no sienten dolor debido a que las quemaduras han destruido los nervios de su piel.

Esta gente debía estar muerta.

Pero estaban de pie.

En su camino, pasó cerca de uno de los buses que se habían volcado con la onda expansiva de la explosión, veía la maquinaria debajo del bus, a medida que recorría podía ver más y más del techo del otro lado del vehículo, notó que bajo el bus, aplastada contra el pavimento se asomaba la mitad de una persona, de la cintura para abajo estaba atrapado bajo el enorme peso, parecía un bulto más, entre maletas y ropa que había caído desde el techo del bus, probablemente no lo hubiera notado jamás, sino hubiera sido porque… se estaba moviendo.

A Pedro le horrorizó el pensar en el dolor que debía estar sufriendo esta pobre alma, había visto gente aplastada bajo un vehículo, o entre autos, muchas veces durante el tiempo que fue fotógrafo para un periódico de mala muerte, de esos que en sus portadas solo tienen gente despedazada o acuchillada.

Sabía que en muchos casos la persona queda viva hasta que se retiran los vehículos que mantienen presionada sus entrañas, en ese momento el sangrado masivo las mataba, rezó para que esta persona se desmayara de dolor y no siguiera intentando moverse.

Aceleró el paso, el hombre aplastado, intentaba liberarse del aprisionamiento,  se encontraba boca abajo, cuando Pedro pasó corriendo, el infortunado ser lo vio, extendió una mano hacia el cómo pidiéndole ayuda. Pedro no lo estaba mirando directamente, pero sabía lo que estaba ocurriendo, su maldita vista periférica le dejaba ver todo, sintió todos los bellos de su espalda erizarse de pavor, no podía volver todo el camino, hasta donde estaba el hoyo en la cerca nuevamente a ayudarlo, tenía que llevar a Alicia al hospital, ladeó su cabeza un poco hacia la izquierda y continuó caminando,  rogó al cielo que el hombre no le gritara pidiendo ayuda.

Unos segundos después, escuchó un fuerte crujido y el sonido de tela rasgarse, fue tan repentino y fuerte que no pudo evitar mirar, todos sus instintos de conservación lo obligaron a mirar.

El hombre, o lo que quedaba de su cuerpo, había logrado “liberarse”, arrancando sus entrañas desde abajo del bus, ahora usaba sus brazos para arrastrase hacia los periodistas, iba muy rápido, pero bajo sus costillas, no había nada, el resto de su cuerpo había quedado bajo el bus.

Mientras Pedro miraba con ojos desorbitados el torso arrastrarse hacia él, era probablemente la primera persona en la República de Panamá, que sabía a ciencia cierta que los cuerpos de los muertos estaban siendo reanimados.

Pero al igual que Jorge y Alexander, el camarógrafo solo sabía la mitad de la realidad de aquella horrible plaga.

El “medio hombre” tenía una barba de candado, y piel blanca,  miraba fijamente a los periodistas, estirando alternadamente un brazo hacia ellos, intentando agarrarlos con cada brazada, era una espantosa parodia de natación en el suelo.

Cada vez que avanzaba su cabeza golpeaba grotescamente el piso,  su cuello parecía estar roto, quizá lo estaba toda su espalda, o lo que quedaba de ella, su cara estaba cruzada por heridas horizontales como si lo hubieran arrastrado en el piso por kilómetros.

Ahí lo escuchó por primera vez, ese gemido, que llenaría las calles de Panamá los próximos días, era un sonido indescriptible, mezcla de bostezo y grito, algunos lo describirían como un bostezo gritado, nacido de un sistema respiratorio dañado e inútil, testimonio de un deseo asesino que debía satisfacerse a toda costa.

Pedro volvió a acomodar el trasero de Alicia en su brazo derecho, el medio cadáver, estaba ya a unos pasos de ellos, tras la cerca.

Pedro dio un paso atrás.

Podía haber corrido hacia la autopista y desaparecer entre los vehículos, pero la ayuda debía estar del otro lado, donde estaban las sirenas y los disparos, solo necesitaba rodear la terminal por la acera, sea como fuere, la cerca no iba a dejar salir a “esa cosa”.

Corrió con Alicia en brazos lo más rápido que pudo, de inmediato las figuras obscuras que estaban en el patio de buses lo notaron y empezaron a caminar hacia él, Pedro pudo darse cuenta de que eran cientos de cadáveres quemados, y a la velocidad que iban, llegarían a la cerca de alambre  a su derecha antes de que él pudiera rodear la terminal de buses, de todas formas, la cerca era robusta y debía aguantar con facilidad, pero él no quería verlos a su lado, aunque no pudieran trepar la cerca.

Llegaba ya a la esquina de la terminal de buses, mas adelante la cerca junto a él empezaría a achicarse siendo reemplazada lentamente por un arco ascendente de una rampa de dos pisos de altura, la cual más allá se convertiría en una muralla de dos metros.

Estaba a punto de llegar a su objetivo, podía ver ya el estacionamiento frente a la terminal de buses.

Él solo podía divisar una fracción del estacionamiento desde donde estaba, habían bomberos, ambulancias, pick–ups del SYNAPROC, y múltiples vehículos de empresas de seguridad privada, era un operativo gigantesco, Pedro conocía bastante bien los números reales de las fuerzas policiales en panamá y sabiendo que la estación central de policía estaba a unos quinientos metros de la terminal, parecía que habían enviado a cuanto uniformado se pudiera al centro comercial.

Repentinamente, algo azotó la cerca a su derecha, era el torso del hombre,  estaba agarrándose del alambre de ciclón, sus ojos grisáceos y dientes expuestos apuntaban a Pedro con avidez, el cadáver reanimado dejó un camino de liquido negro desde el bus donde yacían aplastada su cadera y piernas, sus dedos rotos con la punta de sus huesos expuestos se asomaban por la cerca.

Diez cadáveres casi carbonizados estaban también a unos pasos de la cerca, sus brazos extendidos y gimiendo con la boca abierta, Pedro dio otro paso atrás y trastabilló en un hoyo en la acera, hundió su pie, mientras el peso de Alicia, le torcía el tobillo.

El dolor fue instantáneo y agudo, casi pudo escuchar su rótula dislocarse bajo el peso de Alicia, habría caído de mejor forma, pero al intentar evitar que ella se golpeara, su pierna quedo doblada en el pedazo de cemento. Fue en este momento que Pedro se dio cuenta que Alicia estaba inconsciente, se había desmayado hace unos minutos.

Al verlo caer las criaturas se excitaron de una manera bestial, sin correr, porque parecían incapaces de ello, pero acelerando el paso rápidamente, llegaron a la alambrada,  y empezaron a tirar y empujar de ella.

Mientras gruñían, los cadáveres quemados, perdían dedos completos y pedazos de piel carbonizada entre los tirones que daban a la cerca en un intento de arrancarla o empujarla.

–Alicia, ALICIA, ayúdame por favor… mi rodilla. –Su colega estaba totalmente lacia, tumbada sobre él.

Pedro la hizo rodar de la forma más suave que pudo hacia su izquierda, tratando de que no se lastimara. Cuando lo hizo, el dolor de su rodilla se volvió realmente insoportable, algo realmente malo le había ocurrido en la articulación, no era de esos dolores externos como cuando te golpeas el dedo meñique con un mueble, esto era interno, frío, su pierna le indicaba a gritos que aquella lesión no era poca cosa.

Logró zafar su pie de la acera. Maldijo por todas las veces que le habían ofrecido reportajes sociales aburridos de aceras en mal estado y nunca los tomaba, total el siempre andaba “montao” en vehículo.

No le quedaba tiempo de revisarse la rodilla, una segunda fila de cadáveres quemados se acumulaba detrás de los primeros que lo miraban tras la cerca, miró hacia atrás por donde estaba el hoyo en la cerca, varios metros más abajó, por donde había salido, algunas figuras ya estaban caminando desorientadas fuera de la terminal de buses, en el sector de pasto junto a la autopista.

Se arrodilló sobre su pierna izquierda tratando de no doblar en lo más mínimo su rodilla lastimada, hizo un esfuerzo sobrehumano por ponerse de pie sin doblarla mucho, el dolor era intenso, pero estaba seguro que no era nada comparado con lo que iba a sentir si apoyaba peso sobre su pierna lesionada  o la doblaba. Tomó a Alicia por un brazo, y la colgó de su hombro como pudo.

–Alicia, mírame. ¡SOLIMAR! –la abofeteó corta e insistentemente, necesitaba que le ayudara a caminar si no, no había forma que la cargara.

Alicia entreabrió los ojos, estaba ardiendo, una de sus corneas estaba totalmente roja, como si le hubieran pegado directamente en el ojo.

–Linda por favor, necesito que me ayudes a caminar, ¿Si? falta poco.

Alicia no parecía notar los gruñidos de las docenas de cadáveres quemados y el sonido rítmico de la cerca sacudiéndose, solo miraba el cielo.

–Vamos, mierda. Te voy a llevar como sea. –Pedro hizo un esfuerzo enorme, la levantó apoyándola como quien lleva un hombre borracho, las piernas de Alicia se apoyaron lo suficiente para no caer, Pedro dio un paso, otro más, pero al tercero cayó con ella, la rodilla no le permitía caminar con otro cuerpo a cuestas, era imposible, le crujía  y dolía horriblemente.

Alicia perdió el conocimiento por completo.

Pedro gritó, lloró de frustración, podía ver como ahora varias decenas de cadáveres se abarrotaban tras la primera línea de cuerpos, a lo largo de la alambrada, ésta empezaba a ceder en algunos puntos, la presión sobre la estructura de la cerca era enorme, algunos cadáveres empezaban a subir la rampa de buses mas delante de Pedro, si empezaban a tirarse por ahí le cortarían el camino a el estacionamiento, estaría realmente frito.

No podía dejarla ahí. Primero se moría antes que dejar morir a una mujer por un maldito dolor de rodilla.

La tomó por un brazo, y empezó a arrastrarla mientras caminaba, si ponía todo su peso en la pierna izquierda al avanzar, al menos podía mantenerse en pie, le dolía el alma pensar como se estaría lacerando la espalda Alicia en ese suelo áspero, pero estaba seguro que si la dejaba ahí, moriría, sentía como la poca piel que había agarrado de la muñeca de Alicia ardía incluso en sus toscos dedos callosos.

Faltaban unos metros, Pedro tenía la esperanza de ver a alguna persona a lo lejos entre los vehículos, para poder pedirle ayuda. Pero nadie se asomaba. Todos parecían haberse movilizado hacia la intersección que hay entre la terminal de Buses y el centro comercial, una calle que pasa entre ambas estructuras, por la cual muchas líneas de buses, taxis y particulares, hacen su recorrido a diario.

Quince eternos minutos después había pasado la cerca de alambre y ahora a su derecha solo había una muralla. No podía más, soltó a Alicia, quien había perdido ambos zapatos en el camino.

–Alicia, linda, voy a buscar ayuda, vengo enseguida.

La hermosa reportera no respondió, su cara estaba sin color, sus labios estaban resecos y agrietados, delgados pero negros vasos capilares se asomaban por detrás de su nuca en dirección a sus pómulos, sus ojos se movían rápidamente bajo sus parpados cerrados, como si estuviera soñando, la herida de su brazo estaba negruzca y venas obscuras se extendían desde la mordida hacia el resto del brazo.

Pedro no insistió más, intentó agacharse a darle un beso en la frente, pero tuvo la sensación de que si se agachaba su rodilla no lo dejaría levantarse más, se dio la vuelta y empezó a cojear lo más rápido que pudo hacia el estacionamiento.

Unos segundos después casi llegaba al estacionamiento, al fondo las enormes paredes del Centro comercial de tres pisos y a su derecha la terminal de Buses, entre ambas estructuras hacia su derecha se perdía una calle, ahí parecía haber gente, la mayoría corrían, habían decenas de taxis abandonados con sus puertas de chofer abiertas.

Un grupo de Fuerzas policiales antimotines, estaba parado mirando hacia la calle, desde ése Angulo Pedro no podía ver lo que ellos veían, pero estaban agazapados, esperando con sus escudos levantados.

Mucho más cerca de él, en el estacionamiento, vio con alivio varias unidades de policía con armaduras y escudos antimotines. Estaban lejos de él aún, en un grupo de escudos tras varios autos. Les gritó, pero no lo escucharon, volvió a gritar, a lo lejos varios le vieron y lo señalaron. De inmediato levantaron sus armas y le apuntaron, desde un megáfono pudo escuchar las potentes órdenes que le dieron:

CIUDADANO, ARRODILLESE Y PONGA LAS MANOS SOBRE LA NUCA DE INMMEDIATO.

Pedro se detuvo al escuchar la orden, casi se rió de la irónico de la situación, podrían haberle pedido que se pusiera de cabeza sobre sus manos mejor, habría sido más fácil que arrodillarse en ese momento. Pero no iba a discutir a esa distancia, dada la situación era claro que estaban intentando diferenciar a las personas “normales” de una de esas cosas que estaban en el patio de buses,  sabía que si no seguía las órdenes le volarían la cabeza de inmediato, tomándolo por una de “esas cosas”.

Intentó arrodillarse como pudo, pero el dolor de la pierna no se lo permitió, cayó anteponiendo sus brazos, quedando a gatas sobre el suelo del estacionamiento y, como pudo, se levantó un poco para demostrar que poseía la “habilidad” de poner sus manos sobre la nuca y seguir órdenes.

Al momento que lo vieron ponerse las manos sobre la nuca, tres unidades completamente equipadas con mascaras y armadura antimotines corrieron hacia él, a Pedro le parecieron ángeles vestidos de tortugas ninjas, estaban junto a él en unos segundos.

–¿Que le pasó en la rodilla, lo mordieron? –

La pregunta que le hicieron le recordó al pistolero, y esto le sorprendió, pero de igual forma la respondió.

–Me la torcí cargando a mi compañera.

–Ok, ¿puede levantarse ciudadano? –Le dijo uno de los uniformados, su voz estaba amortiguada por el respirador antigases y el enorme visor transparente que le cubría la máscara.

–Casi… casi no puedo, pero no importa, por favor, mi compañera está ahí detrás de la esquina al lado de la muralla – Sollozó Pedro adolorido señalando en la dirección que había dejado a Alicia.

En el momento que lo dijo, uno de los tres uniformados que lo había ido a encontrar se separó de ellos y corrió de inmediato hacia la esquina. A Pedro le maravilló la velocidad de su reacción al saber que había alguien más en peligro.

–Ella está herida. Una de esas cosas la mordió en el brazo. –Por favor llévenla al hospital. –Pedro no sabía que con esas palabras acababa de condenar a su amiga. Pero tampoco sabía que de su amiga no quedaba nada que condenar.

De inmediato, los dos oficiales que lo estaban ayudando a levantarse, lo agarraron con fuerza y empezaron a correr hacia la barrera de vehículos policiales, con él a rastras, huían como si Pedro les acabara de asegurar que estaban parados sobre una bomba de tiempo.

Corriendo mientras lo arrastraban, uno de ellos se tomó la radio que llevaba en el pecho, presionó el botón para hablar a su compañero y con voz agitada le indicó:

–Cabo Ibarra, le habla el teniente Ortega, cancele esa vuelta, repito CANCELE ESA VUELTA. La joven está sucia.

Vuelva a su posición apúrese.

Pedro esperaba que estuvieran hablando de cualquier otra cosa, que las palabras que escuchó no significaran lo que su lógica le estaba dictando, a pesar de que lo llevaban agarrado de ambos brazos, usó su pierna sana para dar un giro sobre sí, en efecto el uniformado que había ido a buscar a Alicia, era el cabo Ibarra, y había llegado casi a la esquina cuando lo llamaron de vuelta, ahora, de regreso, corría mucho más rápido que cuando la fue a buscar, era obvio que no quería quedarse atrás solo, también era obvio que le habían dado una orden de retirada.

–¿Por qué se devuelve? ¡Hey! ¿No la van a buscar? ¡HEY SUELTENME!, ¡NO LA PUEDEN DEJAR AHÍ.

Pedro empezó a forcejear con ellos. Los oficiales disminuyeron el paso.

–Ciudadano, le vamos a explicar pero tenemos que asegurarlo tras la barrera, coopere o lo vamos a hacer cooperar –El oficial jadeaba, llevaba casi sesenta libras de armadura y a Pedro arrastrando por un brazo,

En otro momento Pedro hubiera admirado la preparación física del oficial, pero en ese momento estaba completamente saturado por la rabia y el dolor en la pierna.

–¡Suéltenme mierda! Ella está bien. Solo perdió el conocimiento.

–Pedro sentía que la cabeza le iba a explotar de la rabia, o era el cansancio, o el dolor de su rodilla, estaba de pie nuevamente, todavía era arrastrado por los oficiales.

Solimar moriría porque él la había dejado tirada en una acera.

–Voy por ella. Suéltenme.

–Ciudadano. No lo puedo dejar ir. Acaban de llegar ordenes de sellar el área y evacuar victimas, ese sector del que usted viene todavía no lo cerramos, hemos perdido muchas unidades, sea sensato,  siéntese, o voy a tener que usar el tolete y amarrarlo.

–A Pedro le importaba muy poco las amenazas, estaba completamente indignado con los oficiales. Veía venir cuatro uniformados más que se habían separado de la barrera policial para apoyar a sus rescatistas. De pronto los vio titubear y detener su paso, se devolvían a la barrera de escudos, tomaron sus radios y señalaron frenéticamente en dirección a la esquina tras la cual Pedro había dejado a Alicia.

Pedro y los oficiales que lo cargaban voltearon, a lo lejos, tras el cabo Ibarra, que aún venia corriendo, pudo ver a su bella colega.

Caminaba, acababa de cruzar la esquina, parecía aturdida, desorientada, pero estaba de pie, descalza, Pedro sintió que un enorme peso se liberaba de su conciencia.

–¡¡¡ALICIAAAAA!!!! –Gritó con todas sus fuerzas. Ella lo escuchó de inmediato y volteó a mirarlo.

–¿Lo ven?, ¡ahí está! tuvo que venir por su cuenta porque los webones que estamos aquí parados no fuimos capaces de ir a buscar a una dama en apuros. Bonito reportaje les van a hacer se burló nerviosamente.

–Esa es su compañera… ¿verdad? –La voz del Teniente Ortega era grave y sin entonación alguna.

–Si – Respondió irritado Pedro.

El oficial tomó nuevamente su radio de pecho.

–Ibarra, muévete, tienes una sucia detrás. –Ordenó tratando de parecer calmado para con su subordinado.

Unos cinco segundos después, el oficial Ibarra pasó corriendo junto a ellos, Pedro lo siguió con la mirada.

Los oficiales lo arrastraron nuevamente, la rodilla no le permitió resistirse, pero notó que ambos tenían los toletes en la mano y era obvio que pensaban usarlos para “desincentivarlo” si ofrecía resistencia, ahora lo arrastraban de espaldas, podía ver a Alicia a lo lejos, siguiéndolos, escuchó a uno de los oficiales hablar a la radio.

–Vamos entrando, necesito dos unidades para limpiar, viene una sucia correteándonos.

–¿Una sucia? ¿Creen que Alicia es una de esas cosas?

Ella no podía ser un muerto reanimado, ella no era una de esas cosas carbonizadas que vio en el patio de buses, ella estaba viva cuando la dejó en la acera. Abrió su boca para maldecir e insultarles las próximas generaciones de hijos y nietos que tuvieran, pero involuntariamente volvió a posar su mirada sobre su compañera.

Alicia ahora corría. Su velocidad  era enorme, el brazo mordido no parecía molestarle en absoluto, sin embargo su forma de correr no era la de una mujer normal,  ni siquiera la de un ser humano, parecía más un animal, sus movimientos parecían espasmos, la reportera estuvo a punto de caer pero continuó dando pasos con sus manos en cuatro patas por una fracción de segundo, sin dejar de mirar fijamente a Pedro en la distancia, recobró el equilibrio de inmediato y siguió corriendo hacia ellos.

A Pedro le pareció ver su boca abierta y escucharle chillar continuamente mientras les perseguía, pero los demás ruidos del lugar no le dejaban escuchar claramente.

Era Alicia, pero al mismo tiempo no era ella, instinto asesino exudaba por cada uno de los poros de la bella periodista, la furia en sus ojos era evidente, la impresión fue tal, que Pedro olvidó que iba a mentarle los nietos a los oficiales, ahora solo la podía ver acercarse a gran velocidad, su pierna sana empezó instintivamente a ayudar a los oficiales a empujar en la dirección que corrían.

Cuando los oficiales con Pedro a rastras llegaron a la barrera de los escudos antimotines, ésta se abrió haciendo una pequeña entrada en perfecta sincronía, salieron de inmediato dos unidades del G.A.P se arrodillaron al lado de Pedro, frente a los oficiales que entraban a la muralla de escudos.

Halaron bruscamente y en sincronía la palanca de corredera de sus rifles, para dejar pasar la bala del cargador hacia la parte superior del arma, apuntaron sus m35 especiales en dirección a su compañera.

–Armas en manual, seguros fuera, tiro arriba.

Fue lo que escuchó Pedro que reportaron por las radios.

Alicia corría tan rápido que ya estaba menos diez metros de ellos, su cara estaba transformada con una horrible mueca de rabia,  gritaba y gruñía, su voz era la de un animal herido que chillaba, tras su cabello desmarañado se podía ver intermitentemente sus ojos, inyectados de sangre, Pedro tuvo la certidumbre de que su antigua colega venía específicamente tras él, lo miraba fijamente.

En el instante en que Pedro y sus rescatistas entraban por la “puerta” de escudos antimotines, ambos oficiales arrodillados dispararon, casi al mismo tiempo, un solo disparo cada uno.

Pedro pudo ver el cuerpo de Alicia torcerse y volar violentamente hacia atrás cuando su cabeza recibió los impactos, una nube rosada de vapor se mantuvo unos segundos en el aire, sobre el cuerpo de su compañera que caía de espaldas mirando al cielo.

Los dos oficiales lo terminaron de meter a la enorme barrera de escudos, y la puerta improvisada se cerró frente a él mientras veía el cuerpo inerte de Alicia mostrando desgarbadamente su ropa interior.

El cabo Ibarra estaba sentado en el piso jadeando, sus manos temblaban de miedo, otro oficial le daba palmadas en el hombro.

Pedro pudo escuchar por la radio de uno de los antimotines:

–Limpio. Vamos para adentro. –Fuera.

Pedro se puso bruscamente de pie, casi haciendo caer a los oficiales, totalmente poseído por la ira intentó tomar el arma de reglamento del Teniente, quería matar a los desgraciados que acaban de ultimar a tiros a su compañera, lo haría apenas entraran a la barrera. Alcanzó a poner los dedos sobre el estuche de la nueve milímetros en la cintura del oficial, de inmediato el mundo se le oscureció tras sentir un golpe seco en la nuca.

El oficial al que intentó arrebatar el arma, lo atrapó con mucha más gentileza de la que Pedro hubiera esperado, evitando que se rompiera la boca en el suelo.

–No había nada que hacer hermano. –Lo dijo en un tono de autentica empatía, a Pedro se le partió el corazón y sus ojos se llenaron de lagrimas.

–Descansa un poco, no tienes idea de la suerte que tuviste. –Le aseguro con compasión el oficial.

Pedro se dejó ir por la sensación de adormecimiento, quizá si hubiera luchado contra ella no se habría desmayado, pero ya no podía. O no quería. Quizá si despertaba de nuevo estaría en otro lugar, y le contaría esta horrible pesadilla a su hermosa colega.

 

Ricardo estaba agazapado, sentado de cuclillas, tras las cajas del Banco. Debajo del mostrador, como un niño jugando a las escondidas bajo un escritorio. Miraba sus zapatos, en el piso una máquina para contar billetes yacía despedazada y un teclado de computador colgaba frente a él desde el mostrador.

Todo estaba en silencio, había ocurrido tan rápido.

Después de pasar la vergüenza del llamado de atención por usar el celular en la fila del banco, Ricardo trataba de evitar mirar siquiera hacia la puerta de entrada, bastante incómodo seria pasar más tarde junto al guardia de seguridad a la salida del Banco, así que no pensaba darle la satisfacción en ese momento.

Podía sentir en su nuca al guardia mirándolo, cómo le hubiera gustado conocer a alguien en la empresa de seguridad para la que trabajaba y hacerle pasar un mal rato esa navidad a su familia.

Pero la verdad, en su mente, la culpa era de Andrea, su insoportable mujer, que cada día estaba más pesada, ahora con la bebé y el poco dormir estaba realmente huraña todos los días.

Y él no estaba para aguantar esas estupideces.

Pasó casi una hora para que las personas que estaban frente a él en la fila terminaran sus trámites, parecía que cada uno estaba haciendo algo increíblemente complejo para el imbécil del cajero que estaba de turno.

El único cajero por Dios… que  porquería de día, Ricardo nadaba en sus sentimientos de superioridad con respecto al resto del planeta.

Una señora tras tomaba de las manos a una pequeña de unos ocho años, la niña se portaba bien a pesar de todo el tiempo que le había tomado llegar a ese punto en la fila, pensó que su hijo a esas alturas estaría vuelto loco de impaciencia, culpa de su madre que lo tenía tan consentido.

–Ojala no pare en “cueco”. –Pensó, unos segundos después vio que el hombre frente a él miraba hacia la puerta del banco.

El repentino estruendo de fuertes golpes en las ventanas hizo que todos miraran hacia atrás de la fila, sean lo que fueren, estaban entrando al banco, el guardia de seguridad no había alcanzado a desenfundar su arma antes de encontrarse tendido en el piso recibiendo mordiscos en la cara y garganta, la puerta detectora de metales pitaba intermitentemente mientras varios rabiosos entraban corriendo.

Ricardo miraba fijamente las piernas temblorosas del guardia mientras retrocedía hacia el área de atención del banco.

Una onda expansiva de pánico se apoderó de todos los clientes y trabajadores en el Banco, muchos en sus escritorios simplemente se pusieron de pie, pero no corrieron, la gente no sabía cómo reaccionar, se enredaban en las cintas separadoras de fila al halar en direcciones distintas todos, sus cerebros no podían procesar a la velocidad suficiente la situación de peligro letal que enfrentaban porque no tenían una experiencia previa contra la cual referenciarse

Era absurdo, gente mordiendo gente.

Ricardo no intentó llevar la cuenta pero le pareció que fueron al menos diez de esos locos los que entraron. En un vano intento de alejarse del peligro, la multitud lo estrelló contra el mostrador de atención, atacaban a quienes estaban al final de la fila, muchos cayeron al suelo y tumbaron a los demás en un estúpido efecto dominó cuya efectividad se acrecentó con las tiras elásticas zigzagueantes que dividían la fila, gracias a esas tiras, en un instante había un enorme grupo de personas en el suelo frente a los infectados, recibiendo mordiscos, y los que estaban de pie no podían moverse sin aplastar a otras personas, el pánico hizo que presionaran más y más a Ricardo contra la alta mesa de atención, sentía que sus costillas iban a romperse con la presión.

Ricardo no era una persona muy alta, y casi no pudo ver lo que ocurría adelante en la parte de la masa de gente que estaba en contacto directo con los atacantes, pero los gritos y los sonidos de carne y tela desgarrándose le indicaron a su cuerpo que debía huir.

Otro empujón más de la masa de gente le apretó las costillas contra un borde saliente del área de atención, hizo un esfuerzo enorme empujando a una señora para lograrlo, logrando pararse sobre el mostrador.

Pudo ver por un instante la totalidad del caos, había sangre por todo el piso del área para hacer fila, tres o cuatro hombres peleaban contra los rabiosos, incluso habían logrado reducir un par utilizando como armas las pesadas barras con base que sostienen las tiras que dividen las filas, pero cuando caía un rabioso lo reemplazaban dos más, los valerosos hombres mostraban profundas mordidas en sus brazos, Ricardo comprendió de inmediato que el contacto directo con ellos no iba a solucionar nada.

Decidió saltar hacia el área de los cajeros, la alarma del banco sonaba con estruendosa rabia, al intentar moverse notó que su zapato derecho estaba agarrado por una pequeña mano, con horror recordó a la niña que estaba junto con la señora, estaba siendo aplastada por la enorme acumulación de cuerpos contra el mueble de atención del banco, su primera reacción fue agacharse a halarla, y lo hizo, pero cuando estaba a punto de hacer contacto con la mano de la niña, esta lo soltó.

No podía verla, sólo su brazo sobresalía tras un enorme hombre, que a su vez estaba siendo aplastado por decenas de personas en dirección al mueble. El bracito de la niña se movía involuntariamente ahora, debía haber perdido el conocimiento, o se había roto…

Ricardo se incorporó, saltó sin más hacia atrás del mostrador y se apretó lo mejor que pudo contra la pared del mismo, podía sentir como las piernas de las personas golpeaban el tabique junto a él. Deseó con todas sus fuerzas que la presión del grupo de personas no dejara subir a más nadie a hacer lo mismo que él hizo, sino, quizá esas cosas lo seguirían.

Lo que escuchó la próxima hora lo tuvo al borde de la locura, mujeres, niños  y ancianos por igual fueron mutilados.  No vio a ninguno morir, pero los sonidos, el olor de la carne expuesta, intestinos rasgados y la sangre, ese olor y chapoteo de los moribundos ahogándose en sus propios charcos de sangre, no requerían imágenes, estaban ahí, a centímetros de él, tras el tabique de aserrín prensado que lo mantenía a salvo.

Ahora todo estaba en silencio. Escuchaba pasos y gruñidos tras el mueble en el que estaba escondido. En esa posición en la que estaba, sus piernas se adormecieron, pero no quería moverse, sus dientes estaban completamente apretados, como si el sonido mismo de tragar saliva lo fuera a poner en evidencia ante las bestias con forma humana que se agolpaban a unos centímetros de él.

Una explosión profunda, casi amortiguada se escuchó a lo lejos y casi instantáneamente las luces del Banco tintinearon. La electricidad se había ido y el sistema eléctrico de emergencia había entrado en funcionamiento, la pantalla de los computadores se apagaron y encendieron nuevamente, pero todas las baterías de respaldo energético frente a él empezaron a emitir un sonido agudo, de alarma.

Ricardo recordó con horror que eso pasaba en su oficina cuando las baterías detectaban un bajón de energía o un pico energético, entraban en acción y emitían un pitido agudo en señal de alarma para los usuarios.

Sintió de inmediato varios golpes y gruñidos en la delgada pared que lo protegía, esas cosas debían haber escuchado claramente los pitidos y ahora querían saber que había tras los puestos de atención.

Ricardo miró hacia arriba y vio varias manos asomándose, agarrando y tumbando lo que hubiera a su alcance, sintió como su vejiga se vació en ese momento, pero no le importó, los gritos de los infectados y los golpes eran terribles, enloquecedores, pensó en alejarse hacia las oficinas, por una puerta lateral que utilizaban los cajeros para entrar al área de atención, pero lo verían si lo hacía.

Hasta ahora todos los que habían sido vistos por los infectados en ese banco estaban muertos, sus instintos le pedían que no se moviera, pero la lógica lo presionaba a alejarse del peligro.

La pantalla de un computador cayó al suelo frente a él, después la cpu completa arrastrando cables y lectores electrónicos de cheques, Ricardo solo podía cubrirse con las manos en la posición fetal que se encontraba, el olor de su orine llenaba el cubículo donde estaba arrodillado, sus piernas no soportaron mas la posición en que se encontraba y cayó arrodillado pesadamente sobre su charco de desechos, varios disparos se escucharon afuera en la calle, Ricardo sintió que los golpes y gruñidos amainaron, pero no quiso alzar la mirada, su cara estaba apoyada en el piso resbaloso y hediondo, se había dado por vencido, solo esperaba morir, no sabía que estaba ocurriendo, no había forma de procesarlo, solo sabía que la gente estaba muriendo a su alrededor.

Repentinamente pudo ver uno de los infectados, había logrado subirse al mueble de atención, estaba mirando las demás computadoras, Ricardo estaba directamente bajo él, no quería respirar, su cuerpo quería temblar, pero no lo dejó, se había paralizado por completo al detectar con el rabillo del ojo al ser, sentado como perro en el mueble sobre él, el infectado solo necesitaba bajar la mirada y lo vería ahí, tendido boca abajo.

Ricardo cerró los ojos, su mejilla izquierda pegada al piso orinado, sus dedos crispados sobre el suelo haciendo un esfuerzo enorme para no resbalar y delatarse con algún movimiento.

Solo esperaba morir.

Nada ocurría, podía escuchar claramente la respiración agitada y forzada del infectado, sentado aún sobre el mueble donde otrora pasaran cheques y billetes a diario.

De pronto, sin aviso alguno el infectado dejo de respirar, Ricardo, con los ojos todavía cerrados podía sentir la roja mirada en su nuca, discerniendo si se trataba de un cadáver o de un ser vivo.

–Mamiiii….. –El grito desesperado de una niña, provenía del otro lado del mueble, donde yacía una enorme masa de cuerpos desmembrados, bajo ellos la niña del brazo roto se arrastraba usando su brazo sano, saliendo de bajo los cadáveres de su abuela y el resto de quienes estaban en la fila.

Era un llanto cansado y apagado, pero el silencio en la institución bancaria era tal que retumbaba en las paredes, sus espasmos respiratorios productos del dolor y el llanto continuo, el sonido ahogado de sus suspiros eran potentes y claros susurros al oído de Ricardo, tras el tabique de aserrín prensado.

El infectado se dio la vuelta, aún en cuclillas sobre el mueble, se lanzó inmediatamente sobre la niña, ella emitió un chillido agudo el cual fue silenciado de inmediato cuando las manos del infectado le aplastaron la laringe, rompiendo su delicado cuello, el monstruo hundió sus dientes de inmediato en su hermosa carita sin vida de la pequeña.

Ocho infectados más se acercaban corriendo de todas direcciones a darse un festín con la malograda criatura cuyos ojos sin vida miraban fríamente fijos un letrero de oferta de préstamos para navidad que colgaba del techo del banco.

Ricardo se puso de pie a toda velocidad abriendo de un golpe la puerta del área de atención hacia las oficinas internas del banco, un oficial de seguridad, sentado en el piso le apuntaba directamente con su revólver, el sonido del disparo de veintidós milímetros no atrajo la atención de ninguno de los infectados en el banco.

 

 

 

 

 

 

Un amplio rayo de luz entró abruptamente al consultorio. La puerta de metal caía ruidosamente tras la patada de Alexander. La noche había convertido la pequeña clínica en una boca de lobo, no había forma de ver que había dentro, la luz entró solo unos centímetros en el piso de la puerta.

–Vamos –Le dijo Alexander. Desde la obscuridad un sonido casi imperceptible, le respondió, había algo ahí, sin dudas.

–¿Que fue eso? –Susurró Alexander. –¿Se habrá soltado la doctora? –La voz del gigante era nerviosa, una cosa era pelear con esas cosas afuera en la calle a la luz de lo que fuera, pero ahí dentro, la obscuridad parecía tocarle la piel, era una cosa negra con volumen y substancia.

–Espera, yo no entro ahí sin luz, pérate –Protestó Jorge, buscó en sus bolsillos, y encontró su celular, ejecutó una aplicación que le permitía todas las noches meter la llave en su cerradura en la obscura entrada de su departamento, no era más que un cuadrado blanco que cubría toda la pantalla, pero emitía suficiente luz para alumbrar débilmente a su alrededor, cuando la ejecutó vio fugazmente las barras de señal.

No había red disponible.

Jorge le dio el celular a Alexander, no quería soltar su barra de metal a pesar que sabía que el gigante lo podría usar con mucha más efectividad, el Alex levantó el celular y alumbró hacia adelante, sobre el hombro de Jorge diagonalmente hacia el piso. Pudo ver el marco de la puerta sin cortina, completamente negro en su interior.

Ambos estaban concentrados en ubicar la fuente del sonido que habían escuchado,  seguramente provenía de la “salita” pero a sus izquierdas se podían ver, vagamente iluminados, los dedos de un pie descalzo.

La mujer sin rostro y cuello roto los miraba desde la penumbra total, no respiraba, su corazón no latía, no había forma alguna de sentir su presencia, era como tener un mueble junto a tu oído, simplemente el cadáver de pie no era registrado por los instintos de conservación en ninguno de los dos jóvenes, ambos pasaron caminando extremadamente cerca de ella, camino a la puerta donde se encontraba la doctora.

La sala hedía, nauseabundos olores se mezclaban y obligaron a ambos a llevarse las manos a la boca y nariz, Jorge hizo arcadas, siempre había sido delicado para los malos olores y esta mezcla de entrañas y desechos era realmente asquerosa.

Cuando estaban por entrar a la salita, se vieron cegados desde las espaldas por una pequeña pero potente linterna de luz blanca que provenía de la calle, la luz les hacia doler la vista pero Alexander pudo divisar contra la iluminación de la calle, la figura de un hombre de mediana estatura que les estaba apuntando con un rifle o una escopeta no había forma de saberlo.

–¿QUIENES SON?, estoy armado, arrodíllense ahora mismo, ¿donde está Elena?

Cubriéndose de la luz con sus manos, Jorge y Alexander intentaron hacer ver que no eran fuente de peligro, pero la sangrienta barra de metal en la mano de Jorge ayudaba mucho en aquella primera impresión.

–Ve… disculpe, mire nosotros solo queremos ayudar. –Jorge de pronto se dio cuenta que el hombre había preguntado por una tal “Elena”. Y recordó que nunca le preguntó su nombre a la “doctora”.

–¿Usted es el esposo de la doctora?

Al escuchar esas palabras el hombre bajó el arma, y la luz dejó de apuntarles a los ojos por unos momentos, pero, de inmediato, el haz blanco de luz alumbró en el piso un charco de sangre enorme, desparramada, seca y con claras huellas de manos y dedos por todos lados.

El hombre armado, que ahora Jorge había visto con más detalle, llevaba lentes y bata de hospital, debía ser el esposo de la malograda doctora. Al ver la sangre en el piso, el doctor levantó la escopeta bruscamente apuntándoles nuevamente y caminó hacia ellos, dando largos pasos, puso la boca de la escopeta en el ojo derecho de Jorge quien levantó las manos y dejó caer el hierro al suelo, Alexander instintivamente hizo lo mismo levantando las manos y el celular.

La tenue luz del celular les permitió ver las facciones del hombre, debía tener unos cincuenta años, transpiraba copiosamente y su respiración dejaba ver que había corrido mucho para llegar ahí, sus ojos reflejaban desesperación, miedo y completa disposición para matar. Para Jorge era obvio que el arma acababa de ser usada, el cañón estaba caliente, le quemaba la piel y olía fuertemente a pólvora.

Aquel hombre acababa de disparar aquella escopeta.

–¡DONDE ESTA ELENA!, ¡DIMELO!, O ME LOS BAJO A LOS DOS DE UN TIRO NO CREAS QUE VAS A VENIR A SAQUEAR MI CONSULTORIO MALDITO LADRÓN. –Jorge podía ver el dedo del doctor sobre el gatillo, no temblaba, por el contrario estaba firmemente apretado sobre la pequeña pieza de metal móvil.

–Señor… soy un paciente, m…me atropellaron, ella me ayudó, y usted está actuando como un soberano imbécil, deje de perder el tiempo y vaya a ayudarla…

Jorge sintió que se veía a sí mismo fuera de su cuerpo al decir estas palabras, su voz estaba calmada pero sentía como la sangre subía por sus brazos hacia sus manos, sentía un cosquilleo eléctrico por su espalda que había iniciado en el momento en el que el metal caliente del cañón le tocó la cara.

Era una sensación que no podía describir, su brazo… más bien todo su cuerpo… Jorge quería aplastar la cabeza de ese hombre que amenazaba con dispararle, en ese momento no le importaba si apretaba antes el gatillo, tampoco si eso implicaba la muerte de Alexander, tras él.

Algo se había roto dentro del espíritu de Jorge, o quizá algo estaba despertando.

–¡PEDAZO DE MIERDA NO ME MIENTAS! TE VI FORZAR LA PUERTA y AL MARICÓN ÉSE LO VI PATEARLA. –Jorge Sonrió, iba a agarrar el cañón, pero Alexander lo interrumpió.

–Señor…. –Balbuceó el gigante –¿Si estábamos fuera como podríamos haberle hecho daño a ella?

Alexander sacó estas palabras de la poca lógica y raciocinio que quedaba en su cerebro al ver la escopeta apuntando a la cara de su compañero.

Ese disparo iba a partirle el cráneo a Jorge y los perdigones seguirían su camino hacia él sin mucha dificultad dado los pocos centímetros que lo separaban.

Los ojos del doctor parpadearon por un instante, miró hacia la izquierda un fugaz segundo y volvió a apretar el cañón contra la cabeza de Jorge.

–Ella está dentro, fue mordida, quizá ya es una de esas cosas.  –Las palabras de Jorge fueron frías, sin anestesia, el doctor parecía saber claramente lo que eso significaba, seguramente vio el ciclo de contagio muchas veces afuera en la calle.

Alexander que todavía estaba tras Jorge, dejó de mirar al doctor y fijó su mirada en la nuca del joven, el gigante estaba completamente perplejo, era prácticamente un suicidio dirigirse en esos términos a un hombre así de alterado como se encontraba el que les apuntaba.

Sin embargo Jorge logró el efecto que buscaba…

El temple del hombre armado se ensombreció por completo, bajó la escopeta, ellos parecieron desaparecer por completo de su vista, solo miraba hacia la puerta sin cortina y, apartándolos con el brazo derecho caminó hacia la salita.

Alexander y Jorge se movieron hacia la derecha para dejarlo pasar, cuando lo hicieron, el celular de Jorge, todavía en manos de Alexander, alumbró involuntaria y débilmente hacia la pared junto a la entrada del consultorio.

La mujer sin rostro estaba ahí, mirándoles.

Las sombras de la débil luz la hacían ver más macabra y fantasmagórica todavía, si es que eso era posible.

El brillo de la linterna del doctor no los había dejado notar mientras ella caminó hacia la puerta.

Ambos perdieron el habla por completo, Jorge volvió a ser la criatura vulnerable que había sido siempre, se le aflojaron las piernas y cayó arrodillado al piso, su rodilla derecha se golpeó con el tubo de metal que había dejado caer, pero no sintió dolor.

Su cerebro estaba completamente saturado.

Ella estaba muerta. No lo dudaba él y mucho menos Alexander que había sentido su cuello romperse bajo sus brazos. ¿QUE ESTABAN VIENDO?

¿Qué era eso de pie a unos tres metros de distancia?

Alexander vio que los ojos de la mujer que habían sido rojos y furiosos ahora eran blancos, lechosos, no parecían mirarle, su piel era grisácea y tensa, miraba al vacio, a la nada, su boca estaba abierta, o más bien su quijada estaba suelta. Tampoco se movía, podría haber sido perfectamente una foto en la pared de no ser por las macabras sombras que se proyectaban detrás de ella con el movimiento de la nerviosa mano de Alexander quien sostenía el celular.

–Jorge. ¿Ella…? –Intentó preguntar Alexander.

El estruendo metálico, de lo que parecían ser todo tipo de instrumentos médicos cayendo al suelo, los hizo mirar hacia atrás, el doctor forcejeaba con algo dentro de la sala, no pudieron ver con qué pero se lo imaginaron, el cadáver del hombre al que Jorge disparó tampoco estaba en el piso.

Ninguno de los dos cadáveres estaba donde los habían dejado, bajo la cortina sobre la que Jorge estaba arrodillado.

Jorge no pensó en nada más, agarró el tubo de metal y mitad corriendo, mitad gateando, se encaminó hacia la puerta, eran solo tres metros, pero fueron kilómetros sabiendo que en el último par de centímetros para salir, estaba de pie el cadáver de la mujer sin rostro.

Alexander reaccionó unos segundos después, pero Jorge ya estaba saliendo por la puerta, la mujer no se movió al pasarle Jorge al lado,

El gigante corrió, él no podía agacharse como Jorge y correr, era demasiado alto para eso,  justo en el momento en que estaba a unos centímetros del cadáver, escuchó un disparo de escopeta tras él.

El ser sin cara, reaccionó al sonido del disparo, giró su cabeza inclinada por su cuello quebrado y lo miró directamente a los ojos, en ese fugaz instante paralizado en el tiempo, mientras el gigante miraba los ojos sin vida que lo llamaban en la obscuridad, sintió que el alma le abandonaba el cuerpo.

Pero no iba a detenerse, y no lo hizo. Cuando hubo puesto ambas piernas fuera del consultorio se dio cuenta de que traía a rastras el cuerpo de la mujer sin rostro, le había agarrado el brazo derecho, la mujer estaba ya abriendo su horrible boca para morderlo en la parte trasera del antebrazo.

Alexander alcanzó a tomar un mechón del cabello de la mujer con su mano izquierda y logró atrasar la mordida a solo unos centímetros de la parte trasera de sus bíceps, era una posición muy forzada, casi no le podía hacer fuerza al largo mechón de pelo para alejarla, la mujer ya no era fuerte y furiosa como cuando estaba “viva” pero ahora todo su cuerpo parecía contraerse en una sola macabra intención, hundirle los dientes.

Estaba aterradoramente fría, y de su garganta solo salía un estertor.

–¡AYUDAME! –Chilló en medio del pánico el gigante.

Jorge corría a unos cinco metros de distancia cuando escuchó a Alexander, sintió una enorme vergüenza al darse cuenta que corrió sin pensar en su compañero, ni por un instante.

Se dio la vuelta y vio a Alexander apoyado en el marco de la puerta halando el cabello de la mujer sin rostro la cual prácticamente le mordía el brazo por unos milímetros.

Jorge no iba a poder alcanzar a su compañero antes de que lo mordieran, se le hizo un vacio enorme en el estómago, dio un paso para correr hacia Alexander, lleno de rabia hacia si mismo por haber corrido cobardemente, pero escuchó un segundo disparo de escopeta.

La cabeza de la mujer sin rostro estalló en un chorro de fragmentos y sangre que volaron en dirección a la calle desparramándose por completo, una enorme pintura abstracta de sesos y sangre se pintó en el piso, desde los pies de Alexander, continuando por la acera, hasta el vidrio delantero de un sedan estacionado frente al consultorio.

Alexander cayó sentado jadeando con el cabello de la mujer en sus manos, el mechón estaba todavía adherido a un pedazo cóncavo de cráneo y el cuerpo de la mujer, que ahora solo existía de los dientes hacia abajo se estrelló contra el piso de la acera.

El cadáver quedó acostado sobre las piernas de Alexander quien obstruía la puerta sentado, mirando el sangriento suvenir que tenía en la mano.

Jorge se quedo ahí de pie, el doctor salió, su ropa estaba llena de sangre y manchas negras producto del forcejeo con el engendro que devoró a su esposa adentro en el consultorio.

Salió a la calle dando un largo paso sobre Alexander y el cadáver sin cabeza. Desde el tallo cerebral del cadáver salía una cantidad considerable de aceite negro, chorreaba hacia el piso, haciendo un pequeño charco brillante, completamente negro.

El doctor mantenía la mirada en el suelo, estaba ensimismado en las horribles imágenes que acababa de presenciar, había encontrado a su esposa completamente desmembrada y reanimada sobre la camilla.

La parte superior e inferior de su cuerpo estaban unidas solamente por la columna vertebral y algunos jirones de piel, grasa y tendones de la espalda que no habían sido alcanzados por las manos y dientes del monstruo que la devoró, cuando aún estaba viva.

Tuvo que pelear con el hombre reanimado para levantarse, había logrado poner el cañón de su escopeta en la cara y disparar, al ponerse de pie y alumbrar a la camilla, vio los restos mortales de su mujer, moviéndose e intentando morderlo desde las amarras que la sostenían.

El a esas alturas, desde el momento en que Jorge se lo dijo, sabía lo que debía hacer, pero no pudo, esa era su esposa, la razón de que se levantara a diario a trabajar, con quien había compartido ocho años de su vida y con quien disfrutó la ilusión de ser padres, la que finalmente se convirtió en dolor por un embarazo que no llegó a término, eran sus restos, ella estaba ahí, moviéndose imposiblemente, y él no podía matarla.

Se apoyó con la mano izquierda en el techo del sedan salpicado de sesos, la escopeta apoyada en el piso cual bastón, agachó su cabeza. Mientras miraba el piso las lagrimas bajaban copiosamente por sus mejillas, tomaba profundas bocanadas de aire porque sentía que se iba a desmayar, su vista se estaba nublando.

Olvidando lo peligroso que podría ser acercarse a él en ese estado, Jorge lo tomó del hombro, y le ayudó a sentarse apoyándolo en la puerta trasera del auto, a su lado en la puerta delantera aún resbalaban lentamente pedazos de la cabeza y cientos de fibras de cabello de la mujer sin rostro. El vidrio del auto había estallado al recibir varios balines del disparo.

–Solo hizo dos disparos –Le dijo Jorge. Sabía que uno debió ser para sacarse el hombre de encima y que el otro lo había usado para salvar a Alexander, quien todavía miraba aturdido el muñón con pelo de la mujer en sus manos.

–¿Ella está..? –Preguntó Jorge.

–Se está moviendo –Sollozó el doctor, y se enterró a llorar bajo sus brazos sobre sus rodillas.

–Entiendo. –Concluyó el muchacho.

Jorge tomó la escopeta de las manos del doctor, miró el abultado bolsillo en la bata del médico e intuyó que ahí llevaba mas cartuchos de municiones, pidiéndole permiso sacó dos, sin decir nada más, se acercó a Alexander, y le entregó la escopeta.

–¿Sabes cargarla? –Mientras Jorge tiraba por las piernas del cuerpo de la mujer sin cabeza hacia la acera, Alexander lo miraba con la escopeta en las manos, sin dar señales de haber entendido la pregunta.

–Alex, yo no sé cargar una escopeta, ¿sabes tú? Alexander mecánicamente y sin dejar de mirar a Jorge abrió la escopeta, sacó los cartuchos y procedió a insertar dos cartuchos mas por la puertecilla de entrada, lo había hecho muchas veces en la finca de su tío.

–Jorge soltó el cuerpo de la mujer, que ahora ya no estaba sobre su compañero, caminó hacia él y casi sin detenerse al pasarle por arriba tomó la escopeta con una mano, se internó en la obscuridad entrando al consultorio.

El muchacho caminó sin titubear hacia la pequeña puerta sin cortina de la salita de atención, en el piso la linterna que había dejado caer el doctor en el forcejeo, permitía ver tenuemente toda la salita, el piso estaba lleno de brillante instrumental médico, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la camilla estaba el hombre sin quijada.

Tenía un hoyo en el ojo izquierdo y detrás de su sien no había absolutamente nada más,  los huesos frontales de su cara eran lo único que quedaba de su cabeza al haber estallado por detrás.

Al entrar vio la grotesca figura de la mujer prácticamente partida en dos, sus ojos estaban blancos, como los de la mujer muerta sin rostro hace unos minutos, lo seguía con la mirada fijamente, Jorge pensó por un momento que, se parecía más ahora a la doctora que conoció, que cuando la vio con los ojos rojos sobre la camilla.

Sin embargo, esa no era la doctora, era su cadáver, era irreal verla con la cabeza levantada mientras sus intestinos resbalaban y caían por el lado de la camilla.

Jorge levantó la escopeta, apuntó a la cabeza de la mujer, el muchacho sabia que ese tipo de armas disparan una nube de cientos de perdigones y estos se dispersan a medida que viajan hacia el blanco, quiso asegurarse de terminar con ella de un solo tiro. Se acercó un poco más, las manos del joven e improvisado verdugo comenzaron a temblar y su ojo derecho lagrimeaba, su respiración se entrecortaba en algo que parecía un llanto cansado, sin embargo, ahora no sentía un nudo en la garganta, no tenía ganas de llorar, solo quería terminar el sufrimiento de esa mujer que lo había ayudado hace un par de horas.

Ella abrió su boca mostrándole los dientes, varios estaban quebrados, sus incisivos frontales estaban rajados en varias partes con horribles grietas en dirección a sus sangrantes encías.

De su boca abierta salió un sonido profundo, como un bostezo gritado, proveniente de unos pulmones muertos y de un diafragma destrozado.

Jorge se estremeció, comprendió que la doctora no estaba ahí frente a él, no quiso escuchar más y haló con fuerza el gatillo, vio desaparecer la cabeza de Elena tras el deslumbrante fogaje que emitieron los dos cañones de la escopeta simultáneamente, el disparo lo empujó violentamente, dio un paso completo hacia atrás, perdió el equilibro y cayó sentado sobre un pequeño banquillo.

Una explosión profunda se escuchó a lo lejos, Alexander reconoció el sonido, un transformador había estallado en algún poste de tendido eléctrico en las cercanías, el gigante se estaba poniendo de pie para ir a donde Jorge tras escuchar el disparo, pero en ese instante la luz en todo ese sector de la ciudad, desapareció.

Ahora, en la obscuridad completa, la linterna en el piso de la salita permitía al gigante ver a Jorge sentado con la escopeta humeante en las manos, tras la puerta sin cortinas, el muchacho estaba sentado en silencio, totalmente deslumbrado y sordo mirando al vacio.

Una lágrima bajaba lentamente desde su ojo derecho.

 

 

 

Daniel miraba al obscuro vacío de la noche desde el paso elevado en Vía España, no había intentado dormir, sabía que no lo lograría.

Durante la noche tuvieron que soportar la abrumadora presión psicológica de los gritos de los infectados bajo ellos, eran constantes, la mayoría de los sobrevivientes había improvisado tapones para los oídos con papel o cartón incluso tela.

Aquellos que habían utilizado sus reproductores de música para huir de la realidad ya no tenían carga. El grupo había acordado utilizar la parte inferior de una de las escaleras como baño, pero bajar ahí, cerca de los infectados a solas, era realmente aterrador, sólo lo mas “urgidos” habían ido a utilizar el improvisado “toilette” escalonado, otros no habían bajado más que un par de escalones y hecho sus necesidades tan cerca que ya el olor nauseabundo subía al puente.

En los edificios circundantes había luces en muy pocas ventanas, una o dos por cada edificación, el Banco nacional y otros tenían algunas ventanas iluminadas, pero no había actividad en ellas.

En otros lugares la actividad en aquellas ventanas iluminadas no fue evidente hasta que vieron personas lanzarse al vacio junto a alguien más, que probablemente era algún infectado persiguiéndolos a la muerte.

Al final parecía ser muy mala idea encender luces con esos seres rondando en la noche.

Dentro del almacén al que metieron al guardia de seguridad mordido por la vendedora de naranjas, se escucharon cientos de personas gritar y golpear las cortinas metálicas cerca de las tres de la mañana, el escándalo duró unos veinte minutos, después los gritos cesaron y ahora el local estaba en silencio.

Pero pasadas las cuatro de la mañana, todo cambió bajo el puente. Ahora además de los gritos, se sumaron el ruido de regurgitaciones y arcadas, parecía ser gente vomitando bajo el puente, además del sonido constante de algo que parecían ser cubetas de liquido cayendo al suelo intermitentemente, no había forma de saber lo que estaba ocurriendo, el cielo estaba negro y la calle bajo el puente era un rio obscuro de chapoteos y ruidos ininteligibles… a las cinco de la mañana casi no habían gritos, solo algunos débiles chapoteos.

Algunos de los sobrevivientes discutían en la obscuridad si era posible que los infectados se hubieran ido o disminuido en número, quizás podrían escapar si era así.

Tendrían que esperar a los primeros rayos de luz.

Cuando el horizonte empezó a cambiar de negro a azul obscuro, la luz fue suficiente para que los refugiados comprendieran que la posibilidad de huir seguía siendo la misma.

Ninguna.

La calle seguía llena de seres, ahora parecían ser más, muchos más, pero estaban todos en silencio, ya no miraban al puente, no gritaban, solo estaban ahí, de pie, exhibiendo las horribles heridas que los habían llevado a ese estado. Los pocos que se movían parecían hacerlo sin rumbo, arrastrando los pies.

Era peor verlos en ese silencio contemplativo que gritando como animales, Daniel no entendía por qué, pero le estremecía mil veces más ese mar de seres completamente callados que el océano de locos rabiosos de la tarde anterior.

La profunda calma y solemnidad de aquellos seres, los hacía parecer un grupo, una entidad, una masa con un propósito, era una sensación aplastante.

Casi todos tenían manchas de sangre coagulada que caía por su boca y pechos.

A diferencia del día anterior ahora parecían estar… muertos, cuando hubo un poco más de luz, Daniel pudo observar que sus ojos eran grises y lechosos, recordó los post que había leído en internet sobre los muertos volviendo a la vida, pero no quiso comentar nada, estaba completamente hipnotizado por la imagen que a cada momento se tornaba más clara, a medida que el sol subía lentamente en el horizonte.

Unos minutos después, cuando hubo más luz y todos los sobrevivientes miraban horrorizados sobre el puente el dantesco espectáculo, Andrea dijo en voz baja a la señora Johanna.

–Sus ojos… están blancos.

–Tenemos que hacer algo con respecto a él.

Carlos los interrumpía señalando al hombre infectado que los acompañaba, lo habían amarrado a la puerta de metal que divida el puente con el centro comercial.

Su aspecto era tal que no podían soportar mantener la mirada en él mucho tiempo. Las heridas habían irradiado venas de color negro hacia todo su cuerpo, estaba hinchado y respiraba con dificultad. Se movía repetitivamente de atrás hacia adelante arrodillado en el piso y parecía estar murmurando una oración, de vez en cuando se detenía a tomar aire sonoramente y continuaba.

Nadie había querido sentarse cerca de él en la obscuridad. Ahora hasta los que el día anterior defendían fervientemente al hombre basados el agradecimiento que le debían por colocar las barricadas, estaban completamente arrepentidos tras pasar una noche en la completa obscuridad en el mismo lugar que él, sin saber en qué momento convertiría para matarlos tras soltarse.

Después de todo solo habían podido usar unas correas de pantalón para amarrarlo.

–Yo digo que lo tiremos como al resto. –Señaló Carlos. –Es cierto que ha tardado muchísimo más que los demás en perder el conocimiento, pero en el momento que lo haga, cuando se vuelva loco, no vamos a poder manipularlo con seguridad, y  yo no me voy a poner de voluntario a que me muerda.

El “abogado” los miraba temerariamente.

–Me ofrezco a sacarlo del puente AHORA que es seguro, después será problema de ustedes. –Carlos acababa de expresar un punto indiscutible, y a la vez se ofrecía a terminar con el problema de inmediato, aun así añadió.

–Tú… Andrea. ¿Qué opinas? ¿Lo quieres aquí cuando se convierta… junto a tus hijos? ¡Qué perla de madre eres!  –Mientras la cuestionaba, miraba fijamente a la cansada mujer, ella acariciaba nerviosamente el cabello de su hijo mayor que dormitaba incómodamente en el piso.

–¡Coño! ¿Nadie va a decir nada? Ya todos vieron allá abajo suficientes veces lo que ocurre. –Carlos señalaba sus dedos usándolos para enumerar los pasos en que actuaba la plaga.

Te muerde, te enfermas, pierdes el conocimiento y te vuelves loco. ¡Después te unes al club de los rabiosos y continúas por ti mismo la fiesta de contagio a mordiscos!

–¡Mírenlo! ¿Cuánto le puede quedar? –Carlos señalaba con sus dos manos al hombre que se bamboleaba en el piso.

–Yo creo que tiene razón. –Luis se ponía de pie dejando a Nicolle durmiendo en el piso, todavía envuelta en su chaqueta, su camisa estaba abierta en varios botones y su falda desarreglada, una mezcla de morbo y rabia se apoderaron de Daniel por unos segundos, ¿Habría sido capaz aquel desgraciado ese de aprovechar la noche para “matar la tensión” con ella?

–Luis caminó hacia Carlos, y se arrodilló frente al enfermo que se balanceaba, sin embargo el joven se mantuvo a una distancia prudente.

–Lo siento. –Le dijo en voz baja. –Ayúdeme a soltarlo de la reja por favor Don Carlos, no creo que ponga resistencia.

–Nadie se movió del grupo para ayudar al joven, así que él mismo comenzó a desamarrar una de las dos correas que utilizaron para detenerlo, sólo soltaron la que lo mantenía atado a la puerta de hierro, la otra mantenía sus codos amarrados casi juntos tras su espalda.

Tras soltarlo, Luis se puso tras el condenado, sosteniendo la correa que colgaba de sus brazos como quien lleva un perro a pasear, el hombre se puso de pie muy trabajosamente, por un momento pareció que iba a caer de frente al piso, pero al inclinarse, su cuerpo se contrajo violentamente y tras un sonido de arcada vomitó una masa obscura de carne y sangre.

Los pocos que no se habían alejado a ese punto, llegaron rápidamente al otro extremo del puente, los sobrevivientes evitaban mirar al condenado. Carlos sin disimular su asco lo ayudó a reincorporarse con algunos empujones, pero evitando claramente hacer mucho contacto con él.

El infectado aún murmuraba, parecía estar meditando para no perder la conciencia.

Daniel se alejó unos pasos cuando el enfermo vomitó y así evitar ser salpicado, notó que Nicolle se había incorporado y se estaba acomodando la ropa interior bajo la falda, trataba de abotonar disimuladamente su camisa. Ella lo miró de improviso, Daniel no supo qué hacer, pero ella tomó la iniciativa y se puso de pie escudándose del hombre enfermo tras él, cuando Daniel sintió las manos de Nicolle tocarle suavemente la espalda estalló en una serie de sensaciones contradictorias con las que no estaba preparado para lidiar en ese momento, dio un paso involuntario hacia adelante y se alejó de Nicolle.

Todos en el paso elevado podían sentir que aquel ser que estaba ahí de pie ya no era el “bien cuida’o” que los había salvado el día anterior poniendo barricadas en las entradas.

–Bajemos la escalera. –Ordenó Luis, su voz era suave pero firme, el hombre enfermo no discutió, miraba al piso, dio dos pasos hacia la escalera y empezó a bajar el primer escalón.

–Luis miró por un momento a Carlos. –Su expresión era obvia, Carlos lo estaba dejando solo en la tarea de bajar con el infectado.

Lo cierto es que Carlos había empezado a dudar completamente si el “bien cuida’o” seguía ahí de pie… o si ya era otra cosa.

Sus sospechas estaban a segundos de ser ciertas.

–¿Me va a acompañar o qué? –El miedo a bajar solo de Luis era evidente, pero nadie ahí lo culpaba, era bastante ya lo que el muchacho había hecho, era digna de admiración su valentía o su estupidez, pero sea lo que fuere, era el único que estaba haciendo lo que era necesario en ese momento para mantenerlos seguros.

–Fuera de la vista de todos, unos escalones más abajo, el hombre abrió la boca y dijo:

–“La radio no tiene baterías”. –Las palabras del infectado solamente llegaron a los oídos de Luis, pero no las pudo comprender.

Acto seguido el enfermo perdió el equilibro, y Luis que había dado dos vueltas la correa sobre su muñeca izquierda, recibió un enorme tirón, balanceándose peligrosamente hacia la escalera, su pie izquierdo tropezó resbaló con una pierna estirada en la escalera y la otra doblada todavía en el primer escalón formando una dolorosa “ele” digna de la mas experimentada de las bailarinas.

El muchacho alcanzó a agarrar de la mano de Carlos para no resbalar escaleras abajo.

Luis logró soltarse de las amarras y el hombre con los brazos amarrados siguió cayendo inconsciente por los escalones, como un saco que rodaba sobre los excrementos de varios de los sobrevivientes, el joven observó con horror lo fácil que sangraba cada sector de la piel del infectado al tocar los bordes metálicos de cada escalón durante su caída.

Prácticamente se estaba deshaciendo.

Nicolle salió de atrás de Daniel, corriendo a ayudar a Luis, a quien Carlos intentaba poner de pie, los demás incluyendo a Daniel solo miraban.

Pero Nicolle solo dio dos pasos y se detuvo, un grito ensordecedor emanó de la base de la escalera.

Luis se puso de pie lo más rápido que pudo sin dejar de mirar la escalera, Carlos lo soltó de inmediato y corrió hacia el extremo contrario del puente, cuando pasó junto a Daniel, pudo escucharlo mascullar. “Coño, se los dije, ahora vean que hacen… vean que hacen. Yo no sé”

Todos se apretujaron contra el extremo contrario del puente, todos a excepción de Luis retrocedió como pudo con su pierna lastimada y se estrelló contra la pared contraria del puente, cayendo al piso sentado, no dejaba de mirar horrorizado la entrada a la escalera, había visto al hombre ponerse de pie y mirarlo con sus ojos rojos.

Luis estaba completamente fuera de sí, chillaba horrorizado como si lo estuvieran atravesando con un cuchillo caliente, inconscientemente usaba sus piernas para seguir retrocediendo alejándose sentado del infectado, su cerebro estaba demasiado colapsado para hacerle caso a su espalda que le indicaba que había una pared tras de sí.

Daniel no se movió, Nicolle también pasó junto a él corriendo, alejándose de Luis.

Todos se apiñaban, hombres y mujeres en el extremo más lejano del puente, Andrea tomó a sus dos niños despertándolos bruscamente, y la bebe comenzó a llorar con fuerza, era el llanto rápido y entrecortado de una criatura asustada y con hambre.

Las manos de Daniel temblaban, sin embargo no sentía deseos de huir, se preguntaba si vería morir a Luis, y si él sería el siguiente. ¿Qué diría su madre? ¿Qué diría Nicolle si él moría? … Probablemente ni sabia su nombre.

El infectado subía lentamente la escalera, miraba a sus lados violentamente, desorientado como todos al “volver”, cuando estuvo a la altura suficiente para divisar nuevamente a Luis, fijó sus ojos en el muchacho y, abriendo la boca, lanzó un segundo grito. Sus brazos continuaban amarrados por lo cual perdió el equilibro al subir, partiéndose la nariz y varios dientes en el metal protector de los escalones.

Sin demostrar dolor alguno se puso de rodillas y continuó subiendo, respiraba con esfuerzo y gruñía para sus adentros, Daniel lo vio pasar como un bólido lanzándose y aplastando a Luis.

El joven en el piso alcanzó a reaccionar en medio de su horror y agarró al infectado por los brazos muy cerca de los hombros, el hombre, estiraba su cara para morderlo como un animal hambriento, se podía escuchar el chasquido de los dientes al cerrarse violentamente a centímetros de la cara de

Luis que gritaba llorando en el suelo.

El muchacho solo podía mirar los ojos inyectados en sangre del loco, la cara y pecho de Luis se salpicaban de sangre mezclada con aceitosas gotas negras.

Por un instante, en medio del caos Luis tuvo la claridad de mente para concluir que aquel hombre podría haber planeado esto para vengarse de ellos, quizá había intentado mantenerse consciente hasta el último instante solo para poder llevárselos a todos en la mejor oportunidad.

Luis quería mirar a su derecha para pedir ayuda pero sabía que todos lo habían dejado ahí tirado a su suerte, él estaba completamente seguro que eso mismo es lo que habría hecho de ser ellos, sin embargo no se iba a dejar morder sin luchar, intentó aflojar la mano derecha para pegarle un derechazo al infectado, pero la presión que ejercía el cuerpo contra él era tal, que si soltaba la mano, sus dientes lo alcanzarían.

Súbitamente la cara del infectado desapareció de enfrente de Luis, el rabioso había sido empujado violentamente desde la derecha, la embestida había sido rápida, brusca y sorpresiva, prácticamente lo arrancó de las manos del desesperado joven en el piso, ambos el infectado y el atacante volaron frente a Luis cayendo aparatosamente en el suelo a su izquierda.

Luis se incorporó de inmediato limpiándose la cara y tratando de adivinar quién lo había salvado, Daniel estaba acostado sobre el infectado, a poco más de un metro de donde Luis estaba sentado, había metido sus brazos por debajo de los codos amarrados del infectado e intentaba presionarlo contra el suelo con su poco peso.

<<Mierda… es el pequeñajo>> Luis no daba crédito a sus ojos, Daniel forcejeaba como poseso con el infectado en el suelo, había logrado enredar sus brazos de forma tal que el infectado no encontraba punto de apoyo para ponerse de rodillas, pero Daniel tampoco podía soltarse.

Luis miró al grupo de sobrevivientes y comprobó que ninguno se había movido, comprendiendo su realidad, corrió tratando de no resbalar con el vomito del infectado, y pateó con todas sus fuerzas la cabeza del rabioso que forcejeaba en el suelo.

La patada no surtió efecto alguno, y Luis estuvo a punto de caer al piso, apoyándose en el barandal de cemento del paso elevado descargó una tanda de pisotones y patadas sobre la cabeza del infectado.

El ser no dejaba de mirarlo hacia arriba con su ojo izquierdo lleno de una creciente ira.

Luis usaba unos zapatos de suela fuerte y en un par de pisotones la carne tras la cuenca ocular del infectado empezó a desprenderse dejando el hueso expuesto, pero los forcejeos de la criatura por levantarse no amainaban.

Daniel no estaba seguro de cómo había llegado a ese punto la situación, solo sabía que se había visto a si mismo fuera de su cuerpo corriendo hacia el infectado para embestirlo y evitar que mordiera a Luis.

Ahora estaba trabado en las espaldas del rabioso por haber metido su brazo bajo sus codos amarrados, el infectado había halado hacia adelante sus brazos y no dejaba salir su brazo izquierdo. Las patadas de Luis no lograban más que hacerlo enfurecer.

Daniel sintió una brusca liberación en la presión que ejercía el infectado sobre sus brazo, con horror miró hacia abajo, ¿se habría roto la correa?

Pero no, la correa todavía estaba ahí, sin embargo se había corrido subiendo por el brazo derecho del infectado hasta su hombro quedando como un cabestrillo invertido, el brazo derecho del infectado estaba ahora liberado, porque se había dislocado a la altura del hombro.

En un ser humano normal esto habría bastado para que el brazo quedara inservible.

El ensordecedor dolor producido por la rotura de la capsula de cartílago y tendones que protegen la articulación del hombro habría bastado para ello. Pero un infectado no siente o no hace caso al dolor, su brazo horriblemente fuera de lugar ahora intentaba levantar el cuerpo y al muchacho al mismo tiempo.

Daniel no encontraba un punto de apoyo, pero logró zafar su brazo izquierdo. Valiente o estúpidamente, tomó la cabeza del rabioso y la empujó hacia abajo en el intermedio de alguno de los pisotones de Luis.

Pero ya era demasiado tarde, el infectado se lograba poner de pie, Luis lo pateó varias veces en el costado, como buen matón de colegio, contaba con mucha experiencia pateando gente en el suelo pero, esa gente se quejaba, se contraía sumisamente a una posición fetal.

Todos hacían lo mismo después de la quinta o cuarta patada bien puesta. Luis ya casi no sentía su tobillo de la fuerza con la que estaba pateando y el infectado solo parecía crecer más y más en la fuerza y violencia de sus espasmos.

Daniel miró hacia el extremo opuesto del paso elevado, mirando al resto de los sobrevivientes con rabia abrió su boca para pedir ayuda.

Sin embargo, antes de pronunciar palabra alguna, una sensación de “deja–vu” lo invadió, recordó al muchacho con el niño bajo el puente el día anterior, se dio cuenta, que ahora era él quien estaba mirando al resto para implorar ayuda.

Pudo sentir la impotencia de aquel desdichado, su miedo ante la certeza de la proximidad de la muerte y sin embargo no culpó al resto de los sobrevivientes.

Pero comprendió que la ayuda no vendría.

Nadie se iba a mover como él lo hizo por alguien que no conocía. Todos tenían algo más que perder. El por alguna razón no. Y sin embargo no tenía planeado morir, primero debía averiguar cómo estaba su madre.

Su madre.

–¡Luis! ¡Dentro de mi mochila hay dos cuchillos! –Gritó Daniel en medio del recuerdo de su madre preparando su mochila en la mañana.

–¡Ve! –Daniel no miró a Luis al emitir esta orden, no fue necesario, Luis corría hacia el sector donde recordaba que estaba la maleta del joven, Nicolle había escuchado también la orden de Daniel y se había abalanzado de inmediato a la maleta que estaba junto a ella, dándola vuelta y vaciándola, dos cuchillos de mesa cayeron junto con tres botellas de agua mineral y varios chocolates, así como varios libros.

La muchacha removió rápidamente la pequeña pila de objetos que se formó en el piso y tomó nerviosamente uno de los cuchillos, pasándoselo a Luis quien llegaba en ese instante junto a ella.

Luis miró el cuchillo, era un utensilio para untar mantequilla o mermelada en el pan, no tenía filo, ni punta, tampoco contaba con una sierra decente para cortar carne, pero era de plata, sólido y pesado… Era mejor que nada.

Al darse la vuelta sobre sí mismo para volver hacia Daniel, Luis vio con horror como el infectado se alzó en peso con el delgado joven colgando en sus espaldas.

Daniel continuaba agarrado de su hombro y de sus cabellos. Era un hombre alto y el joven colgaba de el cual niño de diez años cruzando sus piernas alrededor de sus costillas.

Andrea miraba todo lo que ocurría con sus dos hijos en brazos, los apretaba con fuerza mientras temía a cada segundo que el infectado terminara con los dos muchachos para volverse hacia el grupo de sobrevivientes que, junto a ella se apiñaban contra el extremo de la escalera opuesta del puente. Pensaba en todas las opciones posibles pero ninguna era una salida real, todas requerían bajar a su hijo mayor al piso para poder blandir algún arma, y no encontraba nada que sirviera para ese efecto además de su cartera.

Quería ayudar a los jóvenes, esa era la verdad, pero su responsabilidad estaba para con los niños, si algo le pasaba a ella quedarían totalmente desamparados en medio de esta horrible situación.

Luis corrió tan rápido como sus piernas le permitieron, el infectado estaba concentrado dando vueltas para dar un manotazo a Daniel y se abalanzaba peligrosamente hacia los barandales del paso elevado. Cuando Luis llegó al rabioso, éste retrocedió perdiendo el equilibrio balanceándose hacia el barandal, Daniel quedo sentado peligrosamente sobre la pequeña pared de cemento que hacía de pasamanos del puente elevado.

Luis pudo observar con horror que por un segundo, Daniel olvidó toda precaución al sentir que iba a caer de espaldas a la calle, cruzando su brazo sobre el cuello del infectado para sostenerse mejor.

El rabioso, aplicando su enorme fuerza haló el brazo de Daniel, separándolo de su cuello y colocándolo frente a su boca abierta.

En aquel fugaz instante Daniel miró directamente a los ojos de Luis, todo se acabaría ahí, lo iba a morder.

Luis, al ver que los dientes del infectado ya se apoyaban cerrándose resbalosamente sobre el brazo del muchacho, asestó una violenta y profunda estocada en el ojo derecho del rabioso haciendo retroceder su cabeza, la cual golpeó en la nariz al muchacho que estaba detrás, el cuchillo se quebró no sin antes perforar el hueso posterior de la cuenca ocular del infectado, traspasando su cerebro.

La reacción fue inmediata, la mordida no se concretó, quedando los dientes simplemente apoyados sobre el brazo de Daniel, las piernas del rabioso se doblaron levemente y su ojo izquierdo se torció hacia arriba en un corto espasmo convulsivo, los brazos del infectado cayeron flácidos a los lados del cuerpo y empezó a resbalar hacia atrás por encima del barandal siguiendo el peso de Daniel cuyo trasero resbalaba colgando por el borde del puente.

Daniel no podía hacer nada para evitar caer, si se soltaba del infectado caería de igual forma, ahora el cuerpo sin vida del rabioso se inclinaba sin fuerza alguna hacia atrás, una horrible sensación de vértigo recorría la espalda de Daniel mientras veía más y más el techo del paso elevado.

Cuando ya Daniel caía todavía agarrado al cuerpo, sintió como Luis agarro el brazo del infectado, deteniendo por un momento su caída, sin embargo el cuerpo de Daniel ya se encontraba colgando por completo  fuera del paso elevado agarrado de la espalda del infectado inerte.

Las piernas de Daniel se habían soltado y pendían libremente en el aire, mientras el joven se esforzaba por no resbalar de los hombros y cuello del cadáver, Luis apretaba todo su cuerpo contra el barandal para halar el enorme peso de ambos.

Cuando Luis sintió que el brazo del cadáver se soltaba de sus dedos, tres pares de brazos aparecieron y tomaron de varias partes distintas al infectado, la señora María, Carlos y Nicolle halaban al horrible cuerpo ayudando a Luis.

El cuello del infectado estaba resbaloso, lleno de vómito, sangre y esa cosa negra que salía por todas sus heridas. Daniel sintió como su brazo se resbalaba, primero pensó que podría mantenerse agarrado, pero al segundo siguiente comprobó con estupor que no contaba ya con las fuerzas ni la fricción necesaria para seguir agarrado del cadáver.

Su brazo se soltó tan rápido como halaron hacia arriba el cuerpo del infectado y vio alejarse el puente elevado rápidamente mientras caía.

Cuando los brazos del joven perdieron contacto con el infectado, los cuatro rescatistas salieron despedidos junto con el cadáver del cual tiraban volando hacia el lado opuesto del paso elevado, todos menos Luis cayeron sentados.

Daniel veía el cielo nublado mientras caía, se preguntó si su vida pasaría frente a sus ojos como decían, pero no vio nada, solo el paso elevado alejarse de él, recordó el beso en la frente que su madre le dio la noche anterior, el corazón le apretó al darse cuenta, que no lo devolvió.

Andrea lanzó un grito al comprender de inmediato que el joven se había soltado, su alarido de horror no había terminado de salir de sus pulmones cuando se sintió un estruendo metálico y amortiguado calle abajo.

El cuerpo de Daniel se estrelló violentamente sobre el techo de un vehículo sedán hundiéndolo y resquebrajando el parabrisas delantero.

El impacto generó olas circulares de actividad entre los reanimados, como una piedra al tocar el agua de una poza calmada, los cadáveres se daban la vuelta para mirar el nuevo invitado caído del cielo, lentamente pero sin distracción alguna, los más lejanos comenzaron a tratar de acercarse, extendiendo sus manos.

Daniel yacía inconsciente sobre el techo aplastado de un auto, en medio de un centenar de reanimados hambrientos, que se acercaban al igual que su muerte, paso a paso.

 

 

 

Alex y Jorge, caminaban junto al Doctor, habían tomado múltiples calles pequeñas para evitar las vías principales que estaban repletas de infectados.

Al principio intentaron que la gente les abriera sus puertas para refugiarse en algún edificio de departamentos, pero nadie respondía, observaron cerrarse varias ventanas y cortinas pisos más arriba y en los “intercom” de las entradas nadie se atrevía a contestar, la gente ya había tenido suficiente horror y no iban a arriesgar el hermetismo de sus edificios y hogares por ningún extraño, algunos edificios incluso tenían sus puertas de metal cerradas con candados desde adentro.

Decidieron dejar de  intentar obtener ayuda cuando un propietario salió rifle en mano a dispararles, había sido mordido.

No recibieron un disparo, sólo porque huyeron de inmediato, más adelante el pequeño grupo entendería en ese momento la amenaza de los muertos e infectados era igual que la de los vivos y desesperados.

El Doctor no estaba bien anímicamente como era de esperarse, pasaba de periodos de conversación a periodos de mutismo total en los cuales Jorge sentía que casi podía escucharlo murmurar el nombre de su mujer, no quería mirarlo, las pocas veces que lo tuvo que hacer vio marcas de lagrimas en la suciedad de sus mejillas.

Le incomodaba sobremanera ver a un hombre adulto llorar, no sabía cómo manejarlo, no sabía que decirle, no había nada apropiado que hablarle a alguien que hubiera perdido a su compañera de vida de esa forma.

Físicamente el doctor parecía estar todavía en sus cinco sentidos y entre los tres sobrevivientes habían logrado detener y reducir fácilmente a los infectados solitarios que encontraron en las angostas calles aledañas que eligieron para cruzar, se mantuvieron deliberadamente lejos de las vías principales las primeras horas, tanto el Doctor como Alexander habían presenciado olas de infectados y estaban seguros de lo que encontrarían si se acercaban a las grandes avenidas.

Habían logrado armar casi una rutina para cada encuentro en esas calles, el doctor atraía un infectado llamándolo desde lejos mientras Alexander y Jorge se situaban estratégicamente en la ruta que recorrería el rabioso, se ponían a cubierto, para batearle la cabeza en el momento que pasara, la mayoría caía de inmediato con la suma de la fuerza del primer golpe y su propia inercia. A continuación le pateaban y pisaban el cráneo hasta fracturarlo, al principio había costado mucho romper las cabezas, pero de a poco, gracias a el Doctor, entendieron en qué dirección y puntos el cráneo humano es más débil y propenso a fracturarse. Podría decirse que con treinta y dos infectados de experiencia, eran los veteranos más experimentados del mundo en esas primeras horas del Apocalipsis.

En muchos casos el doctor lograba romper de inmediato la columna a la altura de las vertebras cervicales, algunos infectados morían de inmediato, pero en otros el efecto lograba una inmediata parálisis que facilitaba el resto de la “labor”, lo hacía con la culata de la escopeta, no siempre lo lograba pero cuando lo conseguía su precisión era prodigiosa.

Los crujidos y golpes ya no le producían nauseas a Jorge, había interiorizado al igual que sus dos compañeros, que esas personas, no tenían vuelta atrás, estaban locas y quizá sin remedio.

Y aunque hubiera remedio, ellos no podían sentarse a esperarlo, tenían que asegurarse por su propia cuenta hasta que encontraran protección de la policía.

Esa noche, la pasaron de calle en calle cruzando lentamente cada esquina, escondiéndose en lo posible y aplastando los cráneos de los infectados que no pudieron evitar.

Durante esas largas horas, esquivando las vías principales de la ciudad, la obscuridad les favoreció, los infectados no parecían tener ninguna capacidad extra de percepción en la noche, pero la quietud extrema y el silencio en las calles, hacia necesario calcular cada paso para no patear alguna lata o romper algo el peso bajo los pies, todo sonido era amplificado monstruosamente en los ecos de las calles desiertas.

Cerca de las dos de la mañana decidieron descansar tras una cerca de hojas de zinc que protegía un lote baldío, en una de las hojas había un hoyo producido por el oxido que permitía pasar a gatas hasta el interior del terreno, la mezcla de basureros y hojas de zinc viejas apiladas en el oscuro monte, parecían hacer un buen refugio, la primera guardia la harían Alexander y el Doctor, mientras Jorge dormía.

El Doctor prefirió que el muchacho descansara primero, no debían perder de vista el hecho de que había sido atropellado en la mañana y sea como fuere, a pesar de lo bien que se estaba desempeñando físicamente en cada “encuentro” debía descansar.

Jorge quiso resistirse un poco discutiendo, pero la diferencia de edad y la gravedad del acento del doctor simplemente hicieron imposible discusión alguna.

Debía dormir una hora al menos, se turnarían hasta las seis de la mañana.

El doctor pensaba que lo mejor era acercarse a la costa en busca de algún navío que les diera la opción de escapar, estaba convencido de que era la única manera factible de moverse de la ciudad hacia sectores que todavía estuvieran sanos, en el resto del país.

Para ello tendrían que cruzar Vía España y llegar a Avenida Balboa. No iba a ser fácil.

A pesar de sus protestas Jorge quedó aturdido apenas su cabeza tocó el suelo, estaba exhausto.

–Son… ¿familia? –El doctor notó la expresión de calma en el semblante de Alexander al ver que el joven se durmió rápidamente.

–No… No para nada…lo conocí hoy, yo solo iba para el trabajo cuando vi el grupo de personas que lo miraban tirado en la calle.

–Alexander respondió visiblemente nervioso. Intentó cambiar el tema de la mejor forma que pudo.

–Doc. Existe o… ¿Hay alguna enfermedad que haga esto? –Susurró el gigante.

–¿Enfermedad? –El doctor soltó una risa burlona y silenciosa. –A ver hijo, resumamos lo que hemos visto hasta ahora: ataques de ira mezclados con algún tipo de paranoia esquizofrénica con tendencias caníbales, y por lo que se ve, el contagio es por la mordida, probablemente en la saliva y fluidos.

– ¿Estamos de acuerdo hasta ahí?

Alexander no quiso agregar a la conversación los “otros” casos que vieron, aquellos que él estaba seguro de que estaban muertos pero volvieron a ponerse de pie. Sin embargo asintió positivamente. Quería saber la opinión del galeno al respecto de todo esto.

–Hay varias enfermedades conocidas que tienen síntomas parecidos, sin incluir el canibalismo obviamente… la rabia por ejemplo si quieres un ejemplo común.

–Pero la rabia… ¿Solo le “da” los perros verdad? –Preguntó tímidamente Alexander mientras dibujaba con su dedo un pequeño perro hecho de círculos en la tierra del suelo.

El doctor que ahora parecía un anciano, lo miró condescendientemente. –En tu generación solo conocen la rabia por los perros con espuma en la boca de las tiras cómicas.

La rabia se contagia a cualquier mamífero, y el principal vector o transmisor, al menos para efectos de lo que nos importa en esta sociedad civilizada, es el perro. –El hombre miraba al joven gigante severamente. –De todas formas no creo que esto sea rabia, ni una mutación de esa enfermedad por lo demás. Solo quiero darte un ejemplo de algo que hemos tenido por siglos a nuestro lado.

Pero bajo control.

–Esto… Esto es mucho más agresivo. –Dijo titubeante el doctor en la obscuridad, su cara se veía muy envejecida por la poca luz. –He tratado de juntar síntomas en mi cabeza mientras les parto el cráneo, créeme.

Después que redujimos los primeros, empecé a tratar de golpear en distintas partes del cráneo para ver el efecto que producía sobre ellos, por lo que veo su cuerpo funciona igual que el nuestro, mientras están infectados, no hay diferencias, su fuerza parece superior, pero no es más que ira descontrolada, no muy distinta a la fuerza superior que se manifiesta en personas con algún tipo de discapacidad.

–Creo que estarás de acuerdo conmigo en que son tan fáciles de matar como cualquier persona… y sin embargo…

Alexander sólo asentía con la cabeza. El doctor parecía estar volcando todo su poder analítico en obtener un diagnostico, quizá no quería pensar en nada más, y el gigante no quería sacarlo de ese estado de tranquilidad auto inducida.

–Lo que no coincide con enfermedades como la rabia, es la total falta de respuesta al dolor que estos infectados presentan, no parece ser producto de la ira, he intentado golpear varios centros nerviosos, puntos que harían retorcerse sobre sí mismo al más adormecido drogadicto o borracho, pero no he logrado el más mínimo reflejo de protegerse  ante un posible segundo golpe.

Un ser humano, sin importar cuanta ira lo controle, al recibir un golpe especialmente doloroso, intenta protegerse involuntariamente para evitar otro.

–Ellos  parecen no registrar en su cerebro el dolor. –Alexander levantaba su ceja derecha sorprendido, a pesar de que estuvo junto al doctor en varios de los encuentros, no le pareció en ninguna oportunidad que él estuviera haciendo experimentos con los golpes, le asustó un poco su frialdad al admitir como recababa datos en cada una de sus “pruebas”.

Recordó el episodio de “locura” de Jorge… pero no era el momento para comentar nada al respecto.

–Solo conozco un desorden parecido, y no es una enfermedad contagiosa, es algo congénito, se llama CIPA las personas que lo sufren no perciben dolor, pero son capaces de sentir presión, es decir tienen tacto.

De hecho una persona que no pudiera usar el sentido del tacto no podría ponerse siquiera de pie, la sensación de presión es requerida prácticamente para todas nuestras funciones motoras…

–Sin embargo esa… “CIPA”… existe.

Concluyó el gigante.

–Sí Alex… Existe… El cerebro humano es algo que todavía no entendemos en su totalidad, si quieres otro ejemplo… En Uganda hace unos años hubo un brote que afectó a miles de niños y jóvenes que se enfermaron con algo parecido a la epilepsia, tenían ataques convulsivos y la mayoría terminaba muertos en el piso en un charco de sus propias babas, a medida que los ataques les dañaban más y más neuronas.

CIPA. Congenital insensitivity to pain with anhidrosis

 

–Pero eso no es algo raro doctor. –Insistió calmadamente Alexander.
–Lo raro hijo… –Alexander pudo ver fugazmente un ojo del doctor atravesándolo con la mirada. –Hubo un grupo de esos enfermos cuyos síntomas se tornaron en algo más complejo, y macabro.

Alexander sintió que se le erizaba la piel de la nuca a pesar de lo que había vivido durante toda la tarde.

–Cerca de doscientos de esos niños simplemente se levantaban después de sus ataques y buscaban alguna forma de encender fuego incendiándose a sí mismos o sus casas.

Hubo centenares de muertos, no solo los niños sino familias completas que murieron quemadas en sus chozas.

–Era deseo por fuego. –Agregó el Doctor.

–Tan simple como eso, tan extraño y aleatorio como pueda serlo, podría haber sido ganas de tirarse al agua, o simples ganas de cortarse el cabello, ¡qué sé yo!

–Alexander estaba atónito ante lo que escuchaba, el doctor no detenía los aportes a su causa.

–Pero más allá de eso, piensa en lo siguiente Alex… –El doctor le apuntaba ahora con el dedo índice. –No te concentres solamente en el síntoma de la atracción al fuego, de querer ver una flama… Lo verdaderamente extraño es la perdida completa del miedo a quemarse.

–Alexander asentía con la cabeza, pero realmente no entendía bien a donde iba el doctor con todo ello.

–El temor al fuego, ese respeto elemental a una llama, está grabado en la base misma de los instintos que nos hacen humanos… y sin embargo, ésta enfermedad canceló ese instinto primordial como quien apaga un interruptor. ¿Qué tan difícil crees que sea la aparición de una cepa de algún otro virus y que mute en algo cuyos síntomas sean lo que estamos viendo?

–La verdad no me extraña como medico… Lo que no logro entender… –El rostro del doctor se volvió a esconder en la oscuridad.

–Los revividos… –Interrumpió Alexander. –

Esa gente está muerta ¿V…Verdad Doc.? –Esa palabra con “m” fue pronunciada casi a escondidas de Jorge que dormía plácidamente.

–El doctor no contestó por unos segundos.

Pero pasado un momento retomó el hilo de sus pensamientos.

–Solo hemos visto de “esos” en el consultorio, la mujer que le habían arrancado la nariz y el hombre que devoró… que mató a… Elena… fueron  distintos… pero…

El joven gigante no quiso corregir de forma alguna al doctor sobre el hecho de que su difunta esposa también perteneció a ese grupo de muertos vivientes durante el tiempo que yació acostada, partida en dos partes y moviéndose hasta que Jorge le dio fin a su miseria.

–No sé Alex. –La voz del doctor denotaba molestia, irritación ante la falta de datos para comprender, se rascó la cabeza con molestia.

–¡Los muertos no pueden caminar!

Continuó, como deliberando ante un jurado invisible, sus manos hacían todo tipo de gestos para apoyar su razonamiento. –Hay procesos fisiológicos tras la muerte que no pueden ser ignorados por una enfermedad sin importar que tan poderosa, virulenta o agresiva pueda resultar.

–Un cuerpo muerto no se puede poner de pie entonces Doc.… es imposible… ¿verdad? –Preguntó el gigante tratando de responderse a sí mismo.

–Si Alex un muerto no puede ponerse de pie… pero… ¿qué es un muerto? Todos parecemos tener una definición y sin embargo aún no hemos terminado de aclarar ciertas fronteras ante lo que es estar muerto o no, sigue siendo debate si desconectar una persona en estado vegetal es matarla o solo matar su cuerpo.

Siguen ocurriendo casos en todos lados de gente cuya muerte es mal diagnosticada, y que se levantan en sus funerales… o peor en sus féretros bajo tierra

–Sí… pero esas cosas pasan en el campo… o en países muy pobres, hoy en día cuando se declara muerto alguien, lo está Doc.… –Interrumpió Alex visiblemente incomodo.

El doctor dibujó una sonrisa casi imperceptible en la oscuridad.

–La mayoría de las veces el tiempo límite que tienen los médicos y paramédicos para tratar de… de reanimar a alguien, es establecido no por la imposibilidad de revivirlo, sino por la posibilidad real de traer de vuelta algo cuyo cerebro ya esté dañado por la hipoxia, un cuerpo vivo pero sin capacidad de “vivir”.

–Doc. Yo… le rompí el cuello a esa mujer, usted vio como colgaba su cabeza, ¡Pero se puso de pie! –Protestó Alexander.

El doctor miró al joven quien todavía esperaba una respuesta a su pregunta.

–No Alex, no te puedo decir si están muertos o en un estado de trance profundo producto de la enfermedad, no sin estudiarlos. Esto no es una película. Los “zombies” de “La noche de los muertos vivientes” no existen, son científicamente imposibles”.

Pero Alex no le preguntó sobre aquella película, la cual no conocía, no faltaba, ni le interesaba, él a pesar de no tener un doctorado en medicina, sabía que esas personas, las de los ojos lechosos estaban muertas y de pie, había visto muchos cadáveres… desde niño.

Además, nadie le iba a convencer de que el cuello roto de esa mujer sin rostro, fracturado por su propia fuerza, le permitiría continuar de pie como lo hizo.

Jorge comenzaba a moverse y el doctor le dijo al Gigante: –Creo que tomaré el próximo turno si no te importa, me duele la espalda y quiero estirarla un poco. ¿Te parece?

El gigante no protestó, estaba seguro que después de semejante canción de cuna que acababa de escuchar de labios del doctor no pegaría las pestañas. Además, no quería perder de vista a Jorge…

–Hey pelao… ¡despierta!. –Susurró con firmeza el gigante. –El doctor va a dormir. –Alex le tocó el tobillo al muchacho el cual se incorporó bruscamente con los ojos abiertos listo para gritar. El doctor se dio cuenta a tiempo y le tapó la boca poniéndose el dedo índice en la boca. –Shhh.  Hijo tranquilo. Voy a dormir un rato, por favor, acompaña a Alex.

El recién despertado jadeaba aún, al ver que no iba a gritar el doctor le quitó la mano de la boca.

–¡Puta madre no pienso pegar más los ojos! –Exclamó en voz baja el muchacho. –¡Soñé pura mierda! –Se miró la mano derecha y le temblaba visiblemente.

Jorge se arrastró lo mas silenciosamente que pudo y se sentó de espaldas a la muralla que los separaba de la pequeña callejuela en la que estaban. Alex estiraba un poco sus piernas adormecidas durante el sermón del  doctor.

 

El galeno se acomodó rápidamente boca arriba, soltó un par de quejidos silenciosos, propios de una persona cuya espalda se estaba acomodando después de un arduo día de trabajo.

Unos minutos después de haber despertado, Jorge fue nuevamente consiente del nauseabundo olor que impregnaba el aire, le revolvió el estomago, lo cual le recordó que no había comido nada desde el desayuno, aunque de todas formas no tenía hambre.

El olor le recordaba la época cuando vivió cerca de un crematorio de basura en el interior del país, pero a la vez era un olor distinto. Olía a carne muerta y asoleada, ese tufo penetrante que entra por las ventanas del auto, al pasar junto a un animal con varios días de descomposición  y sol en la calle.

Las horas continuaron su lenta marcha hacia la madrugada, Alexander se vio obligado por el doctor a recostarse posteriormente, Jorge se encontró sin remedio en la incómoda situación que había rehuido toda la noche, enfrentar una conversación con el doctor sobre como sacrificó a su esposa.

El muchacho se preguntaba si el médico había alcanzado a tener la cordura necesaria para darse cuenta de que ella estaba muerta cuando la vio sobre la camilla moviéndose, o si lo culpaba de alguna forma por no haberla protegido amarrándola ahí, de hecho él mismo sentía culpa de haberla dejado en esa situación a pesar de que ella se los pidió.

Si él hubiera sabido… si hubiera disparado a la mujer sin rostro en lugar del infectado que atacaba a Alex, o si hubiera tenido la práctica partiendo cabezas que ganó durante las últimas horas, la habría protegido fácilmente, pero no fue así… ella cayó víctima de la infección, del virus, de la maldición, de fuera lo que la había transformado en esa cosa a la que tuvo que volarle la cabeza con la escopeta.

El joven se encontraba sentado con sus rodillas frente a la cara  con sus brazos rodeándolas, tratando de no mirar al doctor, pero éste interrumpió el silencio en el improvisado refugio.

–No era ella…, yo sé que no era Elena quien estaba sobre esa mesa. Puedes estar tranquilo, lo que hiciste… te lo agradezco.

–La voz del Doctor tembló levemente al continuar. –Le      fallé… debí haber sido yo quien halara ese gatillo, y sin embargo no pude… y no hubiera podido, mientras la veía en la camilla solo podía recordar el día que nos casamos, hermosa con su velo blanco…

Tras sus lentes, el doctor miraba al vacio, recordando perfectamente a su mujer ataviada para su boda.

–Me paralicé… Hiciste lo correcto y te doy las gracias en su nombre. De verdad.

Mientras el Doctor le hablaba, Jorge sentía un enorme nudo en la garganta, su visión se nublaba en lagrimas, las pocas luces a lo lejos se volvían estrellas enormes de cuatro puntas mientras se repetía a si mismo que no tenía derecho a llorar, que era el doctor quien había sufrido una perdida, no él.

Pero no lo logró, escondió su cara lo mejor que pudo tras sus brazos y sus lagrimas bajaron sin control por sus mejillas.

El Doctor continuó…

–Fue un buen año para nosotros, los matrimonios tienen años buenos y años malos, pero este año estábamos muy bien, el médico se sacó por un momento los lentes y los limpió con la manga de su chaqueta tras una rápida enjuagada de suciedad en su ojo derecho, o quizá una lagrima, Jorge no podía ver bien en esa oscuridad, menos con la cascada de lagrimas que brotaba de sus propios ojos.

–La calma melancólica en la voz del Doctor no ayudaba en nada a Jorge a disimular su llanto, pero al final, cuando lo hubo soltado todo lo que sentía en silencio, se sintió mejor.

El espacio entre su nariz y rodillas era una húmeda y pegajosa combinación de mocos y lagrimas. Se limpió rápidamente con su sweater, agregando mas manchas a la sangre que lo entintaba por todos lados.

–Doctor… yo no tengo familia por la cual preocuparme en este momento, Alex no me ha dicho nada tampoco con respecto a la suya, pero… ¿usted? …si quiere podemos ir a ver si están bien… Realmente no se me ocurre que hacer ahora, quizá debamos buscar una radio o algo. ¿Qué piensa usted?  –Jorge pensaba que quizá acompañándolo a la seguridad de su familia pagaría la deuda que sentía para con el Doctor.

–Sí, si tengo, dos hermanos casados y con familia, uno en Chiriquí y otro en Chitré, estoy seguro que deben estar mejor que nosotros ahora mismo.

El doctor estaba en lo cierto, pero no por mucho tiempo.

El doctor se acomodó los lentes nuevamente con su dedo índice, y miró directo a los ojos del muchacho. –Hijo escúchame bien, esto es algo que debemos decidir los tres, lo conversaremos con Alex cuando se levante, pero realmente no creo que la Policía ni nadie logre controlar esto. Ya debe haberse regado por toda la ciudad, las cosas que vi al tratar de volver al consultorio fueron terribles y solo habían pasado unas dos horas desde la explosión en Albrook.

–¿La explosión produjo esto? Jorge lo sospechaba pero no había escuchado a alguien afirmarlo a ciencia cierta.

–Estoy seguro que sí. En el auto pude escuchar claramente como se movilizó a un enorme contingente policial a la terminal justo antes de la explosión. Después de eso los primeros reportes de violencia provenían del centro comercial y toda el área circundante también. Jorgito, si esto fue planeado, si esto es un arma biológica, esta cosa no la van a poder parar así nada más. Y lo que he visto hasta ahora me lo confirma a medida que hemos recorrido las calles de la ciudad.

El joven guardaba silencio tras sus rodillas, se limitaba a mirar al médico. La verdad no importaba que sugiriera, Jorge prefería mil veces estar en compañía de un “adulto” a pesar de que él también lo era, la ventaja de estar con un señor de esa edad y además médico era obvia en esta situación. Haría lo que él sugiriese.

–He estado pensando en cómo salir de aquí. –Continuó el doctor.  –Quizá sea buena idea llegar por mar a las costas de provincias centrales pasado Antón, estoy completamente seguro que los aeropuertos deben estar colapsados y probablemente controlados para evitar esparcir lo que sea que esté infectando a la gente.

Y por tierra ni hablar, los dos puentes deben estar completamente atorados con vehículos, imagínate si para el día de la madre y navidad la ciudad prácticamente se paraliza, las cosas ahora simplemente deben estar completamente detenidas y sin remedio en las vías al Centenario y al Puente de las Américas.

–Por mar… ¿Pero cómo Doc., quiere nadar?

–El gigante replicó en un tono irónico, mientras se sentaba de su improvisada cama, no había dormido nada escuchando la conversación de sus dos compañeros de desgracias.

–En la cinta costera, el club de yates. –Respondió el galeno.  –Tengo un par amigos y colegas con naves ahí. Dudo que hayan podido llegar a ellas con todo lo que ocurrió ayer.

–Pero si no van a estar ahí para que vamos a ir Doc.? –Alexander no parecía estar de acuerdo en lo más mínimo con el plan del galeno, y no intentaba disimularlo en su tono y expresión.

–¿Tienes familia a la cual cuidar Alex? Si es así, puedes seguir tu camino, no te voy a detener… habría que saber que decide Jorge nada más. Me iré solo o con quien me acompañe.

–Alex hizo silencio y bajó la mirada. –El doctor, no consideró necesario preguntar más,  continuó, mirando a Jorge nuevamente.

–Quizá no haya nadie que conozca en la Marina, pero puede que si, además habrán otras naves, otra gente con el mismo plan, creo que vale la pena intentarlo, alguien debe podernos dar espacio en algún bote, yo cargo bastante efectivo, saqué todo lo de la consulta del día mas lo que cargaba conmigo, les pagamos por “el bote” ¡literalmente! ¡Já!

El doctor esbozó una leve sonrisa

–Con que nos saquen de la ciudad basta, después moverse por el interior del país debe ser más fácil y más seguro.

Jorge podría jurar que sentía la mirada de Alex clavada en su sien izquierda, por lo visto ambos compañeros querían tomar una ruta distinta y dependía de él cual se iría solo.

Estaba muy agradecido con Alex por haberlo sacado de la calle cuando lo atropellaron, la situación había logrado que lo sintiera como un hermano mayor rápidamente en medio de tanto horror.

Al mismo tiempo, sentía una enorme deuda con el Doctor, por lo de su esposa, no podía evitar sentir que le había arrebatado su compañía para siempre, por no haberla sabido proteger… después de todo, él tuvo un arma cargada en la mano mientras la mujer sin rostro avanzaba hacia ella… y finalmente, él fue quien le quitó la vida.

“Dar bote” en Panamá significa darle “aventón” a alguien.

Si se le podía llamar vida a eso que le daba movimiento sobre la camilla.

–Alex, tú qué quieres hacer. –Preguntó Jorge a su compañero, que lo miraba sentado en la esquina. –Quieres que vayamos a buscar a tu familia… ¿reunirte con ellos? –Dime para poder decidir, la verdad yo no tengo nada que perder, pero prefiero buscar la seguridad obviamente.

Alex lo miró intensamente por un momento, y luego bajó la mirada, Jorge podía ver que el joven moreno estaba debatiéndose internamente entre seguir junto a ellos o volver a casa. –Mi familia… es algo personal… prefiero no hablar de ello. Te voy a seguir a donde vayas “yorsh”.

El doctor que estudiaba detenidamente a Alex mientras hablaba volvió la mirada a Jorge.

–¿Que dices? “yorsh” –Le preguntó sonriendo, es innegable que estamos más cerca del mar que de cualquier otra ruta de escape, y esas cosas, serán rápidas, violentas y… locas (miró fugazmente a Alex), pero dudo que sean buenos nadadores… si es que son capaces de nadar.

Súbitamente, el sonido de alguien vomitando en la calle tras la muralla los hizo enmudecer.

Alex tomó un buen pedazo de madera que encontró en medio del tiradero en que se estaban refugiando, el doctor y Jorge hicieron lo mismo con sus armas respectivas. Las violentas arcadas se repetían tras la pared, en medio de dolorosos gritos ahogados en fluidos, pudieron sentir como algo se apoyo en la débil pared de latón que los protegía de la calle, el doctor, que estaba más cerca del hoyo por el que habían entrado, les hizo una señal de silencio con el dedo índice y comenzó a arrastrase lenta y ágilmente hacia la entrada de su refugio.

Cuando logró asomarse por el hoyo en la cerca de zinc, en el borde de la pared por el que entraron, aguzó la vista, estaba sumamente obscuro en la calle y la luz de la luna no pasaba por los edificios de departamentos que los rodeaban. Con dificultad podía diferenciar una figura obscura que estaba apoyada, con una mano de la pared, mientras vomitaba violentamente en el piso, el sonido de los tejidos golpeando el piso era escalofriante.

Miró hacia atrás e hizo una seña a sus compañeros para que lo acompañaran, no estaba seguro de lo que estaba viendo,

¿Sería alguien que necesitaba ayuda?

Necesitaban traerlo con ellos de inmediato antes de que atrajera más atención. ¿Sería un infectado?  Si era así tenían que terminar con el rápidamente, el ruido que hacía era demasiado.  Observó cómo algunas cortinas se movían en el edificio cruzando la calle, si el sonido de sus gritos y arcadas estaba llegando hasta esas personas con las ventanas cerradas, era definitivamente demasiado, se iban a inundar de infectados en unos minutos si no hacían algo.

El doctor se devolvió de inmediato a donde sus dos compañeros, se sentó de espaldas a la pequeña  entrada del refugio.

–No puedo diferenciar con la obscuridad, no sé si llamarlo para ver si se acerca a nosotros y ayudarlo o…darle un batazo. –Les dijo a ambos susurrando.

–Quizá es alguien mordido antes de… de volverse loco doc. –Jorge no quiso siquiera insinuar que recordaba los últimos minutos de Elena.

–Puede ser… ¿pero y si no? –El doctor reflejaba autentica preocupación por aquel desconocido tras él en la calle.

Jorge no entendía, si por él hubiera sido ya estaría desparramándole los sesos afuera en la calle a esa persona que obviamente no estaba saludable, y él no le interesaba averiguar si era borrachera o una desafortunada cena de mariscos en mal estado.

–Muchachos yo hice un juramento, puedo partirle la cabeza a los que sé que están infectados, pero ante la duda tengo que actuar según indican mis principios…

Prepárense, voy a llamarlo a ver si viene hacia nosotros, si nos intenta atacar será fácil reducirlo al entrar, pero si no… hay que ayudarle.

Mientras el doctor les comunicaba su decisión, Jorge no podía ver lo que ocurría tras el galeno, el cuerpo del Doctor tapaba su visión de la entrada.

Pero el gigante Alexander sí vio como un brazo y luego el torso de un infectado entraron gateando rápidamente por el hoyo, el doctor había hablado más fuerte de lo debido, mientras les convencía de su vocación en el cumplimiento de su Juramento Hipocrático.

Alexander se arrastró rápidamente en dirección al doctor tomando su madero como una lanza.

Al verlo arrastrase como perro hacia el doctor, palo en mano, Jorge temió por un segundo que el gigante fuera a atacarlo, sin embargo cuatro dedos se asomaron por sobre el hombro izquierdo del galeno y lo halaron hacia atrás violentamente acostándolo de inmediato en el piso.

Jorge  pudo ver incluso en la obscuridad la expresión de sorpresa y horror del doctor al sentir que lo halaban hacia atrás.

Al golpear su nuca con el suelo, el doctor sintió el aliento del infectado sobre su cara, Alexander estaba a punto de alcanzarlo con el extremo del palo mientras el infectado abría la boca descomunalmente, el galeno levantó sus brazos lo más rápido que pudo y lo tomó por el cabello, sin embargo el infectado no lo intentó morder, su cuerpo se contrajo violentamente y un sonido profundo salió de su boca, enseguida bañó el pecho y cuello del hombre con un fluido viscoso y caliente, sumamente caliente.

La lanza de palo del gigante alcanzó el cuello del infectado mientras vomitaba sobre el doctor y lo empujó con violencia haciéndolo rodar de costado, alejándole de su presa.

Jorge ayudó al médico a levantarse del piso halándolo por un brazo tratando con dificultad de que no se le resbalara en medio de tanto fluido embarrando su piel.

El infectado se puso de pie ágilmente, mientras Alexander aseguraba su palo con las dos manos como un bate, a unos pasos del rabioso, Jorge alejó al doctor del infectado poniéndose entre él y ser que ahora los miraba desde la penumbra agachado con las piernas abiertas y las manos crispadas.

El infectado respiraba dificultosamente, sus exhalaciones emitían un silbido trabajoso y parecía seguir babeando más fluido desde su boca, de todas formas no dejaba de ser una figura obscura en las sombras.

Jorge blandía su hierro de punta de gancho en la mano derecha.  El doctor vio que su escopeta había quedado tirada junto a la entrada, no intentó buscarla,  de todas formas no podía disparar, en ese silencio un cañonazo llamaría a todo aquel infectado en varias cuadras a la redonda.

Decidió retroceder un poco para no estorbar a los jóvenes, mientras se tanteaba nerviosamente el cuello y pecho para buscar alguna mordida o arañazo que pudiera dar ingreso a la infección por el vomito con que lo había bañado el infectado.

Le preocupó el sabor metálico que percibió en su boca, quizá había tragado alguna gota en el forcejeo, no quiso correr riesgos, le dio la espalda en la obscuridad a los muchachos, se limpio la mano y se metió el dedo hasta el fondo de la garganta, vomitó lo poco o nada que quedaba en su estomago.

Los dos muchachos estuvieron a punto de entrar en pánico al escuchar al doctor vomitar repentinamente.

–Doc. ¡¡¿Está bien?!! –Preguntó Jorge nerviosamente sin dejar de mirar al infectado, que respiraba quieto en la oscuridad.

Antes de que el doctor emitiera una respuesta, el horrible ser caminó lentamente dos pasos hacia Alexander, un pequeño hilo de luz que se lograba filtrar entre los edificios circundantes le iluminó azulosamente el torso y la cara. Alex y Jorge vieron sin lugar a dudas las corneas obscuras, seguramente rojizas en los ojos del infectado. Sin embargo caminaba lentamente, como uno de los reanimados de ojos lechosos.

Alex dudó ante lo que estaba viendo, de la misma forma que Jorge, ambos habían concluido que existían dos tipos o niveles en esta enfermedad, y que ese ser parecía estar a mitad de camino entre ambos estados.

Sin embargo, antes de que pudieran intercambiar palabra alguna, el infectado se inclinó sobre sí mismo y volvió a emitir fuertes sonidos de puje en claras intenciones de volver a vomitar, mientras los jóvenes retrocedían para evitar salpicarse, algo obscuro y orgánico bajó sin esfuerzo saliendo de la boca del infectado, colgando de ella como una chorreante bolsa de basura pequeña.

–Mierda… ¿Qué es eso? –Fue lo único que pudo expresar Alexander. Jorge no lo había escuchado decir ninguna palabra “sucia” hasta ese momento.

–Parece… su estomago… o uno de sus pulmones, desde aquí no sé Alex…

El médico estaba  alarmado pero a la vez interesado mientras se asomaba un poco por detrás del hombro de Jorge.

Habían desistido de usar la linterna de Jorge para no atraer infectados desde la lejanía, tanto que el mismo muchacho había olvidado que la tenía amarrada a la cintura, pero el doctor no lo había olvidado.

La tomó sin preguntarle y apuntó el haz de luz al infectado.

De su boca sangrante colgaban un par de tubos sanguinolentos con dos bolsas aplastadas de carne envueltas en fluidos y sangre coagulada, una era más grande, la otra parecía una gran pasa aplastada. Sus ojos eran rojos, pero no había furia en ellos, miraban hacia el cielo sin expresión. El infectado dio un paso más y se desplomó boca abajo sin más aviso que el crujir de algunos dientes rompiéndose sobre una piedra.

Aquel ser inmundo convulsionó unos segundos más en el suelo ante la mirada atónita de los tres sobrevivientes, su espalda se encorvó  violentamente por un segundo y, al volver a su rictus original, un charco de entrañas y líquido negro estallaron en el espacio entre su cara y el piso en un último estertor.

El infectado acababa de morir, por su cuenta, sin que ellos hubieran tenido oportunidad de propinar un golpe que comprometiera sus funciones vitales.

–¿Se murió? –Susurró Jorge sin mirar a ninguno de sus dos compañeros, hasta ahora solo los había visto atacar y recibir golpes hasta morir, nunca morirse “solos”, de hecho ni siquiera estaba seguro de si estaba muerto.

–Dalo vuelta Alex… por favor –Ordenó calmadamente el doctor.

–Alex sin titubear se acercó al cuerpo y con su palo hizo una palanca bajo el tórax del hombre, dándolo vuelta con un poco de esfuerzo, Jorge ayudó en el último tramo del giro agarrando la manga del hombre con su hierro de gancho, el cuerpo cayó pesadamente sobre su hombro derecho quedando boca arriba.

Las negras bolsas sanguinolentas colgaban ahora más cerca de su boca, prácticamente todo el pecho y la parte inferior de su cara se habían embarrado del negro contenido que se salió de ellas al aplastarlas el cuerpo en su caída.

Ahora colgaban casi en la entrada de la boca, por lo que el cadáver parecía un extraño alienígena con una máscara de respiración orgánica en su boca, tenía los ojos horriblemente abiertos, mirando al cielo, la linterna le daba un aspecto más horroroso todavía y las pequeñas sombras sobre el pasto dejaban dudas si realmente estaba inerte.

–Es uno de sus pulmones, aseguró el doctor. No lo toquen. Vamos a esperar hasta que el sol salga, quiero ver qué ocurre. Si lo que sospecho es cierto, esta hora y media de observación y espera serán más valiosas que usarlas en acercarnos al mar.

–¿Por qué Doc? –Preguntó impacientemente Jorge. –Preferiría partirle el cráneo, no sea que se levante.

–El conocimiento es poder Jorge. –El doctor se acomodaba los lentes sobre su nariz nuevamente con su dedo índice. –Si es cierto que esta cosa se va a levantar quiero saber como ocurre, y si ocurre, quiero saber qué tiempo toma, además quiero saber si realmente está muerto. –El doctor se acercó al cuerpo. –Implica demasiadas cosas, necesito saberlo y así poder calcular mejor nuestras oportunidades de sobrevivir.

–Doc. Cuidado… –El doctor se acercaba lentamente al infectado, Jorge sostenía el hierro levantándolo sobre la cabeza del cadáver en el suelo. Alex hacia lo propio también.

–Estén listos, Alex písale la frente, si se despierta de pronto, quiero su cabeza quieta para poder alejarme antes de que me muerda.

–Alex no alcanzó a moverse, Jorge pisó bruscamente no solo la frente sino toda la mejilla derecha del cadáver, sobre su cuello.

–Esta mierda no se va a mover Doc, no sin que yo me dé cuenta al menos. –Dele tranquilo.

Alex nuevamente sentía preocupación por el estado mental de su amigo, parecía que cuando la tensión se acumulaba sobre él, perdía por completo la sensibilidad propia de un ser humano y ese umbral estaba cada vez más bajo. Quizá era bueno en esta situación, pero… ¿Hasta dónde llegaría?

–El doctor sacó de bajo su chaqueta su estetoscopio, se lo colocó en los oídos y comenzó a auscultar el pecho del hombre en el suelo, mientras buscaba pulso en varias partes del cuerpo.

Tras unos minutos, el doctor se llevó la mano derecha a la boca y aseveró.

–Está muerto. No tengo duda.

Súbitamente una enorme cantidad de pasos se escucharon desde lo lejos de la calle, acercándose rápidamente. Los gritos y gruñidos de varios infectados se sumaban al estruendo, el silencio era tal que estos sonidos les martillaban en los tímpanos.

Alex, que se encontraba más cerca de la “puerta”, se acercó sin asomarse tratando de ver desde el ángulo más seguro hacia calle abajo, en dirección a la costa. Los pasos seguían creciendo, era una multitud.

–Mierda, son un montón y vienen persiguiendo a alguien. –Exclamó entre susurros el gigante.

De forma intermitente bajo la luz de la luna, se podía distinguir una cantidad incontable de infectados que perseguían a un hombre. Al acercarse más Alex pudo notar que llevaba vendado el hombro derecho, las vendas estaban empapadas en sangre y el hombre sumamente pálido. Sin embargo no dejaba de correr.

–No le llames Alex. –Dijo Jorge fríamente, se había asomado por un pequeño hoyo en una hoja de zinc.  –Son demasiados, si entra…   lo van a seguir, estas latas no van a aguantar nada, nos van a matar de inmediato.

Alex miraba a su compañero que aún seguía asomándose por el pequeño hoyo. No podía creer que su joven amigo había tomado una decisión tan fría. Miró al doctor buscando apoyo en la opinión que todavía ni siquiera expresaba.

–Jorge tiene razón Alex… tú lo sabes. –El doctor había leído en su cara lo que quería hacer y le respondió lo que aún no preguntaba.

–Pero… ¡Va a morir! –Suplicó Alexander, en ese momento se sentía el más pequeño de los tres sobrevivientes.

–No nos vas a poner en peligro… ¿verdad? –El doctor mostraba claramente su escopeta con su dedo en el gatillo. El mensaje era claro.

–Alex no va a hacer nada doc. Tranquilo. –Jorge no dejaba de mirar por el hoyo, con el hierro en la mano, el doctor tomó sus palabras como ley y relajó su mano del gatillo.

En aquel momento, Alex comprendió que Jorge estaba tomando el liderazgo del pequeño grupo.

La poca luz alumbraba intermitentemente en su camino al hombre que corría jadeando, cuando lograba un poco de ventaja sobre la horda tras él, gritaba pidiendo auxilio a los departamentos en los edificios que lo rodeaban, tiraba piedras a los vidrios pero nadie le respondía.

Alex se alejó de la entrada y se tapó los oídos, no lo podía soportar.

Cuando estuvo a unos veinte metros, Jorge sintió un vuelco en el corazón, el hierro en su mano estuvo a punto de soltársele en la conmoción. El conocía a esa persona.

Era su Jefe, Don Ricardo.

Jorge no podía creer que vivía en una ciudad tan chica como para encontrarse a su Jefe en medio del maldito Apocalipsis, y sin embargo ahí estaba.

Cuando el hombre llegó al punto de la calle donde se encontraba el lote baldío cercado.

Se detuvo a pelear.

<<Maldita ciudad enana. Es él, ¿Qué carajos hace aquí?>> –La respiración de Jorge se aceleró, el corazón se le quería salir por la boca.

El doctor que, con el infectado anterior los había prácticamente obligado a ayudar, miraba por el hoyo de la hoja de zinc, ahora acostado en el suelo evitando que la poca luz que entraba de la calle lo tocara.

Para el Doctor era una situación distinta, sobre todo ahora que podían ver la enorme cantidad de infectados llegaba fácilmente a los sesenta y atrás venían más rezagados.

Ellos no habían visto una concentración de ese tamaño hasta ahora y habían tenido muchos problemas en una sola ocasión, enfrentándose a tres al mismo tiempo, era imposible enfrentarse a esa multitud.

Ricardo no pudo más, y cayó arrodillado con las manos en el piso jadeando, hilos de saliva bajaban de su boca y transpiraba a raudales, el disparo que había recibido en su hombro, en el banco, se había infectado y tenía fiebre, la diferencia de temperatura entre su cuerpo y el frio de la madrugada era tal que el sudor se evaporaba desde su camisa en pequeños hilos de vapor. Ricardo era de las pocas personas en el país que sufría de fiebre a esas horas de la noche y no estaba infectado.

La horda estaba a unos diez metros de alcanzarlo.

Jorge no estaba listo para esto, había sido fácil tomar la decisión contra alguien anónimo, poniendo por encima su seguridad y la del pequeño grupo.

Sin embargo ahora, estaba frente a la persona que le había dado empleo, era un desgraciado, él lo sabía, pero era alguien que ÉL conocía, no conocía a su familia pero sabía que el tipo tenía dos hijos y una esposa.

¿Cómo podía dejarlo morir?

Y sin embargo, era totalmente cierto que los infectados seguirían a Ricardo si entraba al lote baldío, matándolos a todos sin remedio.

Las hojas de zinc estaban reforzadas por marcos hechos de tablas llenas de termitas, y algunos alambres, tras ellos tres edificios los acorralaban.

No había forma de escapar.

Para mala suerte de Jorge, segundos antes de que los infectados alcanzaran a Ricardo, éste vio la entrada a la pared de latón.

Gateó en cuatro patas lo más rápido que pudo hacia el hoyo. Jorge vio con horror lo que estaba por ocurrir, la horda ya tocaba los tobillos de Ricardo, mientras este se encontraba a unos centímetros de la pequeña abertura en el zinc, entrarían fácilmente tras él.

El doctor entendió que el hombre entraría y se puso de pie bruscamente dispuesto a disparar, Ricardo pudo ver su silueta en la seguridad, había gente escondida ahí, seguramente lo podrían ayudar.

Al fin había encontrado un descanso.

La mitad de su cuerpo entró al lote baldío, pero ya los infectados le tenían las piernas y la parte posterior del pantalón agarradas.

–Ayúdeme ¡por favor! Gritó Ricardo al Doctor, sin notar a Jorge que estaba de pie junto a él.

Ricardo sintió la furia inevitable de varias mordidas atravesando su pantalón en ambas piernas, rasgaban sus músculos gemelos y halaban tarascones de carne sin esfuerzo.

Abrió los ojos con fuerza y lanzó un aullido de dolor, giró sobre sí mismo, quedando boca arriba para tratar de patearlos, no podía avanzar más hacia su salvación.

Y sin embargo no sabía lo lejos que estaba de ella.

Acostado sobre sus espaldas, Ricardo estiró sus dos brazos mirando hacia atrás en esperanza de recibir un tirón de alguien que lo alejara de esos monstruos, dos mordidas simultaneas sobre sus muslos le quitaron el aliento. El dolor era insoportable. Manos entraban por los espacios del pequeño hoyo tratando de sacarlo hacia la calle.

–…Por favor –Gimió roncamente Ricardo mirando boca arriba a la figura en la oscuridad del Doctor.

Los infectados empezaron a halarlo hacia la calle, el desafortunado hombre usó ambos brazos para agarrarse de los bordes del hoyo en la hoja de zinc, ésta se balanceó peligrosamente, crujiendo de inmediato.

Alexander lloraba en una esquina evitando mirar y escuchar lo que ocurría tapándose los oídos.

La débil pared de latón no aguantaría otro tirón de la decena de infectados que mordían y halaban desde afuera.

–Lo siento Don Ricardo. –Dijo casi para sus adentros Jorge.

¿Qué? –Balbuceó Ricardo al escuchar la débil disculpa, miraba hacia el cielo casi en estado de shock debido a la hemorragia en sus piernas y a punto de desmayarse por el dolor.

La mano de uno de los infectados había logrado entrar en su vientre por el hoyo de una mordida y escavaba ávidamente en sus intestinos.

Jorge jadeaba de pie sobre Ricardo con su hierro de gancho sostenido con ambas manos sobre su cabeza

–¡Ahora Jorge! Le ordenó de la forma más silenciosa que pudo el doctor, no se atrevía  a moverse desde donde estaba, algunos infectados estaban peligrosamente cerca de verlo desde donde estaban tras el hoyo, mientras seguían mordiendo la entrepierna muslos y abdomen de Ricardo.

–Por…favor –Suplicó trabajosamente Ricardo a la oscura silueta humana que se cortaba contra el cielo y las estrellas, gorgoteos de sangre se resbalaban por la comisura de su boca.

El hierro con punta de gancho bajó a toda velocidad y el sonido se perdió en los gruñidos de los infectados tras la débil pared.

El hierro penetró rajando la cuenca izquierda del cráneo de Ricardo, haciendo saltar hacia afuera ambos ojos reventados por la presión.

Sus brazos se sacudieron por un segundo en un espasmo casi eléctrico y cayeron muertos a los lados del cuerpo, dejando de sostenerse de la pared de latón.

El cuerpo del ex empleador de Jorge fue halado unos segundos después, sin resistencia alguna. Afortunadamente los infectados se alejaron de la entrada peleándose el botín, parecían perros callejeros peleándose y despedazando una inerte bolsa de basura en el piso.

Las piernas de Jorge se debilitaron, se sentó con la espalda contra la pared zinc. Estaba tan choqueado por lo que acababa de hacer que no le importó si la débil barrera se terminaba de caer con el peso de su espalda, no podía caminar, no estaba seguro si quería seguir viviendo en un mundo donde se estaba convirtiendo en un asesino.

En el mundo donde forjó sus valores, la respuesta a la situación que acababa de ocurrirle, era clara, él haría lo que fuera para salvar a Ricardo, sin importar si era un maldito abusador, sería algo heroico, algo de lo que sentirse orgulloso. Pero en el calor de la situación, enfrentado cara a cara con la muerte, su cuerpo, su instinto de supervivencia, y su miedo le hicieron responder sin duda alguna.

No era un héroe.

El iba a vivir. A costa de quien fuera, además Jorge sí tenía alguien por quien vivir, su novia, a miles de kilómetros y no importaba como, él la conocería en persona algún día.

Sentía vergüenza de sí mismo. Quería vomitar nuevamente, como cuando mató al primer infectado dentro del consultorio.

Pasó cerca de una hora. Y el doctor documentaba visualmente lo que ocurría a través del hoyo que Jorge había usado antes para ver llegar a su ex jefe.

La curiosidad del Doctor se había visto premiada por el hecho de que unos minutos atrás y de forma casi simultánea, los infectados habían comenzado a vomitar como el hombre cuyo cuerpo yacía en el suelo junto a ellos. Pocos exhibieron el horrible espectáculo de expeler algún órgano por la boca, pero el sonido y el horrible olor de cientos de cuerpos vomitando sangre y pedazos de entrañas en el piso era sobrecogedor. Los que comenzaron el espantoso concierto de pujidos y arcadas yacían en el suelo, inertes y el resto se les sumaba los acompañaba lentamente.

Jorge estaba sentado en una pared lateral y Alexander se había acercado a él pasando en actitud protectora su brazo sobre la espalda del muchacho, abrazándolo mientras sollozaba temblando en silencio.

Veinte minutos después la calle estaba totalmente en silencio, los infectados habían muerto en medio de horribles ataques de vómito. La calle era ahora una masa orgánica de cuerpos y hediondos tejidos expulsados en el piso.

Todavía quedaba una hora más para que el sol comenzara su lenta aparición en el horizonte capitalino.

El doctor caminó en la oscuridad hacia los muchachos alumbrando con la linterna de Jorge, ahora estaba confiado en que nadie podría ver el haz de luz tras la barrera de hojas de zinc, Jorge estaba más calmado pero su mano derecha temblaba sobre su rodilla de una forma muy poco sana.

–Sabes no sé si te sientas bien como para escuchar esto pero creo que tengo buenas y malas noticias. –El tono del doctor era definitivo pero al mismo tiempo optimista.

–¿Cuáles prefieres? –Alex pudo ver la sonrisa en la cara del doctor, pero no le agradó mucho, no podía ver qué clase de buena noticia podría salir de sus observaciones en medio de todo ese caos y horror.

Jorge no respondió. Pero Alex en su lugar le dio una respuesta al doctor.

–Las malas primero pues. Una mas no creo que nos mate a estas alturas. –Agregó sarcásticamente Alex, estaba molesto por la falta de sensibilidad del doctor al ignorar el estado del Jorge.

–Bueno las dos son la misma noticia así que da igual.

Creo que esta plaga es cien por ciento letal.

–Veo la parte mala doctor… ¿Donde está la buena? Contestó socarronamente Alex, estaba empezando a perder la paciencia con el “caballero”.

–La buena, Alexito… –El nombre del gigante fue pronunciado burlonamente en un tono cantado, por el galeno. –La buena es que cuando una plaga es así de mortífera  y rápida desaparece rápido. No alcanza a regarse muy lejos de la ciudad donde inicia, porque mata muy rápido a sus vectores de contagio. Es decir, quizá nos salvemos si nos mantenemos unos días a cubierto. Quizá ni siquiera necesitemos ir al mar. ¿No te parece una buena noticia?

–Doc… pero. –Intentó interrumpir Alexander. Jorge seguía sentado con su cabeza hundida en las rodillas.

–Los muertos no caminan Alex. El fin es el fin. Lo que viste fue una confusión del momento, el pánico juega con la mente Alexito… Los hechos son los hechos y lo que vi afuera deja todo claro. Esto no es más que una enfermedad como el Ébola pero con tendencias esquizofrénicas y canibalísticas, no una plaga bíblica. –El doctor Se dio la vuelta para señalar al cadáver que los acompañaba en el refugio.

Ahí lo ves, el señor, “pulmones” está bien muerto y ya pasó más de una hora sin que siquiera haya movido un músculo.

Jorge levantó la cabeza. Miró a Alex, el gigante miraba con creciente molestia al Doctor que seguía argumentando.

–Doctor. Su esposa estaba muerta. Yo la vi. Está equivocado. –Jorge fue cruelmente preciso en su tono y elección de palabras.

El galeno se puso de pie indignado por las palabras de Jorge, y miró con furia al muchacho.

–Niño, tú no me vas a decir a mí como diagnosticar a un enfermo. Haz silencio por favor que veinte años de atender gente a diario no se fuman en pipa. –Caminó hacia el cadáver y lo pateó con furia. –¡Yo estaba estudiando para esto cuando tú estabas colgando en los huevos de tu padre! Así que por favor no seas tan altanero. –El galeno estaba furioso y alzaba la voz sin importarle los alrededores, sabía que afuera todos los infectados habían muerto.

De pronto, lo hizo callar un golpe seco acompañado del repentino movimiento de vaivén de una de las hojas de zinc que los separaba de la calle.

Los tres quedaron totalmente paralizados mirando una de las paredes de latón moverse independientemente de las demás débiles paredes de zinc. Solo fue un golpe.

Jorge tuvo un pensamiento increíblemente estúpido nacido de su desesperación por encontrar una explicación optimista al golpe del otro lado de la calle.

<<Quizá un murciélago se estrelló, o un pájaro>>

Pero un segundo golpe y otro más, aplastaron y continuaron pisoteando sin detenerse su optimista teoría a cerca de lo que ocurría tras la pared.

Unos segundos después, no era una, sino todas las hojas de zinc las que recibían golpes y empujones desde la calle.

La pared completa bailaba como una gelatina y los tres sobrevivientes retrocedían recogiendo sus armas lo más rápido que podían hacia el lado contrario del terreno, en la parte más obscura del mismo. Todos sabían que ya no había absolutamente nada que hacer, los infectados afuera habían escuchado al doctor y ahora no se detendrían hasta entrar.

Pero algo no encajaba en el escenario, Alex fue el primero en notarlo.

–No…no hay gritos, tampoco… gruñen, solo golpean y empujan…Doc. –Aseveró el gigante.

En efecto el único ruido perceptible provenía de las hojas de zinc que chirriaban junto con los clavos y tornillos en cada empujón y rebote. Los sobrevivientes miraban en silencio las hojas moverse, el Doctor había apagado la linterna, pero los primeros rayos débiles de la madrugada azulina permitían ya captar algunos otros detalles de la improvisada pared.

Era mucho más débil de lo que les había parecido en la oscuridad de la noche, varias hojas estaban sumamente oxidadas y remedadas con otros pedazos de latón prácticamente cafés por la enorme cantidad de herrumbre que los cubría.

Los sobrevivientes se alejaron de la muralla de latón lo más que pudieron. A unos dos metros de la pared cerca de la esquina derecha del terreno, podían ver el cadáver del hombre con el pulmón en la boca.

Su cara estaba girada en dirección a ellos y sus ojos abiertos los miraban.

Jorge notó este detalle con horror cuando la luz fue suficiente.

Solo él lo notó porque los ojos del cadáver estaban cerrados cuando él le pisó la frente y el cuello, antes de que el doctor lo intentara revisar. Además el lo había dejado mirando para el otro lado en el pisotón.

Quizá se abrieron cuando el doctor lo pateó… quizá siempre estuvieron abiertos y él no se dio cuenta… ¿Su mente le estaba jugando una mala pasada?

El doctor y Alexander miraban las hojas de zinc bailar, pero Jorge no podía dejar de mirar los ojos lechosos del cadáver. Podía sentir que lo estaba mirando a él.

–¡Áyala porquería…! –Fue la noble expresión que Jorge soltó en voz baja.

–Yo creo que si nos adelantamos a que caigan las hojas de zinc podríamos aprovechar la sorpresa… pero… no estoy seguro muchachos… –El doctor no reparó en la razón de la poco caballerosa exclamación del muchacho, simplemente porque la situación en general la justificaba.

–A la velocidad que se mueven, nos atraparan de inmediato Doc… –Alexander protestaba contra el plan de intentar tumbar las hojas de zinc y correr sorpresivamente. Los infectados eran muy rápidos y agresivos, si había más de dos filas de ellos detrás de la cerca, estarían fritos. Serian mordidos y reducidos rápidamente.

–Doctor. –Interrumpió Jorge.

–¿Tu tampoco estás de acuerdo Jorge? Dame otra opción entonces ¡coño!…  –El galeno ya había decidido lo que haría pero en el fondo el plan requería que no fuera solo una presa la que lo intentara, eso aumentaría las probabilidades.

–No Doc., su plan me da lo mismo… estamos fritos… –Concluyó Jorge lapidariamente mientras esbozaba una amplia sonrisa. –Lo que le iba a decir es que… –Tuvo que subir la voz en medio del estruendo de las hojas de zinc. –¡Sus veinte años de experiencia en medicina!… me lo paso por los huevos… el señor pulmones… ¡se está poniendo de pie!. –Jorge señalaba al cadáver, que acababa de girarse sobre su costado, para poderse levantar usando sus brazos, mientras la negra bolsa de entrañas colgaba de su boca sanguinolenta.

–Jorge soltó una carcajada, la situación se lo apetecía. –¡EXPLIQUEME ESO SEÑOR DOCTOR! ¡VAYA PIDALE QUE ABRA LA BOCA Y DIGA AHHHH! –Las lágrimas corrían por sus ojos de tanto reír, y los golpes en las hojas de zinc se volvieron más violentos y constantes cuando quienes estaban en la calle escucharon las sonoras carcajadas.

–Jorge cálmate, ¿qué te pasa? –Alexander estaba completamente aterrado por el ataque de ironía y locura en que acababa de prorrumpir su hermano de desgracias.

El señor pulmones, se puso de pie, se veía desorientado, no intentó caminar, parecía estar haciendo un esfuerzo inconmensurable por mantener el equilibrio, miraba su propio cuerpo y manos como si se las viera por primera vez.

El doctor miraba fríamente tras sus lentes al cadáver de pie. Ese hombre estaba muerto y había sido reanimado. Sus movimientos eran torpes, le recordaban a un niño aprendiendo a caminar. Y quizá eso era lo que aquel cerebro infecto estaba haciendo en ese momento, aprendiendo a halar los hilos del títere cuyo control ostentaba con novedad.

La luz ya era suficiente para ver cada detalle de la situación, sin embargo aún era muy temprano en la madrugada. El cadáver había dado solo un paso hacia ellos y había caído debido a unos escombros que habían en el suelo, era un suelo sumamente irregular, era fácil torcerse un tobillo si no se pisaba con cuidado.

El hombre de ojos grisáceos se puso de pie, parecía no decidirse entre la curiosidad del ruido de las hojas de zinc o ir a donde ellos. Los separaba unos diez metros de distancia de los sobrevivientes.

Jorge ya había dejado de reír, y se enjuagaba las lágrimas, pero Alexander hipaba y suspiraba en total estado de pánico, su amigo se había vuelto loco y el Doctor parecía no tener idea de qué hacer.

Todo se había ido al carajo.

–Me equivoque Jorge. –Reconoció el doctor, extrañamente calmado, incluso sonreía. –Los muertos sí están poniéndose de pie.  Pero te voy a apostar nuestras vidas a que no me equivoco de nuevo. ¿Quieres escuchar mi nueva teoría?

Jorge sonrió ampliamente. –Dele Doc., suelte la cinta yo lo escucho. Tenemos bastante tiempo –Volvió a reír.

–Esos que están golpeando afuera no son infectados, son cadáveres reanimados, como ese que está ahí. Concluyó el doctor.

–¿Ya y? Eso para mí es obvio, es usted el que se está desayunando con la noticia “Señor Doctor Veterano” –Jorge estaba completamente inundado y eufórico por la adrenalina, sentía que, si se lo pedían, podía partir cabezas con sus brazos en ese momento.

El doctor sonrió. –Ok y ¿Qué tal si te digo que mi plan de salir sorpresivamente, ahora SI tiene opciones de funcionar? ¡Míralo!  –Está totalmente descoordinado. –El doctor señalaba con ambas manos al “señor pulmones” que ahora pegaba con sus puños estúpidamente en las hojas de zinc, como sus colegas de afuera.

–Sus compañeros afuera deben estar igual de confusos, no tienen la velocidad de los infectados, y me atrevo a apostar que sus reflejos deben ser los de una tortuga.

–¿Y si no? –Alexander se atrevió a interrumpir en la conversación de locos que estaban teniendo Jorge y el Doctor. –Es más doctor… ¿Quien le dice que esos son reanimados allá afuera y no infectados?

–No importa Alexito… si esa pared cae por completo, cualquiera de las dos clases de locos nos va a superar por número. –Fue la conclusión del Doctor mientras se acomodaba los lentes y revisaba rápidamente la carga de su escopeta.

–¿Qué dices “yorsh”? –Consultó temerariamente el galeno al muchacho.

–Yo digo que corramos hacia una de las hojas de zinc y la tumbemos entre los tres de un golpe, de después corramos como endemoniados. –Propuso el doctor, y agregó. –Si son infectados. Nos jodimos. Pero mejor morir afuera que aquí encerrados.

Sin embargo… si son… reanimados, sobre todo si son así como está ése bruto de ahí. –El doctor señalaba con la punta de su escopeta al señor pulmones. –Quizá podamos escapar.

Jorge miró a Alexander y le preguntó:

–¿A cuántos te quieres llevar antes de morir Alex?

Sin esperar respuesta, y todavía con los ojos clavados en el gigante, comenzó a correr, por delante del galeno, el médico se apretó rápidamente los lentes contra la cara e intentó alcanzar al joven en su carrera, corrían hacia una esquina lo más lejos posible del señor pulmones.

Jorge vio que Alex no lo siguió así que le quitó la mirada y se concentró en la hoja de zinc que golpearía con su hombro, el doctor ya estaba corriendo junto a él y ambos impactaron el muro de latón prácticamente al mismo tiempo.

El estruendo fue enorme, la hoja de zinc se abolló y se destrabó de varios clavos, sin embargo un flexible alambre de metal la sostuvo en su ida, y la trajo de vuelta, Jorge y el Doctor rebotaron volando de vuelta un metro y cayeron sentados, sorprendidos por la elasticidad de la improvisada muralla.

Jorge se llevó la mano al hombro, se había golpeado bastante fuerte, miró al señor pulmones que se había detenido al verlos rebotar en la pared y caer al piso,  pero el reanimado aún no atinaba que hacer ante el enorme ruido y movimientos que lo estimulaban tras las hojas de zinc.

Jorge le iba a pedir un segundo intento al Doctor que se acomodaba los lentes mientras soltaba varios improperios, antes de que Jorge pudiera abrir la boca para solicitar una nueva embestida, un bólido enorme pasó entre él y el doctor.

Alexander golpeó la hoja de zinc con tal violencia que la arrancó por completo llevándose con ella los reanimados que estaban detrás. Quiso el destino que solo hubiera cinco o seis seres de pie tras la hoja de latón, los otros se estaban parando recién, tras caer con el golpe que Jorge y el doctor habían dado a la hoja de zinc en el primer intento.

Alexander caminó sobre la hoja de zinc, como un caballero saliendo de un castillo sobre su puente levadizo, al llegar al extremo final que se encontraba levantado por los cadáveres que aplastaba, saltó y cayó aparatosamente tras resbalar con uno de los múltiples charcos de vomito y entrañas que habían en la calle.

Al ver esto, Jorge soltó un grito de furia y se lanzó sin pensarlo a la carga para proteger y apoyar a su hermano postizo.

Había pasado menos de un día junto al gigante, pero Alex y él habían compartido todo el Apocalipsis hasta ese minuto, Jorge sentía en su corazón que ese que cayó al piso, era su hermano, a pesar de jamás haber tenido uno.

Jorge corrió sobre el puente de latón con su hierro de gancho en la mano, Alexander se ponía trabajosamente de pie un poco aturdido mientras levantaba su largo madero del piso, el doctor los siguió de inmediato, pero hizo algo que a ninguno se le ocurrió, después de pasar sobre ella, haló rápidamente la gran hoja de latón que estaba remachada por un marco de madera de lado a lado y la trajo junto a ellos.

Cuando el doctor llegó junto a los muchachos pudo comprobar que su apuesta había sido correcta, solo unos pocos reanimados estaban en la calle aún, eran los mismos infectados que murieron entre vómitos unas horas antes, y ahora se apiñaban contra la cerca de latón.

Algunos y se dirigían hacia los sobrevivientes, pero el resto no había escuchado ni visto la hoja de zinc caer, dado el caos que ellos mismos formaban golpeando la cerca.

Y continuaron golpeándola.

El doctor soltó una pequeña carcajada de satisfacción.

–¿Ves pelao? Al menos con esta apuesta si acerté. –El galeno tomaba la hoja de zinc por la tabla que la cruzaba y utilizando alguno de los alambres que todavía colgaban de ella, se la amarró de la mejor forma que pudo en su brazo derecho. El improvisado escudo casi lo cubría desde su rodilla hasta un poco mas arriba de su cara.

–Vamos a ver si los antimotines sirven para algo con sus escudos. –El doctor emprendió una loca carrera calle abajo embistiendo reanimados con su improvisado escudo.

Jorge y Alexander estaban a punto de iniciar sus respectivos ataques sobre los reanimados más cercanos que caminaban lentamente hacia ellos, pero al ver al doctor correr tumbando cadáveres al piso, lo siguieron.

La técnica era increíblemente efectiva, los cuerpos reanimados no parecían caer tanto por la fuerza de la embestida como por la sorpresa en sí, sus cerebros no mostraban capacidad alguna de calcular previamente la trayectoria y la inercia con la que el enorme objeto se movía  hacia ellos, era casi como si no lo vieran.

El doctor sospechaba que quizá se tratara de algo más simple. La mirada de los reanimados se fijaba en seres vivos y tras el improvisado escudo no los podían ver. Sea como fuere, avanzaban calle abajo sumamente rápido en dirección a Vía España.

–Doctor eso allá va a estar lleno… –Jadeó Alexander mientras corría al final de la fila, agarrado del cinturón de Jorge.

–Lo sé, Alex pero confía en mí, no hay otra solución, si los cadáveres están siendo reanimados. –Tomó aire y gruñó golpeando a tres seres lanzándolos lejos hacia los lados. –

Cada hora que pasemos aquí disminuye nuestra capacidad de sobrevivir. –Jadeó nuevamente. –Tenemos que llegar al mar.

No hubo más réplicas. Alexander recordó las palabras del doctor sobre las epidemias agresivas de alta fatalidad, y de como la disminución de los números de vectores al morir las hacían desaparecer.

–En esta plaga Alexito… –El doctor volvió a embestir otro reanimado, mientras los muchachos corrían pegados tras él en un pequeño tren humano. –Cada muerto se suma al número de vectores. A cada minuto. Esto estará más y más lleno para el medio día.

El doctor se detuvo para tomar aire. Se encontraban junto a un hotel cuyos vidrios en la recepción estaban rotos, todas sus luces estaban apagadas y salía humo de sus ventanas, pisos más arriba. El galeno estaba completamente agotado, tragaba saliva y escupía al final de cada frase.

–Alex… Jorgito. –Volvió a escupir al piso. –Para hoy en la noche, la ciudad va a estar completamente atiborrada de cadáveres reanimados.

–Deme eso doctor. –Alex tomó la iniciativa sin esperar respuesta y lo desamarró del brazo del médico, el hombre ahora realmente parecía tener veinte años más que cuando lo vieron apuntarles con la escopeta,  al anochecer del día anterior.

Mientras Alex terminaba de amarrarse el escudo a su poderoso brazo, Jorge miraba a los alrededores, escudriñando cada movimiento, estaban a un par de cuadras de una de las principales vías de la ciudad. Jorge sabia que las cosas se pondrían difíciles, quizá no lograrían cruzar Vía España para continuar camino al mar.

Pero en ese momento. Jorge se sentía más vivo que nunca, una sensación de plenitud física y espiritual lo poseía, sus sentidos estaban realzados y a flor de piel, la adrenalina ya no le quitaba ni le daba más fuerza, su cuerpo se estaba acostumbrando al stress de la situación y prácticamente no fallaba golpe alguno con estos reanimados.

Los cadáveres reanimados en grandes números eran temibles, pero de forma individual o en grupos dispersos se volvían tan fáciles de manejar o más que un borracho en los últimos días de carnaval.

Jorge prefería enfrentarse desarmado con diez de esos reanimados a encontrarse con un revolver en la mano frente a un solo infectado. La pregunta que se agolpaba en su cabeza era, cuál de los dos tipos de seres encontrarían por centenares en Vía España.

Infectados o Reanimados.

Alexander terminó de amarrarse el escudo al brazo, e hizo una pequeña pero importante modificación, introdujo casi al medio de la improvisada barrera portátil, su lanza. Aprovechó un hoyo que el óxido había abierto, y lo forzó hasta hacer pasar medio metro de su largo madero. Ahora desde el medio del escudo sobresalía un grueso pedazo de madera cual lanza, asegurando efectivo un golpe penetrante que aumentara la vida útil del escudo. Esto sumado al enorme tamaño del moreno, convirtieron el improvisado aparato en un caballo de batalla móvil que les aseguraría varias cuadras de seguridad, mientras se mantuvieran en movimiento.

 

 

El enorme camión modificado de seis ruedas avanzaba saltando aparatosamente en el hombro de la autopista, mientras se abría paso por los laterales del Corredor Norte, arrancaba retrovisores y empujaba vehículos hacia el costado. De su impresionante parachoques metálico colgaban pedazos de restos humanos, los cuales casi no dejaban ver el delicado trabajo de pintura que se hizo para su camuflaje negro y gris.

Tras el enorme vehículo, los seguían dos Ford “Super Duty” también modificados, con enormes parrillas negras que contrastaban con el otrorora limpio y cristalino blanco Policial. Las enormes camionetas “pickup” se movían casi a la misma velocidad de “La bestia” que iba frente a ellos, pero ante los obstáculos y vehículos empujados por el enorme camión, bajaba la velocidad para extremar cautela.

A Pedro lo despertó un cabezazo contra el duro suelo del vagón de “La Bestia”, junto a él iban sentado seis oficiales de distintas unidades de la Fuerza Policial que fue enviada a controlar lo que ocurría en Albrook.

El toletazo en la nuca del periodista lo puso en estado de inconsciencia hace cuatro horas. El anochecer se cerraba sobre los tres solitarios vehículos que recorrían el Corredor Norte, mientras las radios de todas las unidades compartían chasquidos, gritos y órdenes sin cesar.

Las dos frases que Pedro pudo reconocer al salir de su inconsciencia fueron “Estadio Nacional” y “Punto Seguro Número Uno”.

El periodista se sentó, pero un nuevo salto lo hizo agarrarse del protector de rodilla de uno de los Antimotines que sentado lo observaba, el oficial no se había quitado el enorme visor transparente, como si estuviera seguro de necesitarlo en cualquier minuto. Le dijo algo a Pedro pero tras su máscara antigases y el visor, el camarógrafo no entendió absolutamente nada.

De pronto, sin intentarlo, pudo reconocer una palabra… dentro de la cacofonía de ruidos que salían de las radios en los pechos de los oficiales. “sucia” fue la palabra… en un instante la realidad lo golpeó como una ola en la espalda de un bañista desprevenido.

Vio los ojos rojos de Alicia, y de inmediato vino a su mente la imagen de su compañera recibiendo dos tiros en la cabeza. Había olvidado todo en los primeros segundos de conciencia, pero ahora podía ver claramente la sangre y manchas de aceite negruzco en el visor del oficial.

Todos tenían manchas y golpes en las armaduras y visores, atestiguando feroces combates cuerpo a cuerpo, los escudos antidisturbios saltaban apilados en una esquina del vehículo, la palabra POLICIA casi no se podía leer en sus superficies transparentes, estaban salpicados de todo tipo de fluidos y huellas de dedos que resbalaron sobre ellos durante el escape de la Terminal de Buses.

Su cabeza quería estallar, una migraña horrible le hacía latir el cerebro, en la carrera cargando a Alicia y luego huyendo de ella había gastado casi todas las reservas de energía de su cuerpo y éste le exigía un poco de azúcar.

Al principio le pareció estar en el vagón de un tren, enorme y ruidoso, se puso de pie y vio como diminutas ventanas planas dejaban entrar la luz, uno de los oficiales lo agarró rápidamente del antebrazo porque se hizo aparente que Pedro iba a caer de nariz nuevamente entre el movimiento del camión y su completa debilidad.

El oficial ataviado de armadura antidisturbios completa, intercambió en un solo movimiento su asiento con él. Al doblar sus rodillas para sentarse Pedro volvió a tener otro doloroso recuerdo. Su rodilla. La articulación le mandó un mensaje alto y claro de que estaba muy mal herida.

–No tienes idea de la suerte que tuviste, le dijo el oficial con el visor aún puesto. –El teniente te cargó como un saco de papas durante toda la retirada.

–¿Teniente? –Preguntó Pedro todavía agarrándose la rodilla en una mueca de dolor.

–Si… El teniente Ortega, el que te dio tu toletazo en la nuca en lugar de volarte un tiro por intentar quitarle el arma de servicio. –El tono del oficial tras el visor era de molestia e indignación, subió la enorme pantalla transparente frente a su cara y se presentó.

–Soy el Cabo Ibarra. ¿Me recuerda? –Pedro tardó unos segundos pero al ver los ojos del muchacho recordó su expresión de miedo al huir de Alicia mientras el Teniente Ortega cancelaba su orden de buscarla.

–Si… Lo recuerdo bien Ibarra. –Contestó de mala gana el camarógrafo quitándole la mirada al oficial y concentrándose en su rodilla derecha, la tanteaba con los dedos buscando el punto que más dolor le produjera.

–¿Donde está el teniente? –La pregunta salió de la boca de Pedro casi sin pensar.

–El no lo logró. Ciudadano. –Fue la respuesta del Cabo Ibarra.

–Del contingente de sesenta oficiales solo quedamos ocho en este vehículo y como doce más en los pickup que nos vienen siguiendo, creo que vi como ocho linces también, pero vienen rezagados.

No quisieron dejar sus motos por más que les dijimos que había espacio.

Pedro miraba al cabo con los ojos abiertos de par en par, no lo podía creer, recordaba la enorme barrera humana con escudos a la que fue ingresado huyendo de Alicia. Prácticamente todos estaban equipados con armaduras y sub ametralladoras, ¿Cómo podían quedar tan pocos?

El cabo Ibarra comprendió que Pedro no tenía forma de comprender la gravedad de la situación, a pesar de haber visto muchos reanimados carbonizados, el Periodista no había enfrentado todavía una horda de Infectados como la que se formó dentro del Mall anexo a la Terminal de Albrook.

La cantidad de gente en el mall a esa hora pico, la cercanía la confusión y el caos fueron de tal magnitud que en menos de una hora, para el momento en que el teniente Ortega ponía a Pedro a dormir de un toletazo, unas ochocientas almas habían sido infectadas y comenzaban a mostrar los primeros síntomas de demencia e instintos caníbales.

–Después de que el Teniente te nokeó, te subimos a uno de los pickups y te dejamos durmiendo. –El cabo Ibarra parecía haber envejecido diez años en las últimas horas.

–Nos ordenaron entrar en formación de escudo cerrado a detener los saqueos y actos de violencia que estaban ocurriendo en el Mall.

–Las instrucciones originales eran usar municiones de goma, gas pimienta y perdigones solo si era estrictamente necesario y aprobado desde arriba… No queríamos más problemas como lo que ocurrió con los indígenas… Pero al llegar reportamos lo que estaba sucediendo, dos anarquistas le arrancaron la cara y el cuello a un sargento…

Tuvimos que esperar casi una hora porque estaban esperando respuesta del Instituto Gorgas…

Al final llegaron órdenes estrictas de uso letal de fuerza. No hubo dudas de parte de ellos, esto es una enfermedad que se contagia por la mordida y que las personas infectadas no iban a razonar ni había forma de arrestarlas con seguridad, la prioridad era detenerlas para que no esparcieran la enfermedad.

El cabo Ibarra se balanceaba de pie en el vagón del vehículo mientras se limpiaba el sudor de la cara. Pedro no lo quiso interrumpir.

–Al principio no lo podíamos creer, pedimos confirmación varias veces por radio, incluso mientras perdíamos compañeros que intentaron inmovilizar a esos locos sin matarlos. Nadie quería ser el primero en matar a un enfermo, por muy loco que estuviera.

Pero el mismísimo Director General de la Institución habló con el Teniente Ortega, las órdenes eran claras. Y sólo para nosotros.

–Teníamos que detener a como diera lugar a los infectados, mientras esperábamos un masivo contingente de refuerzos, los infectados estaban regando “eso” y si salían del sector no habría forma de detenerlos.

Jamás había visto una orden de esa magnitud ser emitida de forma tan directa y sin dudas.

Mierda JAMAS había visto NINGUNA ORDEN bajar a esa velocidad desde el alto mando del gobierno.

–Después de eso cerramos formación y los tiradores empezaron a hacer su trabajo sin asco. Estuvimos a punto de matarte man…

–Por eso cuando vimos a tu colega… ya habíamos neutralizado unos veinte… sucios créeme no somos asesinos, los pelaos que pegaron los primeros disparos no quedaron bien, fueron los primeros en joderse cuando todo se fue al carajo… cuando llegamos a la calle entre el mall y la terminal…

El joven oficial tomó aire y balanceó su cabeza en señal de desaprobación hacia las imágenes que su mente le estaba presentando.

–Puta… cuando vi la calle… hermano. –El joven oficial miraba al vacio como si la imagen estuviera plasmada en la pared del vehículo.  –Te juro que casi me orino. No lo estoy diciendo como broma, ni en sentido figurado, te juro por mi madre que sentí que me iba a orinar. –El oficial no miraba a Pedro, seguía mirando la pared del vehículo mientras hablaba como si todo estuviera pasando frente a él en ese momento. –Eran tantos, todos con alguna mordida o herida enorme y horrible. Cuando nos vieron se abalanzaron en masa sobre nosotros, no había forma de disparar a la cabeza, no había forma de detenerlos, eran cientos, y decenas salían corriendo a cada segundo de las puertas del Mall.

–Todos se abalanzaban hacia nosotros, su desesperación era tal que al principio varios me hicieron pensar que huían del resto, pero después vi a los primeros compañeros caer…

–Pero…y ¿las armaduras antimotines, los escudos? Preguntó Pedro tímidamente.

–Uno de los oficiales rompió a llorar con la cabeza entre sus rodillas cuando el Pedro hizo la pregunta, el cabo Ibarra prosiguió.

–Nada los detenía, los primeros en tropezar y caer… los mataron de inmediato. Otros fueron mordidos en las manos y brazos al tratar de halar a sus compañeros caídos de las hordas que los despedazaban… tienes que entender, la cantidad, la fuerza. Era imposible.

Pedro no lograba entender como había sobrevivido inconsciente mientras un contingente de decenas de oficiales armados y equipados había sido devorado hace unas horas. Intentó indagar. Pero “La Bestia” se detuvo de improviso obligando al Cabo Ibarra a agarrarse precariamente de la estructura del vagón para no caer.

–¡Armaremos un perímetro alrededor de la Bestia!. Necesitamos mover hay cerca de cinco autos que están obstaculizando la vía, romperemos las ventanas y los moveremos en neutral.  ¡Rápido!

Una pequeña bocina en el techo del vehículo emitía las órdenes.

–Compañeros, las órdenes fueron claras, tenemos que llegar al estadio Nacional lo antes posible.  –Pedro quiso preguntar lo obvio de inmediato, ¿Porqué el Estadio Nacional?, pero no tuvo tiempo.

Las puertas traseras de la Bestia se abrieron dejando entrar la luz, que a pesar de estarse acabando por el atardecer, era brillante ante los ojos cansados del Periodista.

Los oficiales se bajaron de inmediato, caminaban lentamente buscando con sus armas un blanco. El nerviosismo se podía adivinar tras sus mascaras.

Cuando Pedro se asomó a la puerta  trasera del vehículo, el panorama lo impactó.

En ambos sentidos de la autopista, miles de autos estaban detenidos, la bestia había hecho todo su recorrido por el hombro sin asfalto de la carretera porque incluso esa área de servicio de la autopista estaba anegada en vehículos, la gran mayoría con sus puertas abiertas.

Se podían ver algunas personas corriendo hacia las autopistas y otras caminando, alejándose de la ciudad, llevaban niños en sus brazos o a cuestas.

Al periodista le extrañó que no se acercaran al vehículo policial en busca de ayuda.

Los pickups llegaron poco después estacionándose tras ellos. Varios oficiales se bajaron repitiendo la misma operación, abriendo un perímetro entre los vehículos.

Uno de los oficiales se bajó del asiento del copiloto. Debía ser el oficial con rango más alto entre todos ellos, porque Pedro lo vio indicar con señales y órdenes en voz baja los lugares donde debían situarse para proteger al equipo, mientras caminaba hacia “La Bestia”.

En total Pedro pudo contar unas veinte unidades policiales a su alrededor.

Pedro acomodaba sus piernas para bajar con cuidado, la rodilla le dolía mucho y “La Bestia” era un camión de seis ruedas sumamente alto, sobre todo para alguien lesionado.

Mientras se acomodaba para bajar, el Sargento que comandaba el contingente le detuvo.

–Ciudadano, por favor vuelva al vehículo. El Teniente Ortega dio su vida por usted, no quiero que sea en vano. Tenemos que mover varios autos y proseguir.

–Quédese adentro.

La mirada del Sargento era intensa, un hombre de piel oscura, casi brillante y labios abundantes, se notaba que era un tipo durísimo con mucha calle encima. Bastante mayor que el Teniente Ortega, debía estar rondando los cincuenta.

Pedro, se sentó en el piso del vehículo, sin saber que decir, había intuido aquello de la mirada del cabo Ibarra, pero ahora tenía la certeza de que el Teniente había muerto para que él pudiera salvarse en ese vehículo.

–¿Usted es periodista señor? –Pedro asintió levemente con la cabeza.

El oficial subió ágilmente al vehículo. Y se sentó tras Pedro. Comenzó a hablar sin mirarlo directamente.

–Quiero que documentes lo que sé. Tengo la sensación de que esto va a parar en algo muy, pero muy malo.

A Pedro se le erizó la piel de la nuca. Iba a devolverse para mirar de frente al oficial. Pero este se lo impidió poniéndole la mano en el hombro.

–Quiero que entiendas que esta conversación no la estamos teniendo. Escucha bien que no lo voy a volver a repetir… jamás.

–Te voy a decir lo que sé… porque en este momento sé mucho. –El vetusto oficial miraba el horizonte del rio de autos en la ruta norte mientras hablaba. –Tengo muchos “viejos”  amigos en altos puestos políticos y hago muchos favores aquí donde estoy, tu sabes, un hijo que se chocó borracho acá, una menor de edad preñada por allá, ese tipo de cosas, hermano yo estoy aquí desde hace varios presidentes, y estoy tan bien “parao” que ya me ves… sigo aquí.

–Así que te conviene creerme. –El oficial dibujo una sonrisa casi imperceptible en su duro rostro.

–Las cosas que te voy a decir son el fruto de todos los favores que he hecho. Todo esto me olió mal ayer, apenas supe de los conteiners contaminados pedí información y me ha seguido llegando hasta ahora, mi familia cruzó la frontera con Costa Rica esta mañana, los hice viajar a todos anoche, tuve casi un día de ventaja para poner a resguardo a mi gente.

No creo que podamos detenerlo, es… no hay forma de calcular su alcance o como se está esparciendo, a esta velocidad.

–¿Por qué… el Estadio? –Interrumpió Pedro mirando oficial.

–La Presidenta se encuentra en el Palacio de las Garzas, tan pronto aseguremos el estadio Nacional para la evacuación, la sacarán en helicóptero hasta el punto seguro número uno. La quisieron convencer que manejara toda la operación desde Chiriquí, en el refugio que se está armando en los terrenos de la Feria de David, pero no quiso.

Un contingente gigantesco del SPI y casi toda la Guardia Presidencial han cerrado y sellado  por completo el perímetro de San Felipe.

–¿Por qué asumen que no se puede curar? ¿Cómo pueden saberlo? –Pedro no podía creer que en unas horas hubieran decidido condenar a todas las personas infectadas, sin embargo en ese momento no quería hablar de los cuerpos carbonizados que habían vuelto a la vida.

–Tenemos el Instituto Gorjas, en Panamá la mayoría de la gente no lo sabe pero son reconocidos a nivel mundial… y te puedo decir que no saben lo que es esta plaga.

Mis “amigos” me dijeron que la tasa de infección es tan alta, y tan rápida, que no importa lo que sea, va a cubrir la ciudad en unos días.

–No sé si me entiende… Señor periodista… no importa si hay una cura. No hay forma de administrarla a tiempo, aunque la tuviéramos mañana en las manos. Usted ya los vio, están completamente fuera de sí, ¿Cómo detener a gente así de agresiva sin dañarlos? En Albrook, junto a nosotros iban varios especialistas del instituto y cinco gringos que viajaron durante la noche desde Atlanta, de la CDC.

Apenas vieron los primeros infectados que logramos detener, llamaron a gringolandia, no pidieron más información. Lo demás ya lo sabes.

Pedro miraba también a las personas que de manera dispersa salían de algunos vehículos, otros grupos pequeños se habían quedado juntos al lado de algunos autos, y la mayoría, caminaban lentamente por el borde de la carretera, pocos se detenían a conversar con los oficiales en el perímetro, pero estos les señalaban al horizonte y los ciudadanos continuaban.

–Saben que no podemos detenerlo…  se contagia demasiado rápido, y la recomendación de los

*CDC. Centers for Disease Control and Prevention

Gringos desde Atlanta, fue parecida, dicen que vendrán a apoyarnos en unas horas, pero tenemos que crear un sector cien por ciento “limpio”, para eso utilizaremos los Estadios.

El oficial hizo silencio mientras, encendía un cigarrillo, y prosiguió.

–No importa como lo quieran pintar, estamos abandonando la ciudad para reagruparnos y planear una ofensiva contra la plaga.

–¿Pero y la gente sana? Replicó Pedro.

–La Presidenta, no es Presidenta de la ciudad capital nada mas… señor periodista, ella es presidenta del país, tiene una responsabilidad para con todos, e incluso para con los países vecinos… Carajo, como están las cosas quizá hasta con el mundo… Hay que evitar que la enfermedad cruce los puentes… usted dice gente sana, recuerde que gente sana hay en todo el resto del país.

–Todas las unidades que quedan de la Policía, cuerpos médicos, las unidades que estén disponibles del SERNAFRON y hasta el SYNAPROC tienen que reunirse en el Estadio Nacional y los que no puedan llegar, tienen que ir al Estadio Rommel Fernández. Los vuelos internacionales y nacionales fueron suspendidos a medio día, Costa Rica y Colombia cerraron sus fronteras después de que los gringos llamaron a su país para informar lo que vieron en Albrook.

–Pero… Dios… –El camarógrafo no sabía que decir o hacer ante semejante golpe de realidad. El oficial, aspiró otra bocanada de humo y la liberó suavemente, con la mirada aún perdida en el atardecer que comenzaba a proyectarse en el horizonte.

–Entienda señor periodista, no podemos pedir a las personas que se encierren, no podemos pedirles que salgan, no podemos pedirles que huyan. Tenemos que asegurar un refugio y pedirles que lleguen ahí por sus medios. Cuando hayamos asegurado un perímetro, podremos enviar cuadrillas de rescate por ellos, pero por ahora, el caos debe contenerse, necesitamos centralizar y reunir nuestras fuerzas.

–¿Como pudo pasar?, así, de improviso…

Pedro no le preguntaba al oficial, su boca simplemente expresaba en voz alta lo que su corazón sentía.

–No fue tan de improviso, los gringos sabían de esta amenaza, pero no había forma de adivinar en qué país caería. Cuando nos avisaron de la sospecha de que el terrorista estuviera en nuestro país, hicimos lo que pudimos.

Esta cosa ya era casi imposible de contener ayer que solo teníamos un conteiner con un arma bio-terrorista dentro, quizá esperaban un brote aislado de unas diez o veinte personas lo cual es ya bastante malo, pero:

¿Una terminal de buses y un mall completo en un instante? Nadie puede controlar algo así… Nadie.

Pedro quiso indagar sobre los conteiners, pero no podía. Todavía necesitaba digerir todo lo que había escuchado.

–El fin nos llegó, la ciudad para mañana estará totalmente sobrepasada en esos seres infectados.

–Tome. –El oficial le pasó a Pedro una libreta, dentro de su espiral aplastada había un bolígrafo viejo de color azul. Arrancó las primeras hojas y se la dio al camarógrafo. –

Supongo que ya no tiene su cámara, pero le recomiendo que anote. No es porque sea Policía, es porque soy un viejo, mis huesos me dicen que… Esto es el fin de todo. Creo que lo va a querer documentar.

Dudo que haya una noticia más grande. –El oficial soltó una carcajada contenida para no dejar caer el cigarrillo de su boca. Y sin detenerse bajó del vehículo. En ese momento, ocho motos de unidades “Linces” llegaban junto a ellos.

Casi todos los motociclistas se detuvieron y reubicaron reforzando el perímetro, los copilotos de las motos se pusieron de pie ágilmente en el asiento trasero y aprovechaban la altura ganada para escudriñar a más distancia.

Una moto se situó frente al Sargento.

–¡Mi Sargento! –El motorizado se subía el oscuro visor de su casco negro mientras saludaba formalmente al oficial, tras el oscuro plástico transparente, Pedro vio unos ojos grandes y asustados.

–Descanse Cabo. –Infórmeme. –Pedro pudo leer el nombre bordado en la chaqueta del oficial que bajaba de “La Bestia”, la etiqueta decía, “Sgto. Isaac M. Tapia”.

–Sargento. –El joven motorizado jadeaba como si hubiera hecho la carrera a pie. –Sargento, vienen hacia acá, están a menos de un kilometro. Atacan a quienes quedaron en los autos, a quienes caminan por la autopista, a todos. Los locos corren por la autopista sin parar, son cientos. –Sargento, esto no es solo una enfermedad, vimos a varios de los primeros que abatimos en el Mall ponerse de pie… y no debían. ¿Ha escuchado las radios verdad?

A Pedro se le heló la sangre, recordó con claridad a los cadáveres carbonizados mirándolo de pie tras la cerca, una horrible imagen se agregó artificialmente a su recuerdo, Alicia estaba ahí de pie tras la cerca con ellos mirándolo.

–El canoso oficial, hacia silencio, botó el cigarrillo consumido al suelo y lo aplastó calmadamente. –Cabo, ayude a reforzar el perímetro. Ya sabe las órdenes, no podemos llevar a nadie con nosotros. Si alguien pregunta, instrúyanles que vayan al Estadio Nacional.

Miró a Pedro de reojo y sentenció… Si intentamos llevar un ciudadano, tendremos que llevarlos a todos. Si no aseguramos el estadio, no podremos ayudar a nadie, somos la primera fuerza de defensa del perímetro del estadio, todavía no ha llegado nadie más, si los infectados llegan primero y toman el lugar, no habrá forma de asegurar otro lugar en el tiempo que nos queda.

¿Entiende lo importante de nuestras órdenes?

El motorizado dudó un momento. Pero el sargento lo tranquilizó.

–Nos iremos en unos minutos, ya están terminando de sacar los últimos dos autos que obstruyen el camino. –De inmediato volteó a mirar a Pedro y le ordenó con la más completa seguridad del significado de sus palabras.

–Señor periodista, entre al vagón y agárrese bien. Lo vamos a llevar al Estadio. Cuando usted esté seguro, y el centro de evacuación esté protegido.  Voy a tomar a mis muchachos y voy a volver a sacar a cuanta gente pueda de la ciudad.

Cuantas veces sea necesario.

Pedro y el Motorizado lo miraban sin comprender todavía lo que les estaba diciendo.

–Yo jure proteger y servir. Y que venga el mismísimo Diablo a cobrarme la palabra si no es ahora que voy a cumplir ese Juramento. –Sentenció el sargento Isaac.

Ahora. SIENTESE… y usted cabo, MUEVASE.

 

 

 

 

 

 

Daniel llevaba algunos segundos aturdido sobre el capó aplastado del auto en el que había caído. Abrió los ojos y vio de inmediato como un enorme objeto caía desde lo alto del paso elevado.

La parte de atrás de su cabeza le dolía, intentó llevarse la mano a la nuca, pero sintió una extrema puntada de dolor en su codo izquierdo que hizo que se lo sostuviera con la otra mano. Al mirarse el codo, aún sin recordar bien donde estaba ni porqué, alcanzó a divisar un enorme puesto metálico de rellenado de tintas que caía sobre al menos ocho reanimados aplastándolos y tumbando a los que estaban junto a los desafortunados cadáveres.

No fueron los reanimados que estaban junto a él los que trajeron toda la situación a su memoria, sino el puesto de rellenado de tinta que cayó desde el paso elevado. Por alguna razón la imagen de publicidad de la marca de impresoras que tenía el puestecito, fue la que gatilló el recuerdo de toda la situación en su cerebro, todo pasó por frente a sus ojos en un instante, hasta recordar el momento cuando colgaba del infectado seis metros más arriba.

Se sentó abruptamente al comprender la situación de peligro mortal en la que se encontraba y  pudo percibir como los sobrevivientes gritaban desaforadamente desde arriba, tirando lo que tuvieran en la mano para llamar la atención de los infectados.

De hecho lo habían logrado hasta ese momento. Había sido tan estrecho el margen del milagro, que un reanimado había logrado agarrar la basta del pantalón de uniforme de Daniel, pero miraba hacia el paso elevado distraído por los sonidos y objetos que llovían intermitentemente del puente.

Algunos infectados miraron a Daniel con sus ojos lechosos pero nuevamente la actividad en el puente les robaba la atención.

Un letrero de unos dos metros de ancho cayó de canto sobre la cabeza del reanimado que agarraba la basta del pantalón del joven, el reanimado desapareció instantáneamente bajo el peso del enorme artefacto publicitario y el muchacho se hincó lentamente tratando de no llamar la atención del mar de reanimados en el que flotaba su barcaza de cuatro ruedas.

Buscó en todas direcciones, pero no había forma de bajarse del vehículo con seguridad, los reanimados se habían apretujado bajo el puente en una masa informe de brazos elevados y roncos gemidos, empujaban el vehículo con sus cuerpos involuntariamente mientras fijaban su atención en el puente que colgaba sobre ellos, llenos de seres con vida, que hacían ruido y los llamaban. Parecían hipnotizados.

Daniel se dio cuenta de que si se ponía de pie iba a llamar la atención de los reanimados que miraban al cielo, así que decidió no poner más a prueba su suerte y se acostó boca arriba totalmente quieto en el auto mientras decidía que hacer.

Pudo divisar a Andrea que se asomó un par de veces a mirarlo con la bebé en brazos, era como si todos lo estuvieran dando ya por muerto, prácticamente lo veían como si se hubiera roto el cuello al caer y su cadáver fuera lo que estuviera sobre el auto. La lastima y el dolor se reflejaban en sus ojos.

Daniel se sintió como mirando desde el fondo de su tumba a quienes lo enterraban.

Lo cierto es que a pesar de que Daniel estaba consciente de lo peligrosa de su situación… no tenía ni la más remota idea de cómo se veían las cosas desde el puente. El ruido que hacían los sobrevivientes era tal que la cantidad y concentración de los reanimados era monstruosa en todo el sector aledaño al puente, bajo él y en sus entradas.

–Mierda les dije que no lo hiciéramos ahora miren cuantos hay. SE LOS DIJE!! –Reclamó Carlos al resto del grupo, mientras miraba insistentemente a un lado y a otro del paso elevado.

–No podíamos dejar que lo mordieran. Lo despedazarían como al otro muchacho. –Le gritó Andrea controlada por la histeria. –Y no nos vamos a detener. Si lo hacemos está perdido.

Andrea aplastaba con la mirada a Carlos, era más alta que él, pero no fue eso lo que le silenció, sino el fuego en sus ojos, la intención asesina y desesperada en su mirada le quitaron las palabras al pequeño hombre. Bajó la mirada y se dirigió al otro extremo del puente.

–A la mierda con ustedes. –El pequeño hombre siguió su camino sentándose en el piso sin hablar más, el resto de los refugiados estaba sentado junto a él, tampoco estaban de acuerdo con seguir haciendo más ruido atrayendo mas reanimados.

La señora María estaba sentada en una esquina con el hijo mayor de Andrea y la bebe en brazos. Mientras la madre buscaba desesperadamente alguna forma de ayudar a Daniel. Pero simplemente no había más cosas que tirarles para distraerlos.

 

En la desesperación, Luis había tomado una decisión por su cuenta, que comprometía la seguridad de todos, sacó uno de los puestos de recargado de tinta que apoyaba la barricada en una de las entradas del puente, lo subió y lo tiró para aplastar a varios reanimados que ahora se arrastraban con sus espaldas rotas bajo la estructura metálica en el piso.

Su lógica fue simple, si los infectados, agresivos, fuertes y rápidos como eran no habían logrado romper la barricada, estos seres más lentos y tontos no podrían pasar lo que quedaría cuando el retirara el puesto metálico. La pared de obstáculos que quedó seguía siendo una barrera formidable.

Sin embargo estaba equivocado.

Luis aprendería ese día, lo que todos los panameños sabrían semanas después. Que un grupo de infectados parados frente a una barrera no la empujan, sino que la halan y golpean de forma desordenada y furiosa. Por eso una barrera de mediana fuerza puede detenerlos, si no la logran trepar.

Sin embargo, los reanimados, en su pesado andar, no pueden trepar una simple escalera, pero se reúnen a empujar, sin otro propósito más que avanzar, siendo empujados al mismo tiempo por sus compañeros detrás, no sienten dolor, por lo cual se despedazan aplastados contra la barrera a medida que el peso de sus “colegas” los revienta lentamente contra el obstáculo. En resumen, una horda de reanimados es prácticamente un embutido de carne forzándose contra una cerca o puerta.

Es solo cuestión de tiempo para que esta ceda.

Cuando Luis retiró el puesto de recarga de tintas de impresoras, el peso tras la barricada superaba los trescientos cuerpos.

Cinco minutos después, cuando nadie podía verlo, y Andrea le gritaba a Carlos, la barricada cedió.

Lenta pero inexorablemente, una treintena de reanimados comenzó a subir a tropezones los escalones, una gran cantidad sucumbieron aplastados al caer en un escalón y ser pisados por el resto, pero habían cientos más para reemplazarles. La espiral de tres vueltas de la escalera los detuvo varias veces mientras sus lentos cerebros discernían cual era el próximo paso en aquel complicado laberinto. Algunos incluso caían por los barandales de la escalera al ser empujados por los demás.

Daniel miraba a los demás gritando desde el paso elevado, no se atrevía a mirar a los reanimados junto a él, eran horribles, el jamás  había visto un cadáver, ni siquiera se había atrevido a mirar a su abuelita en el ataúd cuando tuvo que despedirse de ella en su funeral, hizo todo lo posible por mirar sus manos y su vientre sin mirarle la cara y se despidió huyendo rápida y disimuladamente.

Ahora esos seres de piel grisácea, hediondos y mutilados lo rodeaban en todas direcciones.

Pero mientras estuviera en silencio, no parecían notarlo, debía pensar rápido.

De pronto, una parte de la masa de reanimados, en dirección a una de las entradas, se alejó del auto en el que Daniel estaba acostado, dieron la espalda al vehículo y caminaron pasando bajo el puente y siguiendo a otros reanimados que iban en dirección… a la escalera.

Al abrirse la pared de reanimados junto a esa esquina del auto, Daniel pudo ver como daban la vuelta en la esquina de la muralla de la escalera, y desaparecían. Le tomó unos segundos comprender lo que estaba viendo, pero al levantar un poco más la mirada confirmo sus horribles sospechas.

¡Estaban subiendo la escalera!

Los ojos de Daniel se abrieron desmesuradamente sus manos se crisparon sobre el capó del vehículo en un rictus de terror.

El muchacho sabía que si gritaba para avisarles los reanimados se darían la vuelta a atacarle, estaban distraídos, pero ya varios se habían percatado de que él estaba ahí, simplemente era más interesante el espectáculo en “vivo” sobre el puente.

Andrea se asomó por tercera ocasión desde que Daniel recobrara la conciencia. Al verla con su bebé en el canguro, el chico no dudó más.

Se puso de pie de un salto y gritó señalando frenéticamente a la entrada del puente.

–¡Están subiendo! ¡LOS MUERTOS ESTÁN SUBIENDO!

Andrea desapareció tras el barandal del paso elevado y Daniel pudo escuchar a los sobrevivientes gritar de terror.

Carlos se había sentado justo frente a la parte superior de la entrada de la escalera, la misma escalera por donde ahora subían decenas de reanimados, cuando pudo ver la primera de las cabezas asomarse en su lento subir por los escalones, era demasiado tarde, su enorme cuerpo rechoncho no le permitió pararse a la velocidad necesaria antes de que el primer reanimado pusiera un pie sobre el piso del Paso Elevado.

La horda de cadáveres caminantes se abalanzó sobre él al igual que sobre el resto de los sobrevivientes, a excepción de Luis, Nicolle y la señora María que estaban junto a Andrea del otro lado del puente, intentando distraer a los reanimados que acorralaban a Daniel.

En lugar de intentar pelear como los muchachos  con el infectado, prefirió huir y morir en la caída, subió como pudo al barandal del paso elevado para saltar, pero múltiples manos se lo impidieron, agarrándolo por una de sus muñecas cuando ya se encontraba con un pie en el aire y lo halándolo hacia el puente nuevamente.

El pequeño hombre colgaba gritando y llorando en manos de varios reanimados, por unos agónicos y eternos segundos, los seres arrancaban tarascones de carne de su brazo derecho, cortando tres de sus dedos en un par de mordiscos, la sangre bajaba en delgados ríos por el hombro y axilas del hombre que colgaba a seis metros de altura.

Un instante después su sanguinolento brazo se resbalaba de las manos de los reanimados, con lo cual el pesado “abogado” caía gritando en medio el mar de seres que lo esperaban con los brazos elevados.

Daniel y los reanimados a su alrededor siguieron el horrible espectáculo hasta que el cuerpo del regordete hombre desapareció tras las cabezas cientos de seres bajo el puente, un segundo antes de sonar como un terrible saco de carne reventándose contra el suelo.

De inmediato casi la totalidad de los reanimados se abalanzó para acercarse al cuerpo del infortunado “abogado”, abriendo a mordiscos enormes hoyos en su estomago y sacando con brutalidad insaciable sus entrañas, el cuerpo del hombre tiritaba en shock intervalos, mientras la vida desaparecía de sus horrorizados ojos abiertos.

En el paso elevado, los reanimados se daban gusto devorando a los sobrevivientes que se habían agazapado junto con Carlos en el extremo del puente que daba con el centro comercial.

Daniel sintió como dos manos se posaron en su pierna y comprendió que la consecuencia de su grito de advertencia para con sus compañeros del paso elevado acababa de llegar, varios reanimados junto a él se daban vuelta para extender sus manos intentando tomar sus piernas. Propinó una rápida patada para zafarse del que lo agarraba y subió al techo del auto.

Aterrorizado, comprendió que no había forma de escapar, los reanimados lo iban alcanzar con facilidad, era un auto pequeño y el techo se había aplastado bastante con su peso al caer, Daniel sintió que su refugio temporal se hundía en la creciente marea de brazos que se abalanzaba hacia él.

 

Al ver la horda de reanimados entrar al otro extremo del paso elevado, Andrea junto a sus hijos, la Señora María, Luis y Nicolle bajaron rápidamente por escalera de la otra entrada del paso elevado, se detuvieron en el codo de la bajada donde los seres no los podían ver desde arriba ni desde abajo, era solo cuestión de tiempo para que por simple curiosidad o empuje los reanimados bajaran por la escalera y los encontraran.

Luis se asomó por el codo hacia debajo de la escalera y vio con horror como seis u ocho cabezas estaban completamente reventadas, así como sus cuerpos, aplastados y mezclados contra los hierros de los del puesto de limpieza de zapatos y letreros que componían la barricada.

Los seres chorreaban sus fluidos en todo el piso y aun así se movían tratando de avanzar inútilmente sobre la barricada mientras los demás reanimados tras ellos continuaban haciendo presión. Luis sabía en el fondo que su decisión de sacar el puesto de tintas en la otra escalera, había sido el detonante de toda la tragedia, esa imagen se lo comprobó, estuvo a punto de perder la cordura, se sentó a llorar frente a los reanimados que trataban ávidamente de alcanzarlo con sus manos.

Ahora se encontraban atrapados entre bajar al mar de reanimados de la calle, y que los muertos que habían subido terminaran de saciar su curiosidad, caminando por lo que restaba del paso elevado.

Iban a morir, la pregunta era cuanto tiempo faltaba para ello.

Andrea tapaba la boca de su bebe para evitar que sus llantos llamaran la atención de los reanimados en el paso elevado, la bebe estaba roja de tanto llorar. El pequeño Ricardo se apretaba con fuerza a la pierna derecha de su madre abrazándola mientras suspiraba espasmódicamente temblando de horror.

Doña María estaba arrodillada junto a él rezando en voz baja.

La señora miró al niño a los ojos y le tomó ambas manos.

–Hijo. –Le dijo enjugándose las lágrimas, y limpiando de inmediato las del pequeño

¿Lindo sabes rezar verdad?

El niño asintió con la cabeza.

–Quiero que cerremos los ojos. Y No los abriremos más hasta que estemos junto a “Pápa Dios” no importa lo que pase no los vamos a abrir, ¿Me lo prometes Lindo?

El niño cerró los ojos con fuerza y comenzó a orar, apretando la mano de doña María con las suyas.

–Ángel de mi guarda. Dulce compañía… –Tragó aire en un espasmo de hipo. –…No me desampares ni de noche ni de día…

Con la cabeza inclinada y los ojos cerrados, Doña María levantó su otra mano hacia Andrea que la miraba llorando en silencio, la joven madre comprendía en ese momento que sus hijos confrontarían una muerte agónica y horrible, una muerte en manos de monstruos los cuales ella había prometido que no existían en tantas noches de pesadillas.

Por un segundo, mientras sostenía la cara de su bebé para mantenerla en silencio, se dio cuenta que debía tomar una horrible decisión.

¿Dejaría que los niños murieran y fueran infectados? O… ¿Debía terminar con sus vidas de la forma más silenciosa y piadosa posible, antes de que sufrieran una muerte horrible despedazados…?

Ella pelearía hasta sus últimas fuerzas por defenderlos, pero sabiendo con total certeza, que no lo lograría, ¿Debía tomar la decisión ahora mismo? ¿Era eso lo más responsable que podía hacer por sus hijos?

Sus piernas perdieron fuerza y se sentó en el escalón de espaldas a la subida, tomó de la mano a doña María que también rezaba junto al pequeño.

Pasaron algunos minutos escuchando a los reanimados moverse escaleras arriba y abajo a sus alrededores.

Andrea no quería ni pensar en qué le habría ocurrido a Daniel al gritarles, ella vio claramente como todos los reanimados a su alrededor se dieron vuelta hacia él, pero al escuchar a Carlos gritar solo pudo preocuparse de huir con sus hijos.

Nicolle estaba sentada en un escalón junto a las otras dos mujeres, mirándolas en completo estado de pánico.

Luis, en medio de sus sollozos de culpa, escuchó a las tres mujeres gritar tras el codo de la escalera.

Subió tan rápido como pudo.

Si iba a morir seria peleando, como el muchacho que vio morir en la calle, moriría peleando y ayudando, como el idiota de Daniel.

Cuando llegó donde ellas, encontró a Andrea acostada boca arriba, un reanimado la había tomado sorpresivamente por su largo cabello y la halaba hacia arriba de las escaleras.

En lugar de intentar defenderse de la inminente mordida, la joven madre, comenzó a desatar fríamente el canguro que ataba a su bebe a su pecho, en un par de segundos logro soltar las correas, tomó a su bebé aun dentro del canguro con ambas manos alejándola de su pecho.

Miró a doña María que halaba al niño para alejarlo de su madre y del monstruo.

La señora María pudo adivinar en el ojo izquierdo de Andrea la intención con la que actuaría y empujó violentamente al pequeño Ricardo hacia Nicolle.

Antes de que el pequeño golpeara a la joven con su cuerpo, la bebé volaba hacia la señora, la cual atrapó a la criatura en medio sus amplios pechos y brazos de la forma más delicada que pudo.

Andrea cerró los ojos al ver la mirada blanca del reanimado que se asomaba sobre ella, de inmediato, escuchó un golpe tras la cabeza del  horrible ser, la joven madre abrió sus ojos, fue un sonido profundo, que le recordó el ruido que hacían las sandias, cuando las golpeaba para saber si estaban maduras.

El reanimado la soltó y cayó lentamente sobre ella, Andrea lo apartó de inmediato en un pequeño grito de miedo y asco.

Al apartar el cadáver pudo divisar escaleras arriba la figura de un joven con un hierro de gancho en la mano.

Hola…me llamo Jorge.

El muchacho sonreía tranquilamente, limpiaba contra el borde metálico del escalón, algunos pedazos de carne y hueso que habían quedado atorados en el gancho de su arma.

Tras el  codo de la escalera, otra figura, un muchacho alto y moreno se asomaba con una enorme hoja de zinc atravesada por un madero amarrada a su brazo.

¿Encontraste a alguien más? –Preguntó ansiosamente el gigante

–Sí, acá abajo se lograron esconder algunos.

Respondió calmadamente Jorge.

Alex observó satisfecho desde la altura al pequeño grupo de sobrevivientes, Luis miraba el cadáver completamente atontado, a pesar de que el muchacho que había salvado a Andrea, era de contextura delgada, el golpe que había propinado al reanimado, había desprendido por completo todos los huesos posteriores de su cráneo, ahora su negro contenido resbalaba por los escalones junto al cuerpo inerte del reanimado.

–Menos mal, pensé que solo habíamos logrado salvar uno. –Alex trataba de acomodarse lo mejor posible para que la enorme hoja de zinc y la lanza no se enredaran en el barandal de la escalera o el techo.

–Vengan, arriba está el doctor, con uno de los suyos, no tenemos mucho tiempo, tenemos que salir de aquí.

Sin imaginarse siquiera, del hijo de quien se trataba, Jorge miró compasivamente al pequeño Ricardo.

El niño todavía temblaba, llorando con su cara enterrada en el pecho de Nicolle, por un breve momento el pequeño asomó sus ojos claros, para observar tímidamente a su salvador.

 

 

Sonriendo, Jorge extendió su mano al niño y le dijo:

–Ven, vamos de paseo… al mar.

 

 

 

 

Fin Episodio 1

 

 

 

 

 

 

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Una vez más se hace hincapié en que este libro electrónico, es una muestra GRATUITA de la obra original, al leerlo, comprenderá que el autor tiene profundos conocimientos prácticos de como dañar el cuerpo humano de variadas y creativas maneras.

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