La Pavita de Tierra

fogonHace mucho tiempo atrás vivia una muchacha que a pesar de su corta edad tenia el vicio de fumar, era tanta su adicción que tenia preocupados a sus padres. El padre de esta muchacha sin saber que hacer amenazó a su hija con golpearla si volvía a verla fumando, Pavita , que asi le llamaban, se asusto y no volvió a fumar por un tiempo.

Pero era tanta su ansia de tabaco que Paula, que en verdad era su nombre, empezó a recoger en el día todas las pavitas (lo que queda después de fumar los tabacos, como colillas) y las ocultabas debajo de una piedra cerca del fogón y en las noches se las fumaba sin que su padre se diera cuenta. Paso algún tiempo hasta que su padre la sorprendió y fue tanta su indignación y coraje que sin pensarlo la agarró a garrotazos y la mató. (sep… así de bonito)

Desde ese instante el espíritu de Paula comenzó a vagar por todos los montes, por todos los campos, por todos los potreros, asustando a los animales y a la gente. en la noche que recuerda sus pavitas, entona un canto, una especie de zumbido molesto y persistente. Entonces no es posible levantar ninguna piedra que se encuentra cerca del fogón. Paula cree que le van a cogerle sus pavitas y mata al imprudente. Y los campesinos que los saben, quedan quietos en sus sitios sin atreverse a encender sus pipa con los tizones del fogón cuando sienten la aproximación de la Pavita.

Fuente :http://artteam.tripod.com/cuentos/referencia.htm

  TRADICIONES Y LEYENDAS PANAMEÑAS

La pavita

LUISITA AGUILERA P.

En tiempos muy lejanos, en un lugar perdido en las montañas
de Coclé, vivió una muchacha a quien tanto le gustaba
fumar, que la llamaban la Pavita. Sus padres habían tratado por
todos los medios de quitarle la costumbre, pero ya Paula, que tal
era el nombre de la moza, estaba completamente enviciada, y
nada consiguieron. Al fin, cansada la familia de regañarla y castigarla,
la amenazaron con la muerte si la veían fumando.
Por la primera vez, Paula se asustó de veras, y no se atrevió
a fumar por algunos días. Mas su cuerpo entero sentía las ansias
del tabaco. No sabía cómo hacer para encontrar lo que deseaba.
Al fin se le ocurrió recoger todas las pavitas que los demás botaban,
guardarlas, y fumárselas cuando nadie la viera. Para evitar
ser descubierta por la gente de la casa, decidió esconderlas
en las cocina debajo de unas piedras que había detrás del fogón.
Todas las noches, cuando las espesas sombras envolvían la
tierra, sigilosamente se iba Paula a la desierta cocinita, levantaba
las piedras y se ponía a fumar sus pavitas. Así siguió mucho
tiempo fumando a escondidas las colillas que encontraba durante
el día, hasta que fue sorprendida por su padre.
La indignación y la cólera que este hecho causó al hombre
fueron tan violentos, que sin pensarlo dos veces, tomó un palo y
a garrotazos la mató.
Desde ese instante el espíritu de Paula comenzó a vagar por
todos los montes, por todos los campos, por todos los potreros,
asustando a los animales y a la gente. En la noche que recuerda
sus pavitas, entona un canto, una especie de zumbido molesto y
persistente. Entonces no es posible levantar ninguna piedra que
se encuentra cerca del fogón. Paula cree que van a cogerle sus
pavitas y mata al imprudente. Y los campesinos que lo saben,
se quedan quietos en sus sitios sin atreverse siquiera a encender
sus pipas con los tizones del fogón cuando sienten la proximidad
de la Pavita.

Veintiseis Leyendas Panameñas
 SERGIO GONZÁLEZ RUIZ
La pavita de tierra

–¿Y qué me dice, mano Juan, de la Pavita de Tierra?
¿Qué le ha pasado que ya no sale?
—Sabe que toavía se oye, a vece, aunque ya aquí en er pueblo
no creen en esaj cosa. Y también se oyen, de tiempo en tiempo,
er chivato y er chivito, manque usté no lo crea —respondió mano
Juan. Este era un viejo amigo, de La Miel, que había bajado de la
montaña para los días santos, y a quien no había visto hacia mucho
tiempo. Cuando yo era niño había estado allá en su rancho
solitario en la cumbre de una loma que llamaban El Coro, y por
las noches, antes de dormir, me «echaba» cuentos de tigres, de
brujas, de aparecidos y de espíritus malos.
¿Y cómo es la Pavita de Tierra, mano Juan? seguí interrogando.
¿La ha visto alguno? ¿Qué es lo que hace?
—Vea, joven, yo sé que Ud. no cree ya en estaj cosaj; pero
vengo a dicile que no hay que creel ni dejal de creel. —Hizo una
pausa. Después prosiguió:— A la Pavita de Tierra no la ha visto
naide viviente; pero sí se oye en ocasione, como le he dicho. En
las noche largo que sale como de abajo de la tierra y después otro
y otro, cada uno más largo que el anteriol… Mire, vea cómo se
me espeluca el cuerpo, namá de acordarme de cómo jace. Imagínese
usté un sirbido largo y agudo en medio del silencio de una
noche escura, que no se ven ni las mano, y que parece que viene
de las entrañas mismas de la tierra… Da mieo, le digo.
—Bueno, mano Juan, pero ¿por qué no la ha visto nadie? Yo
he oído decir que en otros tiempos bastaba levantar una de las
tres piedras del fogón, cuando se oía la pavita, para verla. ¿No es
así?


—Asina era, señol, pero yo jallo que usted está equivocao
en una cosa y es que no era cualquiera er que se atrevía a levantá
la piedra der fogón pa vejla. Eran raroj y contaoj loj que se
atrevían a jacé la prueba, porque un señol de Bajo Corral que la
vido, se murió diunavé y otro de Colón, que dicen que también
la vido, se vorvió loco y se quedó chiflando ni la Pavita de Tierra
hasta er día que se murió. ¿La Pavita de Tierra? ¡Jum! Ese es un
espíritu malo, le digo; y anuncea la muerte también cuando hay
enfermo grave. Eso sí lo tengo yo bien visto y probao, que cuando
hay un cristiano enfermo y se oye la pavita de tierra, es seguro
que se pone más malo y más malo, hasta que se muere. No lo
sarva naide.
Yo, aunque respetuoso siempre de las creencias de los demás,
no pude reprimir una sonrisa burlona al oír estas cosas. El
viejo se picó y enseguida reaccionó como suelen hacerlo los viejos
campesinos de mi tierra, con agilidad mental y con energía.
—Bueno —dijo mano Juan— yo sé que en er pueblo ya no
salen ni la pavita, ni er chivato, ni er berrión, ni la tepesa, pero
es que en er pueblo, según me han dicho, la gente se ha vuerto
er mismo demonio y con los demonios no hay espíritu malo
que varga. Y se rió a carcajadas, mano Juan, cuando vió que yo
aceptaba que él tenía razón y de buena gana me reía también de
su ocurrencia.

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